El sábado llegué al restaurante a las ocho en punto.
Alejandro Ruiz ya estaba allí.
Cuando me vio, sonrió.
—Antes de empezar, debería confesarte algo.
Me senté.
—Eso promete.
—No estoy buscando esposa.
Parpadeé.
Alejandro levantó las manos.
—Adrián llamó personalmente. Dijo que eras una excelente médica, demasiado dedicada al trabajo y que necesitabas conocer a alguien “estable”.
Sentí una mezcla extraña de vergüenza y rabia.
—Lo siento.
—No tienes por qué. Yo acepté porque quería conocer a la doctora cuyo artículo sobre reconstrucción compleja citamos tres veces el mes pasado.
Aquello me dejó callada.
Por primera vez aquella semana, alguien hablaba de mi trabajo antes que de mi estado civil.
La cena terminó convirtiéndose en dos horas de conversación sobre cirugía, investigación y Berlín.
Nada romántico.
Y precisamente por eso fue perfecta.
Antes de marcharnos, Alejandro dijo:
—Por cierto, Weber fue profesor mío.
Lo miré.
—¿Markus Weber?
—Sí. Y si te eligió personalmente, ningún director de tu hospital debería poder regalar tu plaza como si fuera una invitación a cenar.
Dos días después llegó la respuesta desde Alemania.
Mi candidatura podía tramitarse directamente.
Mi proyecto pertenecía intelectualmente a mí.
Y la selección original seguía siendo válida siempre que presentara personalmente la documentación pendiente.
Lo hice esa misma tarde.
Adrián se enteró tres días después.
Entró en mi despacho sin llamar.
—¿Has solicitado Berlín por tu cuenta?
—Sí.
—Te dije que Irene ocuparía esa plaza.
—La plaza no era tuya para regalar.
Su mandíbula se tensó.
—Soy el director.
—Precisamente por eso he solicitado una revisión formal del cambio de candidatura.
Silencio.
No lo acusé de corrupción.
No amenacé con destruirlo.
Simplemente pedí que quedara documentado quién había quedado primera, qué criterios se habían utilizado y por qué pretendían sustituirme.
Eso bastó.
El comité restauró mi candidatura mientras revisaba el procedimiento.
Irene terminó presentándose por otra vía.
Y perdió.
No porque yo la hundiera.
Porque aquella plaza nunca había sido suya.
Aquella noche Adrián me esperó en el estacionamiento.
—¿Estás haciendo esto para castigarme?
—No todo gira alrededor de ti.
La frase pareció golpearlo más que cualquier grito.
—¿Y Ruiz?
Sonreí ligeramente.
—¿Alejandro?
—¿Estás saliendo con él?
—Tú querías que lo conociera.
—No pregunté eso.
Lo observé.
Cinco años esperando aquella expresión.
Celos.
Miedo.
La posibilidad de perderme.
Y ahora que finalmente la tenía delante, no sentí absolutamente nada.
—Alejandro y yo somos amigos.
Adrián exhaló.
Casi parecía aliviado.
Entonces añadí:
—Pero eso tampoco significa que vaya a volver contigo.
Su expresión cambió.
—Elena…
—Me ofreciste a otro hombre porque estabas seguro de que yo seguiría emocionalmente disponible para ti.
Negó.
—Intentaba hacer lo correcto.
—No. Intentabas decidir qué era correcto para todos.
Irene.
Alejandro.
Yo.
Hasta mi carrera.
Dos meses después recibí la confirmación definitiva de Berlín.
Acepté.
Adrián vino a verme el último día.
Traía mi vieja taza térmica.
La que había dejado tantas veces en su despacho con agua templada para su medicación.
—La encontré entre mis cosas.
La tomé.
—Gracias.
—¿De verdad te vas?
—Sí.
—¿Y si te pidiera que te quedaras?
Lo miré durante unos segundos.
Cinco años atrás habría dado cualquier cosa por escuchar aquella pregunta.
—Llegas tarde.
Subí al taxi.
Alejandro me había enviado un mensaje esa mañana:
“Cuando vuelvas de Berlín, me debes una cena. Esta vez sin expedientes matrimoniales.”
Sonreí y guardé el teléfono.
Quizá algún día habría algo entre nosotros.
Quizá no.

Por primera vez, ninguna de las dos posibilidades me asustaba.
Adrián creyó que podía entregarle mi plaza a Irene y mi corazón a Alejandro porque ambas cosas seguían bajo su control.
Su error fue abrirme una puerta.
El mío habría sido seguir esperando frente a la suya.