PARTE 2: ME QUEDABAN VEINTICUATRO HORAS

Los dos hombres miraron mi teléfono.

—¿Qué demonios fue eso? —murmuró uno.

Yo también tenía miedo.

Pero ya no de ellos.

Miré la cuenta regresiva flotando ante mis ojos.

23:59:41.

Diez años atrás, cuando Clara y yo llegamos a este mundo, el sistema había establecido una regla: podíamos regresar cuando nuestra conexión emocional con este lugar desapareciera por completo.

Clara había esperado por Daniel.

Yo por Adrian.

Qué desperdicio.

Uno de los hombres volvió a acercarse.

—Dame el teléfono.

Retrocedí hasta la mesa y activé la alarma de seguridad de la habitación.

La mansión se llenó de un sonido ensordecedor.

Los hombres se sobresaltaron.

Aproveché para abrir la puerta del balcón y gritar hacia los guardias del jardín.

Minutos después, ambos fueron sacados de mi habitación.

Hailey apareció en el pasillo fingiendo sorpresa.

—Emily, ¿qué ocurrió?

La miré.

—Tus primos entraron en mi habitación.

—Seguro fue un malentendido.

—Perfecto. Entonces no tendrás problema con que entregue las grabaciones de seguridad.

Su expresión cambió.

Solo durante un segundo.

Pero lo vi.

También Daniel.

—Emily —dijo mi hermano—, mañana hablaremos. Hoy es el cumpleaños de Hailey.

Otra vez.

Incluso después de aquello.

Hailey primero.

Sonreí.

—No habrá mañana para nosotros.

Adrian llegó detrás de él.

—¿Qué significa eso?

No respondí.

Tenía veinticuatro horas.

Y no iba a desperdiciar otra explicándome ante personas que habían tenido diez años para escucharme.

Pasé la noche ordenando únicamente lo necesario.

Cancelé autorizaciones personales.

Separé mis documentos.

Dejé instrucciones para que cualquier pertenencia que realmente fuera mía se destinara según mis deseos.

No intenté destruir empresas ni vaciar cuentas que no me pertenecían.

No hacía falta.

Lo único que iba a retirar de aquella familia era a mí misma.

A las ocho de la mañana, Daniel recibió una llamada del hospital.

Habían verificado nuevamente la muerte de Clara porque él había llamado furioso acusándolos de participar en una mentira.

Lo vi bajar las escaleras sin color en el rostro.

—Emily…

Seguí guardando mis cosas.

—¿Dónde está Clara?

—Ya te lo dije.

—No.

Su voz se quebró.

—¿Dónde está mi esposa?

Entonces lo miré.

—Murió preguntando por ti.

Daniel se tambaleó.

Adrian apareció inmediatamente.

—¿Qué está pasando?

Le entregué una copia del registro hospitalario.

—Clara necesitaba una cirugía que tú y Daniel podían realizar.

Adrian leyó.

Luego levantó lentamente los ojos.

—Tú me llamaste.

—Sí.

Recordó haberme bloqueado.

Lo vi en su cara.

—Emily, yo pensé…

—Que estaba intentando arruinar el cumpleaños de Hailey.

Silencio.

Hailey bajó las escaleras en ese momento.

—¿Por qué están todos así?

Daniel giró hacia ella.

Por primera vez, no corrió a consolarla.

—Clara murió.

Hailey quedó inmóvil.

—¿De verdad?

Dos palabras.

Demasiado rápidas.

Demasiado tranquilas.

Adrian la miró.

Y algo cambió.

Pero ya no me importaba.

03:17:08.

El sistema volvió a aparecer ante mí.

“Preparación de retorno completada.”

Adrian me encontró poco antes de medianoche en el jardín.

—Emily, dime qué puedo hacer.

—Nada.

—Puedo investigar qué ocurrió. Puedo encontrar al responsable del accidente de Clara. Puedo—

—Cuando te llamé, ya sabías qué podías hacer.

Eso lo silenció.

—Elegiste no hacerlo.

Se acercó.

—No puedes dejarme así.

Casi me reí.

Durante diez años yo había pensado exactamente lo mismo.

—Claro que puedo.

La cuenta llegó al último minuto.

Daniel salió corriendo de la casa.

—Emily, espera.

Detrás de él venían mis padres.

Hailey también.

Todos preguntaban adónde iba.

Por qué había entregado documentos.

Por qué había despedido al personal que yo pagaba personalmente.

Por qué había dejado mi alianza sobre la mesa.

Adrian tomó mi mano.

—Por favor.

Miré al hombre por quien había renunciado una vez a regresar a mi verdadero mundo.

Ya no sentí amor.

Tampoco odio.

Solo cansancio.

00:00:10.

Sonreí.

—Clara tenía razón.

—¿Sobre qué?

Cinco.

—Sobre que nos esperaba algo mejor.

Tres.

Daniel gritó mi nombre.

Dos.

Cerré los ojos.

Uno.

Y cuando volví a abrirlos, Clara estaba frente a mí.

Viva.

Con ropa nueva, una tarjeta negra entre los dedos y una sonrisa enorme.

—Llegas tarde —dijo.

La abracé.

Esta vez lloré riéndome.

Clara levantó la tarjeta.

—Te dije que tendría diez mil millones.

Miré alrededor.

Nuestro mundo.

Nuestra vida.

Nuestra segunda oportunidad.

—¿Y ellos? —pregunté.

Clara se encogió de hombros.

—Ellos eligieron a Hailey.

Me tomó del brazo.

—Nosotras finalmente nos elegimos a nosotras.

Y mientras caminábamos juntas, comprendí el verdadero castigo de los Bennett, Daniel y Adrian.

No perdieron dinero.

No perdieron una mansión.

Ni siquiera perdieron un imperio.

Perdieron algo que ninguna fortuna de aquel mundo podía comprar de nuevo:

la oportunidad de pedir perdón a dos mujeres que ya no existían allí para escucharlos.

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