PARTE 2: EL BANQUETE DE DESPEDIDA

La comida fue exactamente como Lily había imaginado.

Veinte personas.

Dos mesas grandes.

Licor.

Carne.

Pescado.

Y un enorme pastel de crema enviado desde la ciudad.

Cuando apareció la caja, Lily abrió los ojos como si hubiera recibido una joya.

—¡Ivy, de verdad lo compraste!

—Sí.

—Sabía que al final entenderías.

Caleb también parecía satisfecho.

Durante toda la comida actuó como si mi dinero fuera una extensión natural del suyo.

Brindó por Lily.

Agradeció a los profesores.

Incluso anunció:

—En unos días Ivy y yo volveremos a la ciudad. Cuando resolvamos el traslado de Lily, nos iremos juntos.

Todos me miraron.

Yo levanté la copa.

—No exactamente.

Caleb frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Saqué un sobre de mi bolso y lo puse frente a Lily.

—Tu regalo de cumpleaños.

Ella lo abrió emocionada.

Dentro no había dinero.

Había el recibo completo del restaurante.

También el costo del pastel.

Y una pequeña nota.

“Feliz cumpleaños. Esta vez yo invito. La próxima, págala tú.”

La sonrisa de Lily desapareció.

Caleb golpeó la mesa.

—¿Qué clase de broma es esta?

—Ninguna.

Me levanté.

—Solo quería despedirme correctamente.

—¿Despedirte?

Asentí.

—Mañana regreso a la ciudad.

—Entonces iremos juntos.

—No.

Caleb se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Tú dijiste que no regresarías mientras Lily siguiera aquí.

Miré a ambos.

—Así que quédate.

El salón quedó en silencio.

Caleb se levantó.

—Ivy, deja de comportarte como una niña.

—No estoy jugando.

Saqué mi boleto.

Salida: 7:20 de la mañana.

Solo un asiento.

—Ya pedí mi traslado.

Lily palideció.

—¿Y el mío?

—No tengo nada que ver con tu traslado.

—Pero Caleb dijo que tú…

—Caleb puede decir muchas cosas.

Por primera vez, varios profesores comenzaron a mirarlo de manera extraña.

Caleb me agarró del brazo.

—Sal afuera conmigo.

Retiré mi mano.

—No me toques.

Su rostro se endureció.

—¿Vas a tirar nuestra relación por una discusión?

Lo miré.

—No.

—Entonces ¿por qué?

—Porque finalmente entendí que nunca fui tu prioridad.

Caleb soltó una risa incrédula.

—Otra vez Lily.

—No.

Negué.

—Esta vez se trata de mí.

Eso pareció confundirlo más que cualquier acusación.

Él estaba acostumbrado a que yo discutiera por Lily.

A que llorara.

A que exigiera que eligiera.

Nunca imaginó que un día simplemente dejaría de participar.

Tomé mi maleta y salí.

A la mañana siguiente, mientras el autobús comenzaba a avanzar hacia la ciudad, recibí seis llamadas de Caleb.

No contesté.

Después apareció un mensaje:

“Mi madre ya sabe que vienes. Preparará la reunión matrimonial.”

Lo leí.

Y respondí:

“No hace falta. Me caso con Nathan Foster.”

Pasaron casi dos minutos antes de que llegara su respuesta.

“¿Qué?”

Después:

“¿Qué clase de tontería estás diciendo?”

Luego empezó a llamar.

Bloqueé el número.

Cuando llegué a la estación, mis padres estaban esperando.

Pero no estaban solos.

Nathan estaba unos pasos detrás de ellos.

Traje oscuro.

Espalda recta.

La misma mirada tranquila que recordaba de mi vida anterior.

Cuando me vio, no corrió hacia mí.

No preguntó por Caleb.

Solo tomó mi maleta.

—Bienvenida a casa, Ivy.

Mis ojos ardieron.

En mi vida anterior, Nathan había dicho esas mismas palabras frente a mi tumba.

Esta vez pude escucharlas viva.

Tres días después, nuestras familias se reunieron.

Nathan me preguntó en privado:

—¿Estás segura de esto?

—Sí.

—No quiero que te cases conmigo para escapar de otro hombre.

Lo miré.

—No estoy escapando de Caleb.

Respiré hondo.

—Estoy eligiendo no volver.

Nathan guardó silencio.

Después sonrió.

—Entonces yo tampoco pienso hacerte arrepentirte.

La fecha quedó fijada.

Y justo cuando terminábamos de preparar los documentos, Caleb apareció en la ciudad.

Había viajado toda la noche.

Entró en la casa de mis padres con el cabello desordenado y los ojos rojos.

—¡Ivy!

Mi padre se levantó.

—Señor Grant, cuide el tono.

Pero Caleb solo me miraba a mí.

—Diles que esto es una broma.

Nathan estaba sentado a mi lado.

Caleb lo reconoció.

Su rostro cambió.

—¿Él?

—Sí.

—¿Te vas a casar con Nathan Foster?

—Sí.

—¿Después de todos nuestros años juntos?

Casi resultaba irónico.

Durante años yo había utilizado exactamente ese argumento.

Ahora era él.

—Caleb, tú decidiste quedarte.

—¡Por Lily!

—Precisamente.

—¡Ella me necesita!

—Entonces ve con ella.

Su boca se abrió.

No encontró respuesta.

—¿Y yo qué? —preguntó finalmente.

Lo miré con absoluta calma.

—Tú mismo me enseñaste que una persona debe cuidar primero a quien más necesita.

Señalé la puerta.

—Lily te está esperando.

Caleb no se movió.

Por primera vez pareció comprender que aquella vez no habría discusión.

No habría otra oportunidad.

No habría una Ivy esperando a que terminara de salvar a otra mujer.

Nathan tomó mi mano.

Caleb miró nuestros dedos unidos.

Y su rostro perdió todo color.

En mi vida anterior pasé años preguntándome qué habría ocurrido si hubiera elegido a Nathan desde el principio.

Esta vez ya tenía la respuesta.

Caleb creyó que yo siempre estaría esperando en la ciudad; cuando finalmente regresó, descubrió que el lugar que había dejado vacío ya tenía a alguien dispuesto a quedarse.

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