Marcus tardó varios segundos en reaccionar.
Después soltó una risa.
—Muy bien, Clara. Ya demostraste tu punto. Ahora arreglemos esto.
Miré mi certificado.
—No hay nada que arreglar.
—Te casaste con mi tío para castigarme.
—No.
Levanté los ojos.
—Me casé con Ethan porque tú decidiste que mi matrimonio podía convertirse en el pago de una apuesta.
Marcus palideció.
Ethan giró ligeramente la silla.
—¿Una apuesta?
Marcus me miró con furia.
Ahí comprendió que yo había escuchado todo.
—Clara…
—Siete rechazos, Marcus. Diez años. Y todavía creías que habría un octavo.
No esperé respuesta.
Empujé la silla de Ethan hacia la salida.
Ethan habló cuando estuvimos solos.
—No tienes que hacer esto.
—Ya lo hice.
—Puedes solicitar una revisión.
Me detuve.
—¿Quieres hacerlo?
Por primera vez, su expresión fría vaciló.
—Quiero que tengas elección.
Aquellas siete palabras me dolieron más que todas las promesas de Marcus.
Porque Ethan, un hombre que apenas me conocía, acababa de ofrecerme precisamente lo que Marcus me había quitado durante diez años.
La posibilidad de decidir.
—Entonces elijo quedarme.
Ethan bajó la mirada.
—De acuerdo.
Nuestra vida matrimonial comenzó de una manera extraña.
Habitaciones separadas.
Ninguna exigencia.
Ninguna promesa romántica.
La primera mañana encontré sobre la mesa una carpeta.
Dentro estaban las escrituras de las dos casas que la familia había mencionado.
Ambas permanecían únicamente a nombre de Ethan.
Había además un documento.
—¿Qué es esto?
—Una garantía para ti —respondió.
Establecía que yo tendría derecho de residencia y protección económica independientemente de cómo terminara nuestro matrimonio.
—¿Por qué?
Ethan continuó leyendo.
—Porque no pienso permitir que cambies diez años esperando a Marcus por diez años dependiendo de mí.
Me quedé sin palabras.
Entonces entendí algo.
Ethan no era frío.
Era cuidadoso.
Marcus prometía el mundo antes de preguntarme qué quería.
Ethan preguntaba antes de mover siquiera una silla.
Tres semanas después, Marcus apareció.
Ivy estaba con él.
—Necesitamos hablar —dijo.
Ethan levantó la vista desde unos documentos.
—Mi esposa decidirá si quiere recibirte.
Marcus apretó los dientes.
—Deja de llamarla así.
—¿Cómo debería llamar a mi esposa?
Ivy intervino.
—Clara, todo esto empezó por mi culpa. Yo hice aquella apuesta.
La miré.
—¿Qué querías ganar?
Su rostro cambió.
—Era una broma.
—No.
Me acerqué.
—Una apuesta necesita algo en juego. ¿Qué pediste?
Marcus habló demasiado rápido.
—Eso no importa.
Ethan dejó lentamente los documentos.
—Ahora sí me interesa.
Ivy palideció.
Finalmente confesó.
Si Marcus perdía, debía demostrar que podía cancelar mi boda con una sola decisión.
Si ganaba, Ivy prometía aceptar un traslado lejos de él.
Marcus perdió.
Pero en lugar de dejarla marchar, convirtió mi matrimonio en la prueba de cuánto control tenía sobre mí.
—Querías demostrarle que yo siempre volvería —dije.
Marcus guardó silencio.
Eso era un sí.
Ivy empezó a llorar.
—Yo no pensé que firmarías con Ethan.
—Ese fue el problema de ambos.
La miré.
—Nunca pensaron que yo pudiera elegir algo que ustedes no hubieran planeado.
Marcus dio un paso hacia mí.
—Te amo.
Durante diez años había esperado escuchar aquellas palabras en el momento correcto.
Cuando finalmente llegaron, no sentí nada.
—No, Marcus.
—¡Claro que sí!
—Amas saber que te espero.
Su rostro se endureció.
—No es lo mismo.
Marcus se marchó furioso.
Pero la verdadera sorpresa llegó semanas después.
La anciana señora Whitmore me llamó.
Sobre su mesa había ocho expedientes.
Mis siete solicitudes rechazadas.
Y la octava que Marcus había alterado.
—Clara —dijo—, debes ver esto.
Revisamos las anteriores.
Yo había asumido que habían sido rechazadas por burocracia, operaciones o errores administrativos.
No todas.
En cuatro aparecía una petición posterior de aplazamiento procedente de la oficina de Marcus.
En otra, él mismo había solicitado retirar temporalmente el trámite.
En otra figuraba una incompatibilidad de fechas que su ayudante había comunicado horas después de que todo estuviera preparado.
Sentí náuseas.
—Entonces podía haberse casado conmigo.
La señora Whitmore cerró los ojos.
—Varias veces.
Ethan estaba junto a la ventana.
No dijo nada.
No necesitaba hacerlo.
Marcus no había sido víctima de diez años de mala suerte.
Había mantenido nuestra boda suspendida.
Cada vez que yo empezaba a cansarme, renovaba la promesa.
Cada vez que intentaba alejarme, aparecía otra fecha.
Cada vez que Ivy necesitaba algo, yo volvía al final de la fila.
Esa noche llevé los expedientes a Marcus.
Los puse delante de él.
—¿Por qué?
No pudo negarlo.
—Al principio necesitaba tiempo.
—¿Diez años?
—Después todo se complicó.
—¿Con Ivy?
Silencio.
—Ella dependía de mí.
—Y tú necesitabas que yo también dependiera de ti.
Marcus levantó la cabeza.
Había lágrimas en sus ojos.
—Siempre pensé que habría tiempo.
Sonreí tristemente.
—Yo también.
Me marché.
No hubo pelea entre hermanos.
Ethan tampoco utilizó su posición contra Marcus.
La familia dejó que Marcus respondiera por la alteración indebida del documento mediante los procedimientos correspondientes.
Yo solo pedí una cosa:
que nadie volviera a decidir por mí.
Pasaron meses.
Una mañana encontré a Ethan en el jardín intentando alcanzar una carpeta que el viento había tirado al suelo.
Me agaché y se la entregué.
—Gracias.
Vi entonces algo extraño.
Su pie derecho había cambiado ligeramente de posición.
—Ethan.
Se quedó inmóvil.
—¿Acabas de mover la pierna?
Su expresión se volvió incómoda.
—Estoy haciendo rehabilitación.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de casarnos.
—¿Y por qué nadie lo sabe?
Ethan se encogió de hombros.
—Porque quizá funcione. Quizá no.
Me miró.
—No quería convertir otra promesa en una jaula para ti.
Sentí un nudo en la garganta.
Marcus me había prometido diez años de futuros.
Ethan jamás me prometía mañana.
Simplemente hacía que el presente fuera seguro.
Me senté junto a él.
—Entonces seguiremos mañana cuando llegue.
Por primera vez desde nuestra boda, Ethan sonrió.
Pequeño.
Casi imperceptible.
Pero real.
Marcus creyó que escribir el nombre de su tío paralítico en mi solicitud sería la humillación perfecta.
Pensó que yo miraría a Ethan y vería todo aquello que supuestamente estaba perdiendo.
Se equivocó.
Porque después de diez años esperando a un hombre que siempre prometía elegirme mañana, terminé casada con uno que nunca hizo grandes promesas.

Solo me eligió correctamente cada día.
Y al final, Marcus no perdió a su prometida por una apuesta.
Me había perdido siete bodas antes.
Yo simplemente necesité la octava para darme cuenta.