Esperé hasta que Mariana se quedó dormida.
Su celular seguía sobre el buró.
No quería invadir su privacidad, pero antes de cerrar la aplicación vi algo que me dejó inmóvil.
La nota del 13 de marzo no estaba sola.
Había una carpeta llamada “Registro”.
La abrí.
Tenía ciento diecisiete entradas.
La primera era de tres años atrás.
“Teresa me empujó contra el refrigerador. Diego estaba trabajando. Dijo que si se lo cuento, hará que él tenga que elegir.”
Seguí leyendo.
Fechas.
Fotografías.
Audios.
Moretones registrados con precisión.
La quemadura del tobillo tampoco había sido un accidente.
“Arrojó el caldo al suelo junto a mis pies porque la comida estaba fría.”
Sentí náuseas.
Pero había algo que se repetía en casi todas las notas:
“No decirle todavía a Diego.”
Entré al dormitorio.
Mariana estaba despierta.
—¿Por qué nunca me contaste?
Miró el teléfono en mi mano y comprendió.
—Porque al principio sí te conté.
Me quedé helado.
—¿Cuándo?
—Hace tres años. Después del primer empujón.
Entonces recordó una conversación que yo había enterrado en mi memoria.
Mariana me había dicho que mi madre la trataba mal cuando yo no estaba.
Y yo había respondido:
“Mi mamá tiene un carácter difícil. Intenta no provocarla.”
Me senté al borde de la cama.
Aquella frase me cayó encima como una piedra.
Mariana continuó:
—Después Teresa me dijo que ya había hablado contigo y que tú estabas de acuerdo con ella.
—Eso es mentira.
—Ahora lo sé.
Mi madre había estado jugando con los dos.
A Mariana le decía que yo siempre elegiría a mi madre.
A mí me decía que Mariana estaba sensible, celosa y hormonal.
Pero todavía faltaba lo peor.
Mariana abrió otra carpeta.
“Dinero.”
Durante casi dos años, Teresa había utilizado fotografías de documentos nuestros para hacerse pasar por Mariana ante familiares y conocidos.
Pedía préstamos.
Solicitaba transferencias.
Incluso había convencido a una tía de Mariana de enviarle ciento ochenta mil pesos asegurando que necesitábamos dinero para un tratamiento médico.
Nosotros jamás recibimos un peso.
—¿Por qué estabas reuniendo todo esto? —pregunté.
Mariana acarició su vientre.
—Porque cuando supe que estaba embarazada entendí que podía soportar muchas cosas por miedo… pero no iba a criar a nuestra hija dentro de esto.
Al día siguiente fuimos al hospital.
Después hablamos con un abogado.
Entregamos fotografías, mensajes, audios y documentos.
Mi madre pensó que bastaría con llorar y decir que Mariana quería separarnos.
Hasta que escuchó uno de sus propios audios.
Su voz llenó el despacho:
—Si le cuentas a Diego, diré que tú me golpeaste primero. Él me creerá a mí.
Teresa dejó de llorar.
Me miró.
—Hijo, estaba enojada.
—Ciento diecisiete veces, mamá.
No tuvo respuesta.
Las siguientes semanas destruyeron la versión de Teresa que yo había defendido toda mi vida.
La investigación financiera encontró movimientos vinculados con varios de aquellos engaños.
Mi madre terminó enfrentando no solo las consecuencias de lo que había hecho dentro de nuestra casa, sino también de las mentiras que había utilizado para conseguir dinero.
Yo no intenté salvarla.
Dos meses después nació nuestra hija.
La llamamos Lucía.
La primera noche en casa, encontré a Mariana sentada junto a su cuna.
Me acerqué despacio.
—No voy a pedirte que olvides lo que pasó.
Ella permaneció en silencio.
—Y tampoco voy a pedirte que confíes en mí porque soy tu esposo. Tendré que ganármelo otra vez.
Mariana me miró durante unos segundos.
Después tomó mi mano y la colocó sobre la pequeña manta rosa que yo había comprado aquel miércoles.
No era perdón.
Todavía no.
Pero era un comienzo.
Meses después, mientras organizábamos documentos, Mariana abrió aquella carpeta por última vez.
Ciento diecisiete entradas.
Las observó unos segundos.
Luego creó una nueva.
Entrada 118.
Escribió:
“Hoy mi hija duerme tranquila en su propia casa. Nadie volverá a levantarme la mano aquí.”
Guardó la nota.
Y entonces entendí algo que me acompañará toda la vida.
Yo creía que el día que encontré a Mariana en el suelo había expulsado al monstruo de nuestra casa.
La verdad era mucho más dolorosa.
Mariana llevaba tres años intentando sobrevivir mientras yo seguía abriéndole la puerta.