PARTE 2: NO ESPERÉ A QUE ELIGIERA

No aparté inmediatamente sus brazos.

—¿Cuánto tiempo necesitas?

Alexander pareció sorprendido.

—Unos meses. Cecilia depende de mí. Su familia también. No puedo desaparecer de repente.

Ahí comprendí que ni siquiera estaba pensando en dejar de amarla.

Solo quería organizar su salida sin perderme a mí.

—Está bien —respondí.

Alexander exhaló, aliviado.

—Sabía que me entenderías.

Me besó la frente.

Aquella noche volvió a abrazarme por la cintura.

Yo permanecí despierta hasta que amaneció.

A la mañana siguiente llamé a mi abogada.

No para destruirlo.

No para tocar su empresa.

Solo para empezar a separar correctamente una vida que llevaba demasiado tiempo construida alrededor de sus ausencias.

El informe que había recibido contenía suficiente información para dejar de engañarme.

Mientras Alexander creía que yo esperaba su decisión, alquilé un apartamento, organicé mis documentos y preparé el divorcio.

Tres semanas después, Cecilia me llamó.

—Necesito hablar contigo.

Nos encontramos en un café.

Esperaba arrogancia.

Encontré a una mujer agotada.

—Alexander me dijo que vuestro matrimonio solo existía sobre el papel —dijo—. Que no se divorciaba porque tú dependías emocionalmente de él.

Sonreí con amargura.

—Anoche durmió conmigo.

Cecilia perdió el color.

Después sacó su teléfono.

Había mensajes de Alexander.

“Dame tiempo.”

“Voy a terminar con Nancy.”

“Tú eres la mujer con la que quiero vivir.”

Eran prácticamente las mismas palabras que me había dicho a mí.

Entonces entendimos la verdad.

Alexander no estaba intentando elegir.

Nos mantenía a ambas esperando para no tener que perder ninguna.

—¿Sabías lo de la casa de mis padres? —preguntó Cecilia.

—Sí.

—¿Y el negocio de mi hermano?

Asentí.

Ella bajó los ojos.

—Yo no sabía ni siquiera cuándo era tu cumpleaños.

No nos hicimos amigas.

Tampoco necesitábamos convertirnos en enemigas.

El problema nunca había sido cuál de las dos era suficiente.

El problema era el hombre que necesitaba dos versiones de la verdad para conservarlas a ambas.

Cuando regresé aquella tarde, Alexander estaba cocinando.

—¿Dónde estabas?

Dejé una carpeta sobre la mesa.

—Con Cecilia.

El cuchillo se detuvo en su mano.

—¿Qué?

Por primera vez en semanas vi miedo auténtico.

No porque pudiera perderme.

Porque sus dos mundos acababan de encontrarse.

Abrió la carpeta.

Documentos de divorcio.

—Nancy, prometiste darme tiempo.

—Te pregunté cuánto necesitabas.

Lo miré.

—Nunca prometí esperarte.

—Puedo terminar con ella hoy.

—Ya no importa.

Se acercó.

—Te elijo a ti.

Aquella frase habría dado sentido a mi vida tres años antes.

Ahora solo me produjo cansancio.

—No quiero ser elegida porque descubriste que podías perderme.

Alexander comenzó a llorar.

—Te amo.

—Quizá.

Tomé mi bolso.

—Pero amar a alguien y tratarlo con amor son cosas diferentes.

Me mudé aquella misma semana.

El apartamento era pequeño comparado con nuestra casa.

La primera noche no pude dormir.

Mi cuerpo esperaba algo.

Entonces comprendí qué era.

Un brazo alrededor de mi cintura.

La costumbre que Alexander había aprendido con Cecilia y después había llevado hasta nuestra cama.

Me giré hacia el otro lado.

No había nadie.

Y aquella ausencia, que debería haberme dolido, me produjo una tranquilidad inmensa.

Meses después supe que Cecilia también se había marchado.

Alexander intentó recuperarnos por separado.

Ninguna volvió.

La última vez que lo vi fue cuando terminamos los asuntos pendientes del divorcio.

Antes de marcharse preguntó:

—¿Alguna vez podrás perdonarme?

Pensé en los tres años esperando llamadas.

En cada cumpleaños sola.

En las duchas apresuradas con las que intentaba borrar el olor de otra mujer.

Y en aquella madrugada en que finalmente pronunció su nombre.

—Quizá algún día.

Alexander pareció recuperar esperanza.

Entonces terminé:

—Pero perdonarte no significa volver contigo.

Salí sin mirar atrás.

Durante años creí que la peor parte de perder a Alexander sería imaginarlo durmiendo abrazado a Cecilia.

Me equivocaba.

Lo peor había sido dormir junto a él mientras fingía no saber dónde había aprendido a abrazarme así.

Y lo mejor fue descubrir que, cuando finalmente dejó de haber unos brazos rodeando mi cintura, tampoco quedó nadie impidiéndome marcharme.

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