Diego soltó la mano de Camila.
—Martina, espera.
Nicolás y yo nos detuvimos.
—¿Qué quieres? —pregunté.
Diego miró nuestras manos entrelazadas.
—¿Desde cuándo estás con él?
Casi me reí.
—¿Eso importa después de lo que acabas de hacer?
—Lo de Camila fue por el juego.
Miré el anillo en el dedo de ella.
—¿También arrodillarte era parte del reto?
Silencio.
Camila perdió la sonrisa.
Entonces Nicolás habló:
—Martina no te debe ninguna explicación.
Diego lo ignoró.
—Martina, tú y yo íbamos a Zhejiang.
—Tú y yo también íbamos a hacer pública nuestra relación esta noche.
Eso lo hizo callar.
Algunos compañeros empezaron a entender que allí había una historia que desconocían.
Saqué mi teléfono.
Abrí nuestra conversación.
Tres años de mensajes.
Promesas.
Fotografías.
Y, arriba de todo, el mensaje que Diego me había enviado aquella misma mañana:
“Esta noche dejarás de ser mi novia secreta.”
Camila leyó la pantalla.
Después miró a Diego.
—¿Tres años?
Él palideció.
—Camila, déjame explicarte.
Ella se quitó el anillo.
Al hacerlo descubrió las iniciales grabadas en el interior.
D + M.
No D + C.
Lo dejó sobre la mesa.
—Ni siquiera compraste un anillo para mí.
Y se marchó.
Diego intentó seguirme cuando Nicolás y yo salimos.
—¡Martina! ¡Cometí un error!
Me volví.
—No. Tuviste muchas oportunidades de detenerte.
Pasaste junto a mí.
La besaste.
Sacaste mi anillo.
Te arrodillaste.
Y le pediste que fuera tu novia.
—Puedo arreglarlo.
Negué.
—Ya no quiero que lo arregles.
Semanas después acepté una oportunidad académica en Pekín por mis propios méritos y con el apoyo de los programas disponibles. Nicolás también siguió su camino allí.
No convertimos aquella noche en una promesa eterna.
Primero nos hicimos amigos de verdad.
Después dejamos que el tiempo decidiera qué podía existir entre nosotros.
Diego sí terminó en Zhejiang.
Solo.
Durante meses me escribió.
Nunca respondí.
Un año después coincidimos durante una reunión de antiguos alumnos.
Me miró y preguntó:
—¿Alguna vez me quisiste de verdad?
—Durante tres años.
Sus ojos se humedecieron.
—Entonces ¿cómo pudiste olvidarme?
Sonreí suavemente.
—No te olvidé.
Miré hacia Nicolás, que me esperaba junto a la salida.
—Simplemente dejé de esperar al chico que tenía miedo de reconocerme delante de los demás.
Me marché.
Diego había pensado que podía esconderme durante tres años y escogerme cuando finalmente le resultara conveniente.
Pero aquella noche eligió a Camila delante de todos.
Y, sin darse cuenta, también tomó otra decisión:
me enseñó que yo nunca debí conformarme con ser el secreto de nadie.