PARTE 2: CUANDO ADRIAN ATERRIZÓ EN BOSTON, YO YA VOLABA HACIA PEKÍN

El viernes llegamos juntos al aeropuerto.

Adrian llevaba dos maletas enormes y hablaba sin parar sobre Boston.

El apartamento que había encontrado.

Su nuevo puesto.

Los restaurantes que quería enseñarme.

Incluso mencionó que Nora podía ayudarnos a instalarnos.

Yo escuché en silencio.

Mi vuelo salía desde otra terminal, cuarenta minutos después del suyo.

Había calculado cada detalle.

Cuando llegamos al punto donde nuestros caminos se separaban, Adrian señaló hacia seguridad.

—Vamos.

No me moví.

—Adrian.

Él giró.

Saqué un sobre de mi bolso y se lo entregué.

—¿Qué es?

—Léelo cuando estés sentado en el avión.

Frunció el ceño.

—Clara, estás actuando raro.

—Lo sé.

Entonces tomó mi mano.

—Vamos a perder el vuelo.

Retiré lentamente los dedos.

—Tú puedes perderlo.

—Yo no.

Por primera vez apareció verdadera preocupación en su rostro.

—¿Qué significa eso?

Miré al hombre alrededor del cual había organizado tantos años de mi vida.

Y descubrí que ya no tenía ganas de discutir.

—Mi vuelo no va a Boston.

Adrian se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Regreso a Pekín.

Se rio.

Una risa breve, incrédula.

—Deja de bromear.

—No estoy bromeando.

—¿Por cuánto tiempo?

—No hay fecha de regreso.

Su expresión cambió.

—Clara.

—Acepté un puesto de investigación.

—¿Aceptaste qué?

Aquello pareció afectarlo más que cualquier otra cosa.

—El instituto volvió a ofrecerme una plaza.

—¿Sin hablar conmigo?

Casi sonreí.

—Exactamente como firmaste tu contrato en Estados Unidos sin hablar conmigo.

Adrian abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

—También escuché tu conversación con Ethan.

Su rostro perdió color.

No tuve que mencionar a Nora.

Lo entendió inmediatamente.

—Clara, aquello no era…

—No necesito una explicación.

—¡Claro que la necesitas!

Varias personas nos miraron.

Adrian bajó la voz.

—Nora está pasando por una situación difícil. Eso no significa que exista algo entre nosotros.

—Puede ser.

Y lo decía sinceramente.

Ya ni siquiera necesitaba demostrar que me había engañado.

—El problema no es Nora.

Lo miré directamente.

—El problema es que decidiste mi futuro porque estabas seguro de que yo te quería demasiado para tener uno propio.

Eso sí lo silenció.

Su teléfono anunció que comenzaba el embarque.

Adrian ni siquiera lo miró.

—No puedes terminar un matrimonio así.

—Por eso el sobre contiene los datos de mi abogada.

Ahora sí lo abrió.

Vio la documentación inicial de separación.

Sus manos temblaron.

—¿Estás divorciándote de mí?

—Sí.

—¿Por una conversación?

Negué con la cabeza.

—Por todos los años que hicieron posible esa conversación.

Adrian perdió su vuelo.

Yo no.

Cuando mi avión despegó, Cambridge desapareció debajo de las nubes y lloré.

No porque quisiera regresar.

Lloré por la mujer que había sido.

La que rechazó oportunidades creyendo que sacrificarse era una prueba de amor.

La que confundió ser necesaria con ser elegida.

La que esperaba que algún día Adrian hiciera por ella lo que ella hacía continuamente por él.

Nunca ocurrió.

Doce horas después aterricé en Pekín.

Dos colegas del instituto me esperaban.

No había flores.

No había discursos.

Solo una tarjeta de acceso, un apartamento temporal y una carpeta llena de información sobre el proyecto.

Me pareció perfecto.

Volví a trabajar en astrofísica.

Al principio estaba oxidada.

Tuve que estudiar hasta madrugada para recuperar terreno.

Cometí errores.

Hice preguntas que años antes habría considerado demasiado básicas.

Pero nadie me trató como la esposa de alguien.

Era la doctora Jiang.

Seis meses después, Adrian apareció en Pekín.

Me esperaba fuera del instituto.

Parecía agotado.

—Nora y yo nunca estuvimos juntos —fue lo primero que dijo.

Lo observé.

—Te creo.

Eso lo desconcertó.

—Entonces podemos arreglarlo.

—No.

—Pero si Nora no fue…

—Sigues pensando que esto trata sobre ella.

Adrian guardó silencio.

—Podrías haber ido a Boston aunque Nora viviera en Marte —dije—. Yo igualmente habría terminado marchándome.

—¿Por qué?

—Porque nunca me preguntaste qué quería.

Sus ojos se humedecieron.

—Pensé que queríamos lo mismo.

—No.

Negué suavemente.

—Pensaste que yo quería lo que tú quisieras.

Adrian permaneció allí mucho tiempo.

Finalmente preguntó:

—¿Ya no me amas?

Aquella era la primera pregunta verdaderamente importante que me había hecho en años.

—Una parte de mí probablemente siempre recordará lo que fuimos.

Respiré hondo.

—Pero ya no voy a construir mi vida alrededor de ese recuerdo.

Me fui.

No miré hacia atrás.

Un año después, nuestro divorcio estaba terminado.

Mi nombre apareció como investigadora principal en un proyecto que años atrás habría considerado imposible.

Ethan me escribió una sola vez.

“Adrian siempre decía que eras la persona que nunca lo abandonaría.”

Respondí:

“Ese fue precisamente su error.”

Después cerré el teléfono y regresé al laboratorio.

Adrian había tenido razón en una cosa.

Aquel traslado sí había comenzado una vida completamente diferente.

Solo que mientras él cruzó un océano esperando que yo siguiera detrás, yo crucé otro para encontrar a la mujer que llevaba años esperando que finalmente me eligiera a mí misma.

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