PARTE 2: EL HEREDERO TENÍA OTRO PADRE

Firmé el divorcio a las once y diecisiete de la mañana.

Pero antes de estampar mi nombre, comprobé tres veces las cifras.

Cincuenta y ocho millones ochocientos ochenta mil.

El apartamento.

Dos autos.

El deportivo rojo.

Todas mis joyas.

Todo figuraba claramente como acuerdo definitivo de separación.

Solo entonces sonreí entre lágrimas.

—Espero que seas feliz, Ethan.

Él pareció sentirse culpable.

—Laura, si algún día necesitas ayuda…

—No.

Abracé mi bolso.

—Ya me has ayudado muchísimo.

Sofía sonrió victoriosa.

Probablemente creyó que hablaba del divorcio.

Yo hablaba del dinero.

Salí del despacho del abogado y fui directamente al banco.

Dos horas después, el dinero estaba asegurado y los trámites de las propiedades iniciados.

Solo entonces recordé el sobre.

El informe de Ethan seguía dentro de mi bolso.

Pensé enviárselo inmediatamente.

Pero decidí esperar.

No por venganza.

Bueno.

Quizá un poquito.

Tres días después, Ethan anunció oficialmente su compromiso con Sofía.

Sí.

Tres días.

Ese hombre cambiaba de esposa con la eficiencia con la que cambiaba proveedores de cemento.

La familia Harrison organizó una cena para celebrar al futuro heredero.

Yo no estaba invitada.

Naturalmente.

Pero a las nueve y cuarto recibí una llamada.

Era el señor Collins.

—Señora… quiero decir, señorita Laura.

—¿Qué ocurre?

Hubo un silencio incómodo.

—El hospital envió los resultados médicos del señor Harrison a la oficina.

Me incorporé en el sofá.

—¿Y?

—Los abrió.

Sonreí.

—Ah.

—Creo que debería apagar el teléfono.

—¿Por qué?

En ese preciso instante entró otra llamada.

Ethan.

La rechacé.

Volvió a llamar.

Otra vez.

Después llegaron mensajes.

“LAURA.”

“¿QUÉ SIGNIFICA ESTE INFORME?”

“CONTESTA.”

“¿DESDE CUÁNDO LO SABÍAS?”

Me serví una copa de zumo.

Respondí únicamente:

“Desde antes del divorcio.”

Tres segundos después llamó nuevamente.

Contesté.

El rugido atravesó el teléfono.

—¡¿LO SABÍAS?!

Alejé el móvil de mi oído.

—Ethan, cuidar la presión arterial también es importante.

—¡EL MÉDICO DICE QUE NO PUEDO TENER HIJOS!

—Eso parece.

Silencio.

Después habló mucho más bajo.

—Entonces el hijo de Sofía…

—Felicidades. Has llegado tú solo a la pregunta correcta.

Colgué.

Lo que ocurrió después me lo contó Collins.

Ethan regresó a la cena con el informe en la mano.

Sofía estaba enseñándole a su futura suegra diseños para la habitación del bebé.

Ethan dejó el documento delante de ella.

—¿De quién es?

Sofía palideció.

—¿Qué?

—El bebé.

—Tuyo, naturalmente.

Ethan señaló el informe.

—Entonces explícame esto.

Primero Sofía dijo que el laboratorio se había equivocado.

Después aseguró que los médicos no eran infalibles.

Finalmente empezó a llorar.

Ethan hizo algo sorprendentemente sensato.

No gritó más.

Pidió nuevas pruebas médicas y una prueba de paternidad cuando pudiera realizarse de manera apropiada bajo supervisión clínica.

Las nuevas pruebas confirmaron su diagnóstico.

Y posteriormente quedó claro lo demás.

Ethan no era el padre.

El verdadero padre resultó ser alguien que él conocía muy bien:

Ryan Cole.

Su director financiero.

Casado.

Con dos hijos.

Y, como detalle especialmente delicioso, uno de los hombres que más había felicitado a Ethan por conseguir finalmente “su heredero”.

Cuando me enteré, tuve que sentarme.

No porque estuviera triste.

Porque reír de pie parecía peligroso.

Sofía admitió finalmente que había retomado su relación con Ethan cuando descubrió el embarazo y entró en pánico.

Sabía cuánto deseaba él un hijo.

Y apostó a que jamás cuestionaría la noticia.

Acertó.

Ethan estaba tan desesperado por creerla que destruyó su matrimonio sin hacer una sola pregunta.

Una semana después apareció frente a mi nuevo apartamento.

Yo acababa de recibir las llaves del deportivo rojo.

Lo miré desde la puerta.

Parecía haber envejecido cinco años.

—Laura.

—Ethan.

—Cometí un error.

—Varios.

—Quiero que volvamos a casarnos.

Parpadeé.

—¿Perdón?

—Ahora entiendo quién estuvo realmente conmigo cuando no tenía nada.

Eso sí me molestó.

—No exageres. Cuando te conocí ya tenías dos fábricas.

—Sabes lo que quiero decir.

—Perfectamente.

Se acercó.

—Puedo darte todo lo que quieras.

Miré mi apartamento.

Las llaves del deportivo.

Luego recordé la cantidad de mi cuenta bancaria.

—Ya lo hiciste.

Su expresión fue extraordinaria.

—Laura…

—Tú querías a Sofía. Yo quería una vida cómoda. Los dos conseguimos exactamente lo que pedimos.

—Pero tú nunca me traicionaste.

Ahí estaba la diferencia.

Yo había sido interesada.

Nunca había fingido ante mí misma que no lo era.

Pero también había sido leal.

—Ethan, no vuelvo.

—¿Por qué?

Sonreí.

—Porque eras mucho más generoso como exmarido de lo que jamás imaginé.

Cerré la puerta.

Meses después supe que Ryan perdió su puesto y que Sofía desapareció por completo de los círculos sociales de los Harrison.

Ethan continuó con su empresa.

Yo continué con mi vida.

Invertí parte del dinero, compré dos propiedades para alquilar y conservé el deportivo rojo.

A veces la gente me preguntaba si no me sentía culpable por haber conocido el resultado médico antes de firmar.

Mi respuesta siempre era la misma:

Yo no inventé el embarazo de Sofía.

No obligué a Ethan a pedirme el divorcio.

Y tampoco fui quien puso sobre la mesa cincuenta y ocho millones ochocientos ochenta mil para cambiar de esposa cuanto antes.

Yo únicamente hice algo que Ethan llevaba años recomendando en todas sus reuniones de negocios:

cuando aparece una oportunidad extraordinaria…

hay que saber cerrar el trato.

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