Samuel Shen no levantó la voz.
Ni siquiera miró a Daniel.
Simplemente sostuvo mi mirada y añadió:
—Si una norma deja de importar cuando nos conviene, entonces nunca fue una norma.
Daniel se detuvo.
Maya también.
—Ingeniero Shen —dijo Daniel—. Solo iba a enseñarle una zona autorizada.
Samuel asintió.
—Entonces no habrá problema. Envíe primero la solicitud de visitante.
El rostro de Daniel se endureció.
Maya tiró suavemente de su brazo.
—Déjalo. Podemos ir otro día.
Se marcharon.
Samuel esperó hasta que desaparecieron.
—¿Era su cita anterior?
Me sorprendió.
—¿Cómo lo sabe?
—La directora Wang habla demasiado.
Por primera vez sonreí.
Nuestra cita no se pareció en nada a la que había tenido con Daniel.
Samuel no preguntó si sabía cocinar.
No quiso saber cuántos hijos quería.
Me preguntó por mi trabajo.
Cuando mencioné un problema de vibración que llevaba meses estudiando, dejó los palillos.
—Explíqueme.
Hablamos durante cuarenta minutos.
Al terminar, Samuel dijo:
—La próxima semana tenemos una revisión estructural. Necesito otra persona que se atreva a decirme cuando estoy equivocado.
—¿Me está ofreciendo trabajo durante una cita?
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—No soy especialmente bueno con las citas.
Entonces comprendí por qué en mi vida anterior nunca se había casado.
No porque fuera frío.
Samuel simplemente había dedicado tanto tiempo al trabajo que nunca aprendió a perseguir a nadie.
Aquello me resultó extrañamente tranquilizador.
Durante los meses siguientes nos vimos varias veces.
Sin promesas.
Sin urgencia.
A veces comíamos juntos.
Otras discutíamos cálculos hasta pasada la hora de cenar.
Samuel jamás me pidió que sacrificara mi carrera.
Al contrario.
Cuando surgió una oportunidad para incorporarme temporalmente a un proyecto importante, fue él quien colocó mi informe sobre la mesa de selección.
—El trabajo es suyo. Su nombre debe estar arriba.
Era una frase pequeña.
Pero después de cincuenta años viviendo como esposa de Daniel Qin, casi lloré al escucharla.
Mientras tanto, Daniel y Maya se comprometieron.
Todo ocurrió exactamente como él decía haber deseado en nuestra vida anterior.
Flores.
Cine.
Regalos.
Cartas.
Daniel la esperaba después del trabajo.
Incluso aprendió cuáles eran sus dulces favoritos.
Yo debería haber sentido dolor.
No lo sentí.
Sentí alivio.
Hasta que seis meses después Maya apareció en mi dormitorio llorando.
—Clara, ¿Daniel siempre fue así?
—¿Así cómo?
—Quiere decidirlo todo.
Me contó que Daniel había rechazado por ella una oportunidad laboral en otra ciudad.
—Dice que después de casarnos debo pedir traslado a su departamento.
Aquello sí lo reconocí.
En mi vida anterior Daniel había hecho lo mismo conmigo.
No por maldad.
Él simplemente creía que amar consistía en construir una vida eficiente y después colocar a todos dentro.
—Habla con él —le dije.
Maya me miró sorprendida.
—¿Eso es todo?
—Es vuestro matrimonio, no el mío.
No iba a convertirme en consejera de la relación que yo misma había creado.
Dos semanas después, Daniel me interceptó fuera del laboratorio.
—¿Qué le dijiste a Maya?
—Que hablara contigo.
—Ahora quiere posponer la boda.
No respondí.
Daniel apretó la mandíbula.
—¿Estás satisfecha?
Lo miré largamente.
—Tú querías saber cómo era amar intensamente a Maya.
—Ahora tienes la oportunidad de descubrir también cómo es vivir con ella.
Su expresión cambió.
Porque ambos recordábamos su lecho de muerte.
Él había confundido durante cincuenta años el instante en que su corazón ardió con una vida entera de amor.
Ahora tenía que comprobar si eran lo mismo.
