Rosa tardó varios segundos en comprenderlo.
El lobo no estaba llevándose la cubeta.
Quería que ella lo siguiera.
—No puede ser…
El animal avanzó otra vez, arrastró la cubeta unos metros y volvió la cabeza.
Rosa miró hacia el pueblo.
Ochocientos metros.
Sus hijos estaban allí.
Podía correr hacia las primeras casas y pedir ayuda.
Eso habría sido lo sensato.
Pero entonces vio algo que no había notado antes.
El lobo cojeaba.
Y tenía barro oscuro pegado en una de las patas.
No parecía estar cazando.
Parecía desesperado.
Rosa recogió la segunda cubeta.
—Solo un poco —murmuró—. Después me regreso.
El animal abandonó el sendero y se internó entre los árboles.
Rosa lo siguió manteniendo distancia.
Caminaron unos quince minutos hasta llegar a una hondonada escondida detrás de unas rocas.
Entonces escuchó un sonido débil.
Rosa se detuvo.
Había una loba tendida junto a un tronco caído.
A pocos metros, tres cachorros se escondían entre las raíces.
Uno intentó acercarse a su madre.
La loba apenas levantó la cabeza.
Rosa comprendió.
El macho dejó la cubeta cerca de ella.
No quería agua para sí mismo.
La había llevado hasta su familia.
Rosa dejó la otra cubeta en el suelo y retrocedió.
No intentó tocar a los animales.
No sabía si estaban heridos, enfermos o simplemente agotados, y acercarse podía empeorar la situación.
Regresó al pueblo casi corriendo.
Mateo salió a recibirla.
—¡Mamá! ¿Dónde estabas?
—Busca a doña Elena. Dile que llame a las autoridades de fauna.
—¿Qué pasó?
Rosa respiró.
—Encontré los lobos.
La noticia recorrió San Miguel del Encino en minutos.
Y también llegó a don Rogelio.
—¿Dónde están? —preguntó inmediatamente.
Rosa se negó a decírselo.
—Primero vienen los especialistas.
—¡Esos animales están matando mi ganado!
—Hay cachorros.
—Eso significa que pronto habrá cinco problemas.
Rosa lo miró.
—Entonces tendrás que esperar a que alguien determine si realmente ellos son el problema.
Horas después llegaron dos técnicos de conservación acompañados por personal local.
Rosa los condujo hasta la zona.
El lobo volvió a aparecer entre los árboles.
Esta vez no se acercó.
Observó desde lejos.
Los especialistas encontraron a la loba debilitada y evaluaron la situación sin permitir que los vecinos se aproximaran.
Pero descubrieron algo más.
Cerca del refugio había restos de animales.
Don Rogelio señaló inmediatamente.
—¡Ahí tienen la prueba!
Uno de los técnicos se agachó.
Después negó.
—Estos no parecen restos de sus becerros.
Siguieron revisando.
A unos cientos de metros encontraron una cerca dañada y, detrás, un pequeño terreno escondido entre los árboles.
Había huellas de vehículos.
Cuerdas.
Costales.
Y restos relacionados con animales domésticos.
El asunto dejó de parecer un simple problema de lobos.
Las autoridades comenzaron a investigar.
Durante las semanas siguientes apareció una explicación mucho menos conveniente que la historia que el pueblo llevaba repitiendo.
Algunas pérdidas de ganado sí podían estar relacionadas con fauna silvestre.
Pero no todas.
Varias habían ocurrido en lugares y horarios incompatibles con los movimientos observados de aquella pareja de lobos.
Había indicios de robo de ganado en la zona.
Y alguien había descubierto que culpar a los lobos era mucho más sencillo que explicar por qué desaparecían animales.
La recompensa de don Rogelio quedó suspendida.
No porque se demostrara que él estuviera detrás de los robos.
Eso tendría que determinarlo la investigación.
Sino porque ya nadie podía asegurar que matar a aquellos animales solucionaría nada.
La loba recibió atención especializada.
Los cachorros permanecieron bajo vigilancia profesional.
Rosa nunca volvió a acercarse por su cuenta.
Pero durante semanas preguntó por ellos.
Un mes después, uno de los especialistas visitó el pueblo.
—La hembra se recuperó.
Rosa sonrió.
—¿Y los pequeños?
—Bien.
Mateo, que escuchaba desde la puerta, preguntó:
—¿Y el lobo grande?
El hombre sonrió.
—Nunca se fue demasiado lejos.
Aquella frase dejó a Rosa pensando durante mucho tiempo.
La historia se hizo famosa en los pueblos cercanos.
Algunos exageraban diciendo que Rosa había domesticado un lobo.
Otros aseguraban que el animal le había pedido ayuda como una persona.
Ella siempre corregía ambas versiones.
—No era mi amigo. Era un animal salvaje. Yo tuve suerte y después llamé a quienes sabían qué hacer.
Pero había algo que nunca pudo explicar.
¿Por qué aquel lobo eligió precisamente su cubeta?
¿Por qué la miró una y otra vez hasta conseguir que comprendiera?
Meses después repararon la bomba comunitaria.
Rosa dejó de caminar hasta el manantial.
Una mañana, sin embargo, encontró algo junto al límite del bosque.
Huellas.
Una grande.
Otra ligeramente más pequeña.
Y varias diminutas alrededor.
Lupita quiso acercarse.
Rosa la detuvo.
—Desde aquí.
Madre e hija observaron el bosque en silencio.
No apareció ningún animal.
No hacía falta.

Porque San Miguel del Encino había aprendido algo desde aquella mañana.
Durante semanas todos habían buscado al monstruo que estaba robándoles el ganado.
Y al final, el lobo que tanto temían fue precisamente quien llevó a Rosa hasta el lugar donde empezaron a descubrir la verdad.