El desconocido se levantó inmediatamente.
—Señor Alcázar… yo no sabía que estaba con usted.
Valeria miró al hombre que acababa de hablar.
Alejandro Alcázar.
Incluso ella conocía ese apellido.
Presidente de uno de los grupos de inversión más influyentes del país. Un hombre al que Mauricio llevaba años intentando conseguir como cliente.
Alejandro señaló al hombre del traje azul.
—No estaba conmigo. Pero eso no cambia que le debas una disculpa.
El hombre tragó saliva.
—Perdón, señorita.
Y desapareció.
Valeria soltó una pequeña risa.
—Gracias.
Alejandro miró la invitación de boda que sobresalía de su bolso.
—Parece que necesitabas una noche tranquila.
Terminaron hablando durante casi dos horas.
Valeria no le contó una historia para provocar lástima.
Solo dijo la verdad.
Su hermana se casaría con su ex prometido.
Y su familia esperaba que asistiera sonriendo.
Antes de marcharse, Alejandro le entregó una tarjeta.
—Mi empresa está buscando una directora para un proyecto inmobiliario. He oído hablar de tu trabajo.
Valeria frunció el ceño.
—¿Esto es una entrevista?
—Es una oportunidad.
Durante los meses siguientes se conocieron trabajando.
Alejandro nunca comentó su peso.
Nunca intentó “arreglarla”.
Nunca la trató como alguien que debía agradecer que un hombre importante le prestara atención.
Y cuando llegó la boda de Camila, fue él quien preguntó:
—¿Quieres ir?
—Sí.
—¿Para vengarte?
Valeria negó.
—Para dejar de esconderme.
Alejandro sonrió.
—Entonces te acompaño.
La hacienda quedó en silencio cuando bajaron del automóvil.
Mauricio los vio primero.
Su sonrisa desapareció.
Camila casi dejó caer su copa.
—¿Alejandro Alcázar?
Mauricio caminó inmediatamente hacia ellos.
—Señor Alcázar, qué sorpresa. Llevo meses intentando concertar una reunión con usted.
Alejandro estrechó su mano educadamente.
—Lo sé.
Mauricio señaló a Valeria.
—¿Ustedes se conocen?
Alejandro la miró antes de responder.
—Valeria es mi pareja.
Doña Beatriz palideció.
Camila recorrió a su hermana de arriba abajo.
—Vaya. Parece que algunas personas tienen mucha suerte.
Valeria sonrió.
—Sí.
Tomó la mano de Alejandro.
—Yo tuve suerte el día que Mauricio decidió dejarme.
Mauricio apretó la mandíbula.
Más tarde intentó hablar con ella a solas.
—¿Estás con Alcázar para demostrarme algo?
Valeria lo miró con auténtica sorpresa.
—Mauricio, todavía crees que mi vida gira alrededor de ti.
—Sabes que no quise lastimarte.
—Me dijiste que mi cuerpo perjudicaba tu imagen.
Él bajó la voz.
—Solo estaba siendo sincero.
—Y yo también voy a serlo.
Valeria miró hacia el salón, donde Camila lo esperaba.
—No me robó a mi novio.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Qué?
—Me quitó a un hombre que estaba dispuesto a cambiar de mujer según cuál mejorara su imagen.
Sonrió.
—Puede quedárselo.
Regresó junto a Alejandro.
No hubo escándalo.

No necesitaba uno.
Porque aquella noche Valeria entendió que su verdadera victoria no era haber llegado con un hombre más poderoso.
Era haber dejado de medir su propio valor según el hombre que caminaba a su lado.
Mauricio me dejó porque creyó que mi cuerpo no estaba a la altura de su nueva vida; en su boda descubrió que la única persona que siempre había sido demasiado pequeña para mí era él.