PARTE 2: ALBA TAMBIÉN TERMINÓ DEJÁNDOLO

Tres meses después del divorcio, Sergio me llamó por primera vez.

No contesté.

Volvió a llamar.

Después llegó un mensaje.

“Clara, necesito hablar contigo sobre Alba.”

Lo borré.

Alba ya no era asunto mío.

Durante aquellas semanas había vendido la casa.

No porque estuviera llena de malos recuerdos.

Precisamente porque también estaba llena de buenos.

La cocina donde Sergio aprendió a preparar mi café.

El sofá donde celebramos nuestro primer contrato importante.

La marca diminuta junto a la puerta que dejó cuando intentamos meter solos una mesa demasiado grande.

No quería convertir esos recuerdos en una cárcel.

Compré un apartamento más pequeño cerca del centro.

Volví a trabajar.

Durante años había administrado las finanzas de nuestra empresa desde la sombra mientras Sergio se convertía en su rostro público.

Después del divorcio, las acciones que me cedió siguieron siendo mías.

Pero renuncié a cualquier puesto relacionado con él y empecé a asesorar pequeñas empresas por mi cuenta.

Entonces, una tarde, Alba apareció en mi oficina.

La recepcionista preguntó si quería recibirla.

Estuve a punto de decir que no.

Finalmente acepté.

Alba entró sin maquillaje, abrazando una carpeta contra el pecho.

Ya no parecía aquella becaria tímida.

Parecía agotada.

—Señora Valera…

—Clara.

Se sentó.

—Sergio me dijo que ustedes se divorciaron porque su matrimonio llevaba mucho tiempo terminado.

No respondí.

—Me dijo que dormían separados.

—Mentira.

Alba palideció.

—También dijo que usted sabía lo que sentía por mí.

—Eso sí era verdad.

—¿Desde cuándo?

La miré.

—Desde antes de que tú lo supieras.

Bajó los ojos.

Entonces comprendí por qué estaba allí.

—¿Qué ocurrió?

Alba apretó la carpeta.

—Cuando finalmente estuvimos juntos, empezó a contar nuestra historia como si hubiera sido inevitable.

—¿Y?

—No me gustó cómo hablaba de usted.

Eso me sorprendió.

—Decía que hacía años que había dejado de quererla.

Solté una pequeña risa.

—Eso facilita mucho las cosas, ¿verdad?

Alba levantó la mirada.

—Por eso vine.

Sacó su teléfono.

Había encontrado mensajes antiguos entre Sergio y uno de sus mejores amigos.

Fechados apenas dos semanas antes de que Sergio empezara a confesarle sentimientos.

Uno decía:

“Clara sigue siendo la persona más importante de mi vida.”

Otro:

“No sé qué me pasa con Alba. Me hace sentir como cuando tenía veinte años.”

Y otro:

“No quiero perder a Clara, pero tampoco quiero renunciar a descubrir qué sería esto.”

Entendí inmediatamente.

Sergio no había dejado de amarme un día y después había conocido a Alba.

Durante un tiempo había querido conservar ambas posibilidades.

No físicamente.

Pero sí emocionalmente.

—¿Por qué me enseñas esto?

Alba respiró hondo.

—Porque cuando descubrí que estaba casado, debí alejarme.

No intentó justificarse.

—Me convencí de que como no nos habíamos besado ni acostado, no estaba haciendo nada malo. Pero esperaba sus llamadas. Buscaba excusas para quedarme trabajando. Sabía que cuando lloraba, él vendría.

Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Y me gustaba.

Guardé silencio.

—No vine a pedirle perdón para sentirme mejor —continuó—. Solo quería que supiera que terminé con él.

Aquello sí me sorprendió.

—¿Por qué?

Alba sonrió con tristeza.

—Porque un día me pregunté qué ocurriría cuando apareciera otra persona capaz de hacerlo sentir otra vez como si tuviera veinte años.

No sentí victoria.

Solo una extraña tristeza.

Sergio había dejado un matrimonio real persiguiendo una emoción que confundió con destino.

—¿Lo amas? —pregunté.

—Sí.

—Entonces debió ser difícil.

—Mucho.

Asentí.

—Eso no significa que tu decisión sea incorrecta.

Alba se marchó poco después.

Esa noche Sergio apareció frente a mi apartamento.

No sabía cómo había conseguido la dirección.

Cuando abrí, parecía el hombre de seis años atrás.

Sin traje.

Sin chófer.

Sin aquella seguridad impecable.

—Alba vino a verte.

—Sí.

—¿Qué le dijiste?

—Nada que hiciera que te dejara.

—Entonces ¿por qué?

—Pregúntaselo a ella.

Sergio se quedó mirándome.

—Cometí un error.

Aquellas cuatro palabras habían tardado demasiado.

—Puede ser.

—Pensé que estaba enamorado.

—Probablemente lo estabas.

Frunció el ceño.

—¿Entonces?

—Estar enamorado no convierte automáticamente todas tus decisiones en correctas.

Bajó la cabeza.

—Quiero volver.

Lo dijo tan bajo que casi parecía el Sergio del piso diminuto.

El hombre que había recibido un golpe protegiéndome.

El hombre que me había amado de verdad.

Y durante unos segundos lo extrañé.

Eso fue lo más doloroso.

Porque todavía podía recordar cuánto lo había amado sin querer recuperarlo.

—No.

Sergio levantó los ojos.

—Clara, te dejé todo porque quería hacer las cosas bien.

—No.

Negué lentamente.

—Me dejaste cosas porque necesitabas sentir que eras una buena persona mientras me abandonabas.

Su rostro se tensó.

—No quería destruirte.

—Lo sé.

—Entonces dame otra oportunidad.

—¿Para qué?

No pudo responder.

—¿Para regresar al matrimonio que descubriste que querías solo cuando Alba dejó de estar disponible?

Aquello lo hizo retroceder.

—No soy tu plan de regreso, Sergio.

Cerré la puerta.

Un año después, mi vida era irreconocible.

Mi pequeña consultora ya tenía doce empleados.

Alba trabajaba en otra ciudad.

Nunca fuimos amigas.

No hacía falta.

Sergio siguió dirigiendo su empresa.

Tampoco perdió todo.

La vida real no siempre castiga a alguien quitándole dinero, trabajo y reputación.

A veces simplemente obliga a vivir con una elección.

Mucho tiempo después encontré una fotografía vieja.

Sergio y yo sentados en el suelo de aquel primer apartamento, compartiendo un paquete de fideos porque no teníamos mesa.

Me quedé mirándola.

No sentí rabia.

Tampoco ganas de regresar.

Solo gratitud por dos personas que se habían amado muchísimo y que ya no existían de la misma manera.

Entonces entendí finalmente las palabras que Sergio me dijo el día del divorcio:

“Espero que algún día puedas entenderme.”

Sí.

Lo entendí.

Sergio no era un monstruo.

Alba tampoco.

Éramos tres personas que tomaron decisiones y tuvieron que vivir con ellas.

La diferencia fue que Sergio creyó que dejarme significaba que algún día podría volver si descubría que se había equivocado.

Nunca entendió que cuando firmé aquel divorcio no estaba esperando que se arrepintiera.

Estaba aceptando que el hombre que una vez prometió protegerme ya había elegido otro camino.

Y mientras él tardó meses en descubrir lo que había perdido…

yo solo necesité una firma para comprender que no quería recuperarlo.

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