PARTE 2: RESPONDÍ EN ÁRABE… Y DESCUBRÍ QUE EL VERDADERO PELIGRO ESTABA SENTADO A SU MESA

Durante varios segundos nadie habló.

Esperaba que Taylor se enfadara.

En cambio, apareció una sonrisa mínima en su rostro.

—¿Dónde aprendiste árabe?

—El Cairo. Beirut. Y cuatro años estudiándolo formalmente.

Su mano derecha dejó de sonreír.

—Interesante —murmuró Taylor