PARTE 2
Cinco días después, el vuelo de Los Cabos aterrizó en la Ciudad de México a las 8:42 de la noche.
Andrés salió del aeropuerto riéndose con su madre y su hermana.
Las fotografías del viaje seguían apareciendo en sus redes sociales.
Brindis frente al mar.
Cenas de lujo.
Atardeceres.
Ni una sola imagen de Mateo.
Ni una sola llamada respondida a Mariana.
—Ya se le habrá bajado el coraje —comentó Graciela mientras acomodaba sus lentes de sol en el bolso.
Paulina soltó una carcajada.
—Con un bebé recién nacido no tiene a dónde ir. Seguro sigue encerrada llorando.
Andrés no respondió.
Solo sonrió con esa seguridad de quien cree tener el control absoluto.
Treinta minutos después, el elevador del piso dieciocho se abrió.
Los tres caminaron hacia el departamento.
Entonces Andrés se detuvo.
La cerradura inteligente no era la misma.
—¿Qué…?
Acercó el dedo.
La pantalla emitió un sonido seco.
Acceso denegado.
Lo intentó otra vez.
Y otra.
Nada.
Graciela frunció el ceño.
—Mariana cambió la clave.
—Imposible.
Andrés sacó su teléfono y abrió la aplicación que siempre utilizaba para controlar la cerradura.
La pantalla mostraba un solo mensaje.
“Este usuario ya no tiene permisos de administrador.”
Su sonrisa desapareció.
—Debe ser un error del sistema.
En ese momento, la puerta se abrió desde adentro.
Pero no apareció Mariana.
Apareció un hombre de traje oscuro, de unos cincuenta años, acompañado por dos elementos de seguridad privada.
—Buenas noches.
Andrés dio un paso al frente.
—¿Quién es usted?
El hombre mostró una credencial.
—Licenciado Mauricio Robles. Representante legal de la propietaria del inmueble.
Graciela soltó una risa burlona.
—Muy chistoso. Dígale a mi hijo que deje de jugar.
El abogado no sonrió.
Sacó una carpeta color vino.
—El departamento ubicado en este domicilio se encuentra inscrito en el Registro Público de la Propiedad exclusivamente a nombre de la señora Mariana Salazar.
Andrés sintió un vacío en el estómago.
—Eso no puede ser.
El abogado abrió la carpeta.
Sacó una copia certificada de la escritura.
—Puede verificar el folio real.
Su nombre no aparecía.
Solo uno.
Mariana Salazar.
Paulina miró a su hermano.
—¿Desde cuándo?
Él no contestó.
Porque nunca había leído las escrituras.
Siempre dio por hecho que, al casarse, todo era suyo.
Graciela intentó intervenir.
—Mi hijo vive aquí desde hace años.
—Vivía con autorización de la propietaria —respondió el abogado con absoluta calma—. Esa autorización fue revocada hace cuarenta y ocho horas.
El silencio se volvió insoportable.
Entonces apareció Mariana.
Llevaba a Mateo dormido en brazos.
Ya no tenía la bata del hospital.
Vestía un pantalón cómodo, una blusa blanca y todavía caminaba con cuidado por la cesárea.
Pero había algo completamente distinto en su mirada.
Ya no pedía permiso para existir.
Andrés dio un paso hacia ella.
—Mariana…
Ella levantó una mano.
—No.
Una sola palabra bastó para detenerlo.
—Tú me dejaste fuera de esta casa con un bebé de tres días.
Nadie respondió.
Mariana continuó.
—Esperabas encontrarme llorando en el pasillo.
Esperabas que suplicara.
Esperabas que aceptara cualquier humillación por miedo a quedarme sin techo.
Miró directamente a Graciela.
—Lo que nunca imaginaste fue que el techo era mío.
La suegra perdió el color del rostro.
—Eso lo pagó mi hijo.
Mariana negó lentamente.
—No.
Abrió otra carpeta.
Dentro había transferencias, contratos y el acta de donación realizada por sus padres dos años antes de la boda.
—Mis padres compraron este departamento.
Lo donaron únicamente a mi nombre.
Antes de casarme.
El abogado entregó una copia a Andrés.
—Toda esta documentación ya fue certificada.
Él hojeó las páginas con desesperación.
Cada documento confirmaba exactamente lo mismo.
Nunca había sido propietario.
Nunca.
Graciela levantó la voz.
—¡Eso es una injusticia!
Mariana sonrió con una serenidad que desconcertó a todos.
—¿Injusticia?
Injusticia fue salir del hospital con puntos, cargando a mi hijo recién nacido, y descubrir que ustedes habían cambiado la clave para dejarme en la calle.
Ninguno pudo mirarla a los ojos.
Los dos guardias dieron un paso al frente.
—Señor Andrés, tiene quince minutos para retirar únicamente sus pertenencias personales.
Él levantó la cabeza.
—¿Me vas a sacar de mi casa?
Mariana respondió sin elevar la voz.
—No.
Te estoy sacando de la mía.
Andrés sintió por primera vez que había perdido completamente el control.
Miró a su madre buscando ayuda.
Ella tampoco tenía respuestas.
Mientras Paulina comenzaba a discutir con los guardias, el abogado entregó a Andrés un segundo sobre.
—¿Qué es esto?
—La demanda de divorcio.
Y una solicitud de medidas de protección para la señora Mariana y el menor.
Andrés rompió el sobre.
Leyó apenas la primera página.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Violencia familiar?
Mariana sostuvo con más fuerza a Mateo.
—Cambiar la clave de una vivienda para impedir la entrada de una mujer recién operada y de un recién nacido también deja pruebas.
Andrés abrió la boca.
Pero ninguna explicación parecía suficiente.

En ese instante sonó el teléfono del abogado.
Escuchó unos segundos.
Después miró directamente a Mariana.
—Acaba de llegar la respuesta del banco.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿Tan rápido?
El abogado asintió.
—Sí.
Y confirma algo que ninguno de nosotros esperaba.
Andrés sintió un escalofrío.
—¿Qué pasó?
El abogado cerró lentamente la carpeta.
—Mientras ustedes estaban de vacaciones, alguien utilizó los datos personales de Mariana para solicitar un préstamo millonario poniendo este departamento como garantía.
El pasillo quedó completamente en silencio.
Mariana miró a Andrés.
Él palideció.
Porque solo tres personas tenían acceso a esos documentos.
Y una de ellas acababa de quedarse sin palabras.