PARTE 2: EL VIDEO QUE NADIE DEBÍA VER

Santiago no parpadeó.

Acercó la laptop.

Volvió el video cinco segundos.

Luego otros diez.

El hombre salía de la habitación 408 mirando primero hacia un lado del pasillo y luego hacia el otro, como asegurándose de que nadie lo hubiera visto.

Después guardaba un pequeño objeto metálico en el bolsillo de la bata.

Sofía tragó saliva.

—¿Es tu jefe?

Santiago tardó unos segundos en responder.

—Se parece mucho.

No quiso decir más.

Todavía no.

Tomó el celular de su hija y revisó el archivo original.

La hora aparecía claramente en la pantalla.

01:36:42 a. m.

Santiago sintió un escalofrío.

Cuatro minutos después, a las 01:40, la enfermera Chayo había entrado corriendo para avisarle que don Ernesto se estaba descompensando.

Eso significaba que alguien había estado dentro de la habitación justo antes de la emergencia.

—Papá…

¿Hicimos algo malo por grabarlo?

Santiago cerró la laptop con cuidado.

—No.

Pero a partir de este momento no le enseñes este video a nadie.

Ni a tus amigos.

Ni a tus maestros.

Ni lo subas a internet.

La niña asintió sin entender del todo.

Esa misma tarde volvió al hospital.

No comentó nada sobre la grabación.

Primero necesitaba comprobar una cosa.

Entró a la estación de enfermería.

—Chayo.

La enfermera levantó la vista.

—Doctor.

¿Cómo sigue don Ernesto?

—Estable, pero continúa en coma.

Santiago apoyó los codos sobre el mostrador.

—¿Quién estuvo con él antes del código azul?

Chayo frunció el ceño.

—Según la bitácora… nadie.

—¿Nadie?

Ella abrió el registro electrónico.

Las visitas estaban anotadas.

Medicamentos.

Constantes vitales.

Cambios de turno.

No aparecía ningún médico entre la última revisión y la emergencia.

Santiago sintió que algo no encajaba.

Subió al cuarto piso.

La habitación 408 permanecía cerrada.

Don Ernesto seguía conectado a múltiples equipos.

Su esposa dormía sentada junto a la ventana.

Santiago aprovechó para revisar discretamente el expediente clínico.

Todo parecía normal.

Hasta que llegó a la hoja de administración de medicamentos.

Había una anotación hecha con tinta azul.

Una dosis aplicada a la 01:35 a. m.

No llevaba nombre.

Solo una firma ilegible.

El corazón empezó a latirle con fuerza.

Porque él no había indicado ningún medicamento a esa hora.

Y el médico de guardia tampoco.

Guardó silencio.

Tomó una fotografía de la hoja con autorización del sistema interno y salió del cuarto.

Al doblar el pasillo encontró al doctor Ramiro Beltrán.

—Herrera.

¿Cómo está nuestro paciente?

Santiago sostuvo su mirada.

—Luchando.

Ramiro sonrió apenas.

—Así es la medicina.

A veces hacemos todo bien… y aun así las cosas salen mal.

Mientras hablaba, Santiago observó un detalle que nunca antes había notado.

Del bolsillo izquierdo de la bata de Ramiro sobresalía un clip metálico idéntico al que aparecía en el video.

No dijo nada.

Solo asintió.

—Nos vemos en la junta.

Ramiro siguió caminando.

Cuando desapareció por el elevador, Santiago respiró hondo.

No tenía pruebas suficientes para acusar a nadie.

Solo tenía una grabación hecha por una niña de doce años y demasiadas preguntas.

Esa noche, al regresar a casa, encontró a Sofía esperándolo con el celular en las manos.

—Papá…

Creo que encontré otra cosa.

—¿Qué pasó?

La niña abrió la aplicación de edición.

—El video no empezó cuando yo pensaba.

Había activado la cámara varios minutos antes de quedarme dormida.

Retrocedí el archivo…

Y aparece alguien entrando a la habitación 408 antes que ese doctor.

Santiago miró la pantalla.

La figura llevaba gorra, cubrebocas y una sudadera oscura.

Pero cuando levantó la mano para abrir la puerta, un anillo plateado brilló bajo la luz del pasillo.

Santiago sintió que el aire desaparecía.

Reconocía perfectamente ese anillo.

Porque él mismo se lo había regalado a Elena en su décimo aniversario de matrimonio.

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