PARTE 2: LA APUESTA SE VOLVIÓ REAL

Tres días después, la solicitud fue aprobada.

Cuando mi madre entró corriendo con el documento sellado, pensé que había leído mal.

—Elena… Samuel aceptó.

Yo también me quedé inmóvil.

Había enviado aquella solicitud esperando recuperar el control de mi vida.

No esperaba que Samuel Stone realmente quisiera conocerme.

Esa misma tarde llegó un automóvil militar.

Samuel me esperaba dentro.

Era la primera vez que lo veía de cerca en años.

Seguía utilizando silla de ruedas, pero no encontré al hombre derrotado que Adrián describía.

Su espalda permanecía recta.

Su uniforme estaba impecable.

Y sus ojos eran tan tranquilos que resultaba imposible saber qué pensaba.

—Señorita Elena.

—General Stone.

Samuel colocó el documento entre nosotros.

—Antes de continuar necesito hacerle una pregunta.

Esperé.

—¿Quiere casarse conmigo o castigar a mi sobrino?

La pregunta me golpeó directamente.

No intenté mentir.

—Cuando decidí no corregir el nombre, quería demostrarle a Adrián que ya no podía jugar conmigo.

Samuel asintió.

—Eso responde la mitad.

—¿Y la otra?

—Ahora que sabe que acepté, ¿todavía quiere hacerlo?

Miré el documento.

Luego a él.

—No quiero regresar con Adrián.

—Eso tampoco significa que deba casarse conmigo.

Por primera vez comprendí por qué aquel hombre imponía tanto respeto.

No intentaba aprovechar mi desesperación.

Me estaba ofreciendo una salida.

—Podemos retirar la solicitud —dijo—. Nadie tendrá derecho a ridiculizarla. Yo asumiré públicamente que fue un error administrativo.

Mis dedos se cerraron alrededor del papel.

Después de diez años, era extraño.

El hombre al que había amado siempre decidía por mí.

El hombre al que apenas conocía estaba dispuesto a proteger mi derecho a decidir incluso si eso significaba perderme.

—Quiero continuar —dije finalmente—. Pero no por Adrián.

Samuel sostuvo mi mirada.

—Entonces empezaremos desde cero.

La noticia llegó al complejo aquella noche.

Adrián apareció en mi casa menos de una hora después.

Entró furioso.

—¿Qué demonios hiciste?

Mi padre se interpuso.

—Baja la voz.

Adrián ni siquiera lo escuchó.

—¡Elena, era una broma!

—Lo sé.

—Entonces corrige la solicitud.

—No.

Se quedó inmóvil.

—¿Estás intentando asustarme?

Aquella pregunta casi me hizo sonreír.

Todavía creía que todo giraba alrededor de él.

—Samuel aceptó.

El rostro de Adrián perdió el color.

—Mi tío jamás aceptaría.

Una voz respondió desde la entrada:

—Ya lo hice.

Samuel estaba allí.

El silencio fue absoluto.

Adrián miró la silla de ruedas y luego a su tío.

—¿Sabes por qué apareció tu nombre?

—Sí.

—Entonces sabes que fue una apuesta.

—También sé que modificaste un documento matrimonial sin consentimiento de Elena.

Samuel no levantó la voz.

No necesitaba hacerlo.

—He pedido que se revise formalmente cómo ocurrió.

Lina, que había llegado detrás de Adrián, palideció.

—General Stone, solo estábamos jugando.

Samuel la miró.

—Los documentos oficiales no son juguetes.

Adrián dio un paso hacia mí.

—Elena, basta.

—No.

—¡Me esperaste diez años!

—Precisamente.

Aquello lo hizo callar.

—Siete solicitudes, Adrián. Siete oportunidades.

Respiré lentamente.

—Y cuando finalmente llegó la octava, convertiste mi matrimonio en una apuesta para hacer reír a tus amigos.

Su expresión empezó a romperse.

—Puedo arreglarlo.

—Ya está arreglado.

Miré a Samuel.

—Solo que no como esperabas.

La boda no ocurrió al día siguiente.

Samuel se negó.

—No pienso casarme con una mujer que todavía está reaccionando a una humillación.

Así que esperamos.

Hablamos.

Nos conocimos realmente.

Descubrí que su lesión no había destruido su carrera ni su independencia como Adrián insinuaba. Samuel seguía trabajando en planificación estratégica y había rechazado varios intentos familiares de organizarle un matrimonio.

Tres meses después volvió a preguntarme:

—Elena, ahora que ya nadie se está riendo, ¿todavía quiere casarse conmigo?

Esta vez no había una apuesta.

Ni Adrián.

Ni diez años de promesas detrás de mi respuesta.

—Sí.

Nuestra ceremonia fue pequeña.

Mis padres estuvieron presentes.

Adrián no.

Semanas antes había solicitado un traslado después de que la revisión interna concluyera que su manipulación del documento había sido una conducta impropia que requería consecuencias administrativas.

Lina también tuvo que responder por su participación.

Nunca pregunté exactamente qué sanción recibieron.

Ya no era asunto mío.

Meses después me crucé con Adrián en una recepción oficial.

Miró mi alianza.

—¿Eres feliz?

Pensé unos segundos.

—Estoy tranquila.

Pareció dolerle más que si hubiera dicho que amaba locamente a Samuel.

—Yo iba a casarme contigo, Elena.

Negué suavemente.

—No.

—Solo necesitaba tiempo.

—Tuviste diez años.

Me alejé antes de que pudiera responder.

Porque finalmente entendí la diferencia.

Adrián siempre creyó que yo estaría disponible cuando él decidiera estar preparado.

Samuel, en cambio, nunca me pidió que esperara.

Adrián cambió el nombre de mi solicitud matrimonial para ganar una apuesta; jamás imaginó que también estaba borrando el suyo de mi vida.

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