PARTE 2: ESTA VEZ NO COMPETÍ

Caminé hacia Serena.

Gabriel se interpuso de inmediato.

—Nora, cálmate.

Lo miré.

—Apártate.

Quizá fue mi tono.

Quizá fue mi expresión.

Pero obedeció.

Me detuve frente a Serena.

Ella levantó la barbilla, esperando una bofetada, un grito, cualquier cosa que pudiera convertirla en víctima.

No le di ninguna.

—Te lo puedes quedar.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué?

—A Gabriel. Te lo puedes quedar.

Él palideció.

—Nora, basta.

Saqué del bolsillo una copia del acuerdo que había presentado aquella mañana.

La puse en sus manos.

—Hoy comenzó el periodo para nuestro divorcio.

Gabriel leyó la primera página.

Después la segunda.

—No.

—Ya está presentado.

—¡No puedes decidir esto sola!

—Tú tomaste tu decisión anoche.

Serena miró alternativamente a los dos.

—¿Anoche?

Gabriel se quedó inmóvil.

Ahí comprendí algo.

Serena tampoco sabía toda la verdad.

—¿No te contó que tenemos una cámara de seguridad en el jeep?

Gabriel levantó la cabeza bruscamente.

—Nora.

—No voy a reproducir nada.

Lo miré fijamente.

—No necesito humillar a nadie para saber qué ocurrió.

Serena retrocedió.

—Me dijiste que estabais prácticamente separados.

Casi me reí.

A mí me había dicho que ella ya no significaba nada.

A ella le había dicho que nuestro matrimonio estaba terminado.

Gabriel había construido dos versiones de su vida y esperaba que ninguna mujer comparara notas.

—Serena, vete —ordenó.

Ella lo miró durante varios segundos.

—¿La llamaste por mi nombre cuando estabas con ella?

El silencio respondió.

Serena soltó una risa amarga.

—Dios mío. Ni siquiera sabes a cuál de las dos quieres.

Se marchó.

Gabriel intentó seguirme cuando subí las escaleras.

—Nora, podemos arreglarlo.

Me giré.

—No.

—Fue una recaída.

—No eres un hombre que tropezó accidentalmente y terminó en casa de otra mujer.

Mi voz permaneció tranquila.

—Contestaste su llamada. Condujiste hasta ella. Te quedaste. Volviste. Después me trajiste el postre que compraste mientras atendías sus deseos y me acusaste de utilizar mi dolor contra ti.

No respondió.

—Eso fueron decisiones, Gabriel.

Durante los treinta días siguientes cambió completamente.

Flores.

Cartas.

Desayunos.

Promesas.

Incluso solicitó asesoramiento psicológico.

Tal vez por primera vez estaba intentando cambiar de verdad.

Pero llegó demasiado tarde.

Yo también estaba cambiando.

Ejecuté únicamente lo que legalmente correspondía según nuestro acuerdo, con abogados revisando cada paso. No intenté afectar su carrera militar ni utilizar su posición contra él.

Tomé el patrimonio que me correspondía y gasté una parte considerable en algo que llevaba años posponiendo.

Compré una casa lejos del distrito militar.

No tenía puestos de guardia.

No escuchaba vehículos militares al amanecer.

Nadie me llamaba “señora del comandante”.

Volví a utilizar mi apellido.

Retomé los proyectos que había abandonado mientras organizaba mi vida alrededor de sus destinos y ascensos.

El día treinta, Gabriel apareció frente a la oficina donde finalizaríamos el trámite.

Parecía agotado.

—Serena se fue —dijo.

—Lo siento.

—No estoy con ella.

—Eso ya no cambia nada.

Me miró como si finalmente comprendiera.

—¿Entonces perdí a las dos?

Negué.

—Ese sigue siendo tu problema.

—¿Cuál?

—Sigues hablando como si Serena y yo fuéramos premios que podías ganar o perder.

Firmé.

—Yo no perdí contra ella, Gabriel. Simplemente dejé de participar.

Meses después me llegó una caja.

Dentro estaba aquella vieja fotografía del vehículo blindado donde él había escrito sobre el vidrio:

Gabriel Hunt solo amará a Nora Shen en esta vida.

Debajo había una nota.

Lo siento. Ahora entiendo que prometerlo nunca fue lo mismo que hacerlo.

Guardé la fotografía.

No porque quisiera volver.

Porque ya podía mirarla sin desear regresar a la mujer que había sido.

La casa nueva me había costado una fortuna.

También los abogados, la mudanza y reconstruir una vida que durante años había girado alrededor de Gabriel.

Pero la primera noche allí dormí con las ventanas abiertas.

Ningún jeep arrancó para acudir a la llamada de Serena.

Ningún teléfono especial sonó.

Nadie me pidió que compitiera por mi propio marido.

Y entonces comprendí qué había comprado realmente con todo aquel dinero.

No era una casa.

Era una vida en la que el comandante Gabriel Hunt podía seguir dando órdenes a cientos de personas…

pero ya no podía darle ninguna a Nora Shen.

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