PARTE 2: VICTORIA LLAMÓ AL HOMBRE EQUIVOCADO

Héctor regresó a las cuatro y media de la madrugada.

Yo seguía despierta.

El contrato permanecía sobre la mesa exactamente donde lo había dejado.

Cuando escuché la puerta, no corrí hacia él.

Tampoco pregunté inmediatamente por Victoria.

Héctor entró con el rostro agotado.

—Está bien —dijo antes de que pudiera hablar—. No fue grave.

—Me alegro.

Dejó las llaves.

—¿No vas a preguntarme nada más?

—Nuestro acuerdo dice que no interferimos en la vida privada del otro.

Su expresión cambió.

—No vuelvas a utilizar ese contrato para esconderte de mí.

Lo miré.

—Tú acabas de salir corriendo a mitad de una conversación porque Victoria te llamó.

—Porque estaba en urgencias.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué problema hay?

Me levanté.

—Que no sé quién es Victoria para ti.

Héctor guardó silencio.

Por fin.

—Íbamos a casarnos.

Sentí que algo se me hundía en el pecho.

—¿Cuándo?

—Hace cuatro años.

—¿Qué pasó?

Héctor se sentó frente a mí.

Victoria y él habían estado comprometidos.

Dos meses antes de la boda, ella recibió una oferta profesional en Londres.

Héctor esperaba que rechazara el trabajo.

Victoria esperaba que él la siguiera.

Ninguno cedió.

Terminaron.

—¿Y por eso necesitabas una esposa bajo contrato?

—En parte.

La respuesta no me gustó.

—Explícate.

Su abuelo había dejado determinadas responsabilidades familiares condicionadas a que Héctor demostrara estabilidad durante varios años.

No necesitaba casarse conmigo para recibir mágicamente una fortuna.

Pero su familia llevaba meses organizándole citas, presionándolo para reconciliarse con Victoria y convirtiendo su vida privada en una negociación constante.

Entonces apareció mi madre con una hija que tampoco quería casarse.

Dos personas cansadas.

Una solución absurda.

—Pensé que sería sencillo —dijo.

—Tres años y adiós.

—Sí.

—¿Y Victoria?

Héctor bajó la mirada.

—Cuando supo que me había casado, quiso volver.

Aquello dolió.

—¿Por eso apareció en aquella cena?

—Sí.

—¿Y anoche?

—El hospital llamó primero al contacto que ella todavía tenía registrado.

—Tú.

—Sí.

Respiré profundamente.

—¿Todavía la quieres?

Héctor levantó los ojos.

—No de la forma que estás preguntando.

No era la respuesta romántica perfecta.

Precisamente por eso le creí.

Entonces empujó el nuevo acuerdo hacia mí.

—Pero tampoco quiero que firmes esto esta noche.

Parpadeé.

—¿No?

—No quiero que conviertas lo que está pasando entre nosotros en otro contrato.

Rompió su copia.

—Héctor…

—Si dentro de dos años quieres marcharte, podrás hacerlo.

—¿Y tú?

Sonrió débilmente.

—Yo voy a intentar conseguir que no quieras hacerlo.

Mi corazón dio un salto.

Pero no hubo beso.

Ni declaración dramática.

A la mañana siguiente desayunamos juntos.

Por primera vez, Héctor preguntó:

—¿Qué haces realmente todo el día frente al ordenador?

Me reí.

—¿Llevamos un año casados y no sabes a qué me dedico?

—Eso intento arreglar.

Así empezó nuestro segundo matrimonio.

El que no estaba escrito.

Descubrí que Héctor odiaba el cilantro.

Él descubrió que yo trabajaba mejor escuchando música horrible de los noventa.

Empezamos a cenar juntos.

A mandarnos mensajes.

A discutir.

Incluso descubrimos que éramos bastante buenos peleando.

Pero Victoria no desapareció.

Un mes después pidió hablar conmigo.

Acepté.

Nos encontramos en una cafetería.

—No voy a pedirte que dejes a Héctor —dijo.

—Qué alivio.

Sonrió.

—Siempre fuiste más divertida de lo que él decía.

—¿Hablaba de mí contigo?

Victoria removió el café.

—Después de casarse contigo, sí.

Aquello me sorprendió.

—Al principio decía que eras perfecta porque nunca preguntabas nada. Después empezó a quejarse de que nunca preguntabas nada.

Tuve que contener una sonrisa.

—Muy propio de Héctor.

Victoria me observó.

—Cuando tuve el accidente lo llamé porque durante años fue la persona a la que llamaba cuando algo salía mal. Fue costumbre.

—Lo entiendo.

—Pero cuando llegó al hospital, pasó casi toda la noche mirando el teléfono.

Mi sonrisa desapareció.

—¿Por qué?

—Porque tú no le escribías.

Victoria dejó dinero sobre la mesa.

—Ahí entendí que yo estaba llamando al Héctor que recordaba. Pero ese hombre ya tenía a alguien a quien quería volver.

Aquella noche regresé a casa.

Héctor estaba cocinando.

Olía fatal.

—¿Otra sopa?

—He mejorado.

Probé una cucharada.

—No.

—Qué cruel.

Me reí.

Entonces saqué del bolso el contrato original.

Lo puse sobre la mesa.

Héctor dejó la cuchara.

—¿Qué haces?

—Nos quedan veintidós meses.

Su expresión se endureció.

—Lo sé.

Rompí el contrato por la mitad.

Después otra vez.

Héctor no respiraba.

—No quiero esperar veintidós meses para saber si esto funciona.

—¿Qué estás diciendo?

Lo miré.

—Que quiero intentarlo de verdad.

Se acercó lentamente.

—¿Sin reglas?

—Algunas reglas deberían quedarse.

—¿Dormitorios separados?

—Esa podemos revisarla.

Héctor sonrió.

Y por primera vez fui yo quien lo llamó como él me había llamado aquella noche accidental.

—Cariño.

Se quedó completamente inmóvil.

—Repítelo.

—Ni hablar.

—Por favor.

—Has perdido tu oportunidad.

Se echó a reír.

Un año después, sus amigos volvieron a organizar una cena.

Yo lo llamé a propósito.

Héctor contestó inmediatamente.

—¿Sí, cariño?

Escuché gritos al fondo.

—¡Otra vez! ¡Valdés paga!

—¿Cuándo vuelves? —pregunté.

—Ahora mismo.

—No hace falta. Solo quería comprobar si contestabas.

Silencio.

Después:

—Eso es trampa.

—Buenas noches, esposo.

Colgué.

Veinte minutos después estaba entrando por la puerta.

Nunca supe cuánto pagó aquella primera cena.

Pero años después Héctor seguía diciendo que había sido la apuesta más cara y rentable de su vida.

Porque nuestro matrimonio comenzó con un contrato.

Pero nuestra verdadera historia empezó la noche en que marqué el número equivocado y, por primera vez, ambos contestamos correctamente.

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