Emiliano dejó de forcejear.
Por primera vez desde que entré al hospital, olvidó incluso la vergüenza de estar unido a Regina frente a medio puerto.
Solo miraba la pared.
Allí aparecían tres nombres.
Emiliano Medrano.
Regina Escobedo.
Y debajo…
Camila Duarte.
Regina dejó de llorar.
—¿Quién es Camila?
Yo no aparté los ojos de mi marido.
—Eso mismo quiero saber.
Emiliano tragó saliva.
—Rocío, no significa nada.
Solté una pequeña risa.
—Hace unas horas Regina tampoco significaba nada.
El médico de guardia intervino, completamente confundido.
—Señora, no sé qué está causando esta reacción, pero necesitamos mantener tranquilos a los pacientes.
Guardé el jade bajo mi blusa.
El reflejo desapareció.
Los tres nombres, no.
Durante unos segundos permanecieron marcados sobre la pared como una sombra de tinta roja.
Después se desvanecieron.
Regina miró a Emiliano.
—¿Hay otra?
—No.
—¡Acaba de aparecer un nombre en la pared!
—¡No sé qué demonios fue eso!
Yo sí sabía algo.
El jade no castigaba simplemente una infidelidad.
Mi abuela me había contado la historia cuando tenía dieciséis años.
Aquella piedra perteneció originalmente a una mujer de nuestra familia que descubrió que su marido mantenía tres hogares distintos en tres pueblos del Golfo.
Según la leyenda, el jade no obedecía deseos.
Respondía a juramentos.
Y cuando alguien pronunciaba una promesa solemne mientras la piedra estaba presente, revelaba aquello que el juramento intentaba esconder.
Durante años creí que era una historia familiar inventada para asustar a esposos infieles.
Hasta aquella noche.
Me acerqué a Emiliano.
—¿Quién es Camila Duarte?
—Una proveedora.
—¿De qué?
No respondió.
Regina empezó a ponerse nerviosa.
—Emiliano, contéstale.
Él la miró con irritación.
—¡Cállate!
Regina abrió los ojos.
Ahí cambió algo.
Hasta entonces ella todavía creía que era especial.
Ahora empezaba a comprender que quizá también había sido engañada.
Saqué mi teléfono.
Busqué el nombre.
No tuve que revisar mucho.
Camila Duarte figuraba como representante legal de una empresa llamada Duarte Importaciones del Golfo.
Una compañía que durante los últimos dieciocho meses había vendido piedras semipreciosas y metales a nuestra joyería.
Mi joyería.
Porque aquello era algo que Emiliano también había olvidado.
El negocio pertenecía originalmente a mi padre.
Después de casarnos permití que Emiliano administrara proveedores, cuentas comerciales y personal.
Pero la propiedad legal seguía estando mayoritariamente a mi nombre.
Abrí los estados de cuenta.
Había transferencias enormes hacia Duarte Importaciones.
Demasiado grandes.
—¿Cuánto dinero le has enviado?
Emiliano palideció.
—Eso es del negocio.
—Precisamente.
Regina consiguió mirarlo.
—Me dijiste que la joyería estaba prácticamente a tu nombre.
No pude evitar sonreír.
—¿También te dijo eso?
Ella cerró los ojos.
Entonces llegó mi cuñada.
Había visto la transmisión en directo.
Entró al pasillo como una tormenta.
—¡Emiliano!
Cuando vio la situación, se detuvo.
Después me miró.
—Rocío, hay algo que tienes que saber.
Mi marido gritó:
—¡No digas nada!
Aquello garantizó que lo dijera.
—Camila no es solo una proveedora.
Silencio.
Mi cuñada sacó su teléfono.
—Lleva casi un año diciendo que Emiliano va a dejarte y que después se casará con ella.
Regina empezó a llorar otra vez.
Pero ya no por vergüenza.
Por rabia.
—¿Entonces yo qué soy?
Emiliano cerró los ojos.
—Regina…
—¿Qué soy?
No respondió.
Yo tampoco necesitaba escuchar la respuesta.
A la mañana siguiente llamé a mi contador y a mi abogado.
No para vengarme.
Para revisar la empresa.
En menos de una semana aparecieron facturas infladas, compras inexistentes y pagos enviados a sociedades relacionadas con Camila.
Aquello era mucho más serio que una aventura.
La traición sentimental era asunto mío.
El dinero de la empresa afectaba también a empleados, socios y obligaciones fiscales.
Entregué todo a profesionales para que determinaran qué correspondía investigar.
Emiliano intentó llamarme desde el hospital.
No respondí.
Regina sí me escribió.
“Yo no sabía lo de Camila.”
Le contesté una sola vez.
“Yo tampoco sabía de ti.”
No éramos amigas.
Pero tampoco tenía interés en competir con ella.
El verdadero problema siempre había sido el hombre que entregaba versiones distintas de sí mismo a cada mujer.
Tres días después, los médicos consiguieron resolver aquella extraña condición sin encontrar una explicación clara.
Emiliano salió del hospital escondido bajo una gorra.
Demasiado tarde.
Medio Veracruz ya había visto el video.
Pero eso terminó siendo la menor de sus preocupaciones.
Cuando regresó a la joyería, su llave ya no funcionaba.
Yo estaba dentro.
Sentada en el despacho de mi padre.
El crucifijo de latón descansaba sobre la mesa.
El jade rojo estaba junto a él.
Emiliano se quedó en la puerta.
—¿Qué hiciste?
—Una auditoría.
Su expresión cambió.
—Rocío, podemos arreglar lo nuestro.
—Lo nuestro terminó cuando juraste.
Se acercó.
—Fue una estupidez.
—Sí.
Le mostré la carpeta.
—Pero esto no.
Ahí estaban los pagos a Camila.
Las facturas.
Los contratos.
Las autorizaciones.
Emiliano dejó de hablar.
—Pensaste que el peor castigo sería quedar unido a Regina delante de todos.
Me puse de pie.
—Te equivocas.
Tomé el jade.
—Eso duró unas horas.
Señalé los documentos.
—Las consecuencias de tus propias firmas van a durar bastante más.
Por primera vez, Emiliano no tuvo ningún juramento que ofrecerme.
Y yo tampoco necesitaba otro.
Durante años pensé que aquella piedra era la reliquia más peligrosa que había heredado de mi familia.
Al final descubrí que no.

El jade solo revelaba mentiras.
Lo verdaderamente peligroso para Emiliano siempre había sido mucho más sencillo:
una esposa que finalmente decidió comprobar las cuentas.