Sebastián tardó varios segundos en reaccionar.
Camila fue más rápida.
—Yo no sé nada de ese dinero.
El tío Robert abrió otra carpeta.
—Curioso. Cuarenta y dos millones terminaron en una empresa cuya beneficiaria final es usted.
Camila soltó inmediatamente el brazo de Sebastián.
Ese pequeño gesto me dijo más sobre su relación que cualquier confesión.
—Me dijiste que eran dividendos —susurró.
Sebastián la fulminó con la mirada.
—Cállate.
Robert continuó.
Durante tres años, Sebastián había creado contratos falsos con proveedores.
La empresa pagaba servicios inflados y la diferencia terminaba repartida entre sociedades controladas por él.
Pero había cometido un error.
La compañía que él llamaba “su empresa” nunca había sido completamente suya.
Cuando vendí las joyas de mi madre para financiar aquella primera oficina, mi familia también aportó capital.
A cambio, recibí acciones.
Años después reinvertí dividendos mientras Sebastián gastaba los suyos intentando aparentar una riqueza mayor de la que realmente tenía.
Yo conservaba el 41% de la compañía.
Y tenía derecho a solicitar una auditoría extraordinaria.
Eso era exactamente lo que había hecho tres meses atrás.
—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó Sebastián.
—Desde que encontré un pago a una consultora que no tenía empleados.
Su rostro perdió el color.
—¿Por eso estabas tan tranquila?
Negué.
—Estaba tranquila porque quería saber cuánto habías robado antes de decirte que sabía algo.
Robert puso otro documento sobre la mesa.
—El consejo se reúne mañana.
Sebastián comprendió inmediatamente.
—Elena, tenemos que hablar solos.
—Ya no tenemos nada que hablar solos.
Los guardias los acompañaron hasta el ascensor.
Antes de entrar, Camila se volvió hacia mí.
—Él me dijo que después del divorcio todo sería suyo.
La miré.
—También me dijo que te amaba.
Sebastián bajó la cabeza.
Las puertas se cerraron.
A la mañana siguiente entré en la sala del consejo por primera vez en años.
Sebastián ya estaba allí.
Había llegado con abogados.
Intentó presentarme como una esposa despechada utilizando una auditoría empresarial para vengarse de una infidelidad.
Entonces comenzó la presentación.
Facturas falsas.
Transferencias.
Empresas pantalla.
Correos autorizando pagos.
Contratos con firmas manipuladas.
Y finalmente, los movimientos vinculados a Camila.
Nadie volvió a mencionar nuestro matrimonio.
Aquello ya no era un divorcio.
Era un problema corporativo.
La votación para suspender a Sebastián de sus funciones fue casi unánime.
Después se remitieron los hallazgos a las autoridades correspondientes y comenzaron las reclamaciones para recuperar los fondos.
Sebastián me alcanzó en el estacionamiento.
—¡Yo construí esa empresa!
Me detuve.
—La construimos.
—Sin mí no sería nada.
—Sin mí tampoco.
Por primera vez en ocho años no intentó discutir esa parte.
Las semanas siguientes fueron brutales.
Camila contrató su propio abogado.
Y para protegerse, entregó mensajes, documentos y registros que Sebastián jamás imaginó que ella conservaría.
La mujer por la que había destruido nuestro matrimonio terminó convirtiéndose en una de las personas que más pruebas aportó contra él.
Pero todavía quedaba una última sorpresa.
Durante el proceso de divorcio, descubrimos que Sebastián había preparado documentos para intentar presentar parte de mis acciones como patrimonio controlado por él.
No había conseguido completar la operación.
Pero su intención estaba documentada.
La noche en que llevó a Camila a mi dormitorio no pretendía simplemente reemplazarme.
Creía que ya había preparado el terreno para quedarse también con mi parte de la compañía.
Se había equivocado en ambas cosas.
Meses después firmamos el divorcio.
Sebastián estaba sentado frente a mí cuando terminó.
—¿Nunca me quisiste? —preguntó.
Aquello casi me hizo reír.
—Vendí las joyas de mi madre por ti.
Lo miré directamente.
—El problema nunca fue cuánto te quise. Fue cuánto tiempo confundiste mi amor con estupidez.
No respondió.
Recogí mi copia y me marché.
Recuperar los 187 millones llevó mucho más tiempo.
No todo volvió inmediatamente y algunas disputas continuaron durante meses.
Pero una parte importante fue localizada y asegurada.
Sebastián perdió su cargo y tuvo que responder por sus decisiones.
Camila desapareció de mi vida después de colaborar con la investigación.
Nunca necesité saber qué ocurrió entre ellos.
Ya no eran mi historia.
Un año después renové el apartamento.
Lo primero que saqué fue la cama matrimonial.
Después cambié las cortinas, pinté las paredes y convertí la habitación pequeña —aquella a la que Sebastián había querido desterrarme— en mi estudio.
Conservé una sola cosa.
La fotografía de boda que Camila había dejado boca abajo.
No la guardé por nostalgia.
La puse durante un tiempo dentro de un cajón junto al primer contrato de la empresa.
Dos versiones de la misma mujer.
En una, yo creía que sacrificarlo todo por alguien garantizaba que esa persona valoraría el sacrificio.
En la otra, finalmente sabía algo mejor.
La última vez que vi a Sebastián fue al salir de una audiencia relacionada con la empresa.
Se detuvo frente a mí.
—Lo perdí todo.
Pensé en aquella tarde.
En Camila entrando en mi dormitorio.
En él ordenándome trasladar mis cosas al cuarto pequeño.
—No —respondí.
Sebastián levantó la mirada.
—Perdiste únicamente lo que nunca fue exclusivamente tuyo.
Pasé junto a él.
Diez minutos.
Eso fue todo lo que tardaron en expulsarlos de mi apartamento.
Pero tardé ocho años en expulsar de mi vida una idea mucho más peligrosa:
que por haber ayudado a construir el éxito de un hombre tenía que aceptar cualquier humillación para conservarlo.
Sebastián quiso convertirme en la sirvienta de la casa que mi madre me había dejado.
Al final, él salió cargando sus propias maletas.
Y yo me quedé con algo mucho más importante que el apartamento, las acciones o el dinero recuperado.
Me quedé conmigo misma.