Parte 2: EL MEDALLÓN QUE SATURNINA TEMÍA

PARTE 2

La puerta del salón todavía se balanceaba cuando Saturnina desapareció por el corredor.

Severo no salió detrás de ella.

Primero caminó hasta Crisanta.

Le tomó las manos con una delicadeza que contrastaba con los callos de un hombre acostumbrado al lazo y al ganado.

—¿Estás bien?

Ella tardó en responder.

No porque dudara.

Sino porque llevaba demasiado tiempo esperando aquella pregunta.

—Ahora sí.

Severo apoyó una mano sobre el vientre de su esposa.

El niño dio una pequeña patada.

Él sonrió por un instante.

Después la sonrisa desapareció.

—¿Desde cuándo ocurre esto?

Crisanta bajó la mirada.

—Desde el día en que crucé la puerta de Las Golondrinas.

Severo sintió un golpe seco en el pecho.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—Lo intenté.

Ella respiró hondo.

—Las primeras veces.

Severo frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Crisanta caminó hasta un viejo aparador.

Abrió un cajón.

Sacó un pequeño paquete de cartas, atadas con un listón descolorido.

—Estas nunca salieron de la hacienda.

Él tomó la primera.

Reconoció inmediatamente la letra de su esposa.

“Severo, necesito que regreses antes…”

La segunda.

“Tu madre dice que este hijo jamás llevará tu apellido…”

La tercera.

“Tengo miedo de quedarme sola…”

Todas estaban cerradas.

Todas conservaban el sello de cera intacto.

Jamás habían sido enviadas.

Severo levantó lentamente la vista.

—¿Quién hizo esto?

Crisanta no respondió.

No hacía falta.

Los dos pensaron en la misma persona.

En ese instante apareció Hermenegilda, la cocinera más antigua de la hacienda.

Tenía más de sesenta años y llevaba toda la vida sirviendo a la familia Elisalde.

Al ver las cartas sobre la mesa, cerró los ojos.

—Ya era hora.

Severo giró hacia ella.

—¿Tú sabías?

La mujer asintió lentamente.

—Todos lo sabíamos, patrón.

El silencio fue peor que cualquier respuesta.

—¿Todos?

—Los peones.

Las cocineras.

El caporal.

Hasta el viejo médico del pueblo.

Nadie se atrevía a desafiar a doña Saturnina.

Severo sintió una vergüenza que le quemó el rostro.

Había recorrido estados enteros comprando ganado, negociando tierras y defendiendo el apellido de su familia.

Pero había sido incapaz de proteger a la mujer que dormía bajo su propio techo.

Hermenegilda dio un paso más.

—No es eso lo peor.

Sacó una pequeña llave del bolsillo del delantal.

—¿Qué abre?

—El escritorio del despacho de doña Saturnina.

Crisanta la miró sorprendida.

La anciana apretó la llave entre los dedos.

—Su madre guarda ahí todo lo que nunca quiso que usted encontrara.


Subieron al segundo piso.

El despacho permanecía cerrado desde la muerte de don Aurelio Elisalde, quince años atrás.

El olor a madera vieja y cuero llenó la habitación.

Severo abrió lentamente el escritorio.

Había documentos perfectamente acomodados.

Escrituras.

Libros de cuentas.

Cartas.

Y, al fondo del último cajón…

Una caja de nogal.

La abrió.

Dentro descansaba una fotografía amarillenta.

Severo la tomó.

En ella aparecía un grupo de personas frente al mismo olivo que aún daba sombra al patio principal.

Reconoció inmediatamente a su padre.

Reconoció a Saturnina, mucho más joven.

Pero la mujer que estaba junto a ellos hizo que Crisanta dejara escapar un suspiro.

Llevaba exactamente el mismo medallón de cobre.

—Mamá… —susurró.

Era Remedios Ureña.

Joven.

Sonriendo.

Y tomada del brazo de don Aurelio Elisalde.

Severo miró la fotografía una y otra vez.

No tenía sentido.

—¿Qué hacía tu madre aquí?

Antes de que Crisanta pudiera responder, Hermenegilda habló con una voz temblorosa.

—Porque antes de que doña Saturnina fuera la señora de esta hacienda…

La anciana tragó saliva.

—…Remedios era la mujer que todos creían que se casaría con don Aurelio.

El aire pareció desaparecer del despacho.

Crisanta sintió que las piernas le fallaban.

—¿Qué está diciendo?

Hermenegilda bajó la cabeza.

—Que esta historia empezó mucho antes de que ustedes nacieran.

Severo abrió otro sobre que había dentro de la caja.

Era una carta escrita por su padre.

Solo alcanzó a leer la primera línea.

“Si algún día Remedios regresa a Las Golondrinas con un hijo o una hija, entréguenle todo lo que le pertenece…”

Severo dejó de respirar por un instante.

Volvió la hoja buscando la firma.

Sí.

Era la letra de don Aurelio.

Y el documento tenía sello notarial.

—Eso es imposible… —murmuró.

Crisanta observó el medallón que llevaba desde niña.

Durante toda su vida creyó que solo era el último recuerdo de su madre.

Pero, de pronto, comenzó a parecer la llave de un secreto mucho más antiguo.

En ese momento, un golpe seco resonó detrás de ellos.

La puerta del despacho acababa de cerrarse.

Los tres se giraron al mismo tiempo.

Saturnina estaba de pie al otro lado.

Ya no tenía miedo.

Tenía una vieja escopeta entre las manos.

Sus ojos permanecían fijos en la fotografía.

—Les advertí que nunca abrieran esa caja.

Severo dio un paso delante de Crisanta.

—Madre, baje esa arma.

Saturnina negó lentamente con la cabeza.

Una lágrima resbaló por su mejilla, pero su voz salió firme.

—Si leen la última carta… descubrirán quién destruyó realmente la vida de Remedios.

Y entonces ya no habrá apellido Elisalde que pueda salvar a esta familia.

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