Maya finalmente no canceló la boda.
Pero puso condiciones.
Continuaría trabajando.
No abandonaría sus proyectos.
No permitiría que Daniel decidiera por ella.
Él aceptó.
Se casaron.
Yo no asistí.
Ese mismo día estaba en el centro de pruebas con Samuel.
Cuando terminamos, cerca de medianoche, salimos y encontramos el cielo completamente despejado.
Samuel me entregó una taza de agua caliente.
—Hoy se casó el ingeniero Qin.
—Lo sé.
—¿Está triste?
Pensé en cincuenta años.
En nuestros hijos.
En la casa donde envejecimos.
En las manos arrugadas de Daniel dentro de las mías mientras me confesaba que jamás me había amado.
—No.
Y era verdad.
Samuel permaneció conmigo mirando las estrellas.
Después preguntó:
—Camarada Lin, ¿consideraría casarse conmigo algún día?
Casi derramé el agua.
—¿Eso es una propuesta?
—No.
Samuel pareció incómodo por primera vez.
—Estoy preguntando si debería empezar a intentar conquistarla.
Me reí.
—Puede intentarlo.
Dos años después nos casamos.
Fue una ceremonia pequeña.
Daniel apareció inesperadamente.
Maya no estaba con él.
Lo encontré afuera.
—¿Qué haces aquí?
—Quería verte antes de que entraras.
Su rostro parecía agotado.
—Clara, me equivoqué.
No sentí satisfacción.
—¿Sobre Maya?
Negó.
—Sobre ti.
Mi corazón se detuvo.
Daniel también había recibido exactamente la vida que creyó querer.
Y había descubierto algo que su versión anciana jamás tuvo oportunidad de comprender.
—Yo pensaba que amar era sentir el corazón arder —dijo—. Con Maya lo sentí.
Hizo una pausa.
—Pero vivir con alguien es otra cosa.
No pregunté qué había ocurrido entre ellos.
—En nuestra primera vida nunca sentí esa intensidad contigo. Por eso pensé que no te amaba.
Sus ojos se enrojecieron.
—Ahora recuerdo quién estuvo conmigo cuando murió mi padre. Quién vendió sus joyas cuando estuvimos tres meses sin salario. Quién crió a nuestros hijos mientras yo trabajaba. Quién siguió sentada junto a mi cama incluso después de escuchar la cosa más cruel que pude decirle.
Bajó la cabeza.
—Clara, quizá tardé cincuenta años en aprender qué era el amor.
Permanecí en silencio.
Después sonreí.
—Entonces aprende bien esta vez.
Daniel levantó la vista con esperanza.
Pero yo miré hacia el edificio.
Samuel estaba esperándome.
—Solo que ya no será conmigo.
Entré.
Daniel no intentó detenerme.
Años después supe que él y Maya continuaron juntos.
Tuvieron problemas.
También momentos felices.
Porque Maya nunca había sido el error.
Yo tampoco.
El error había sido creer que una emoción intensa podía decidir qué persona debía acompañarte durante toda una vida.
Samuel y yo envejecimos trabajando en la misma base.
Nunca fue un hombre apasionado.
No me compraba regalos extravagantes.
A veces incluso olvidaba nuestro aniversario.
Pero jamás decidió mi vida sin preguntarme.
Y cada vez que alguien presentaba un informe donde mi trabajo aparecía detrás del nombre de otro, Samuel decía:
—La ingeniera Lin hizo este cálculo. Pongan su nombre donde corresponde.
Décadas después, mientras ordenábamos fotografías antiguas, encontré una de 1980.
Daniel estaba mirando a Maya.
Samuel aparecía al fondo, con una carpeta bajo el brazo.
Y yo estaba entre ambos.
Me reí.
Samuel preguntó:
—¿Qué ocurre?
—Nada.
Guardé la fotografía.
En mi primera vida necesité cincuenta años para descubrir que mi marido nunca me había elegido con el corazón.

En la segunda entendí algo mucho más importante:
renacer no me había dado otra oportunidad para conseguir que Daniel me amara.
Me había dado otra oportunidad para dejar de medir mi vida por el amor de Daniel.