PARTE 2: VIVIAN TENÍA OTRO ESPOSO

Daniel volvió a llamarme.

No contesté.

A los pocos segundos llegó un mensaje:

“Elena, detén esto.”

Sonreí.

No había nada que detener.

El documento ya estaba en manos de los abogados y de quienes debían verificarlo.

Vivian Hale figuraba legalmente casada con Marcus Bennett seis meses antes.

Y no existía ningún divorcio registrado.

Según su plan, Daniel debía casarse con ella creyendo que estaba libre.

Pero aquello no era lo peor.

Mi investigador había encontrado algo más.

Durante meses, Vivian había convencido a Daniel de invertir millones en una empresa tecnológica supuestamente administrada por familiares suyos.

El beneficiario final de varias operaciones estaba relacionado con Marcus.

Su esposo.

De pronto comprendí por qué Vivian había regresado después de tantos años.

Daniel pensaba que ella había vuelto por amor.

Tal vez había vuelto porque él finalmente tenía suficiente dinero.

Mi teléfono vibró otra vez.

Esta vez contesté.

—¿Qué quieres?

Daniel respiraba con dificultad.

—Vivian dice que ese matrimonio fue un error en Las Vegas.

—Entonces habla con tus abogados.

—Dice que ya estaba anulado.

—Perfecto. Que enseñe la documentación.

Silencio.

No podía.

Entonces escuché a Vivian gritando detrás.

—¡Ella está haciendo esto porque sigue obsesionada contigo!

Me reí.

—Daniel, estoy esperando un avión para mudarme a otro continente.

Aquello lo silenció.

—¿Te vas?

—Sí.

—¿Para siempre?

—Ese era el plan.

Por primera vez su voz perdió la arrogancia.

—Elena… ¿qué más sabes?

Miré el tablero.

Mi vuelo comenzaría a embarcar pronto.

—Lo suficiente para recomendarte que revises cada inversión que hiciste desde que Vivian regresó.

Colgué.

Después supe lo ocurrido.

Daniel suspendió la ceremonia.

No porque yo hubiera “destruido su boda”, sino porque sus propios abogados le dijeron que no podía ignorar las dudas sobre el estado civil de Vivian.

Después revisó las inversiones.

Y entonces comenzaron las preguntas verdaderamente incómodas.

Algunas operaciones necesitaban explicaciones.

Otras habían sido autorizadas por Daniel personalmente.

Eso significaba que tampoco podía fingir ser una víctima completamente inocente.

Su obsesión por demostrar que Vivian era perfecta había hecho que dejara de preguntar.

Tres días después recibí un último mensaje suyo:

“Tenías razón sobre ella. Perdóname. ¿Podemos hablar?”

Lo miré durante unos segundos.

Después escribí:

“Que Vivian te haya mentido no convierte nuestro matrimonio en una verdad.”

Bloqueé su número.

Madrid me esperaba.

También un nuevo puesto dentro de una empresa de mi familia que llevaba años rechazando porque Daniel decía que mi apellido lo hacía sentirse pequeño.

Esta vez no iba a reducirme para hacer cómodo a ningún hombre.

Meses después escuché que Daniel y Vivian habían terminado definitivamente.

No pregunté detalles.

Ya no importaban.

Porque finalmente comprendí algo:

durante años Daniel había contado nuestra historia como si yo fuera la mujer equivocada que impedía que dos almas destinadas estuvieran juntas.

Yo también llegué a creerlo.

Hasta que subí a aquel avión.

Vivian nunca había sido mi rival.

Daniel nunca había sido el premio.

Y aquella boda destruida tampoco fue mi victoria.

Mi verdadera victoria fue mucho más sencilla:

cuando su “gran historia de amor” finalmente se derrumbó, yo ya estaba demasiado lejos para volver a formar parte de ella.

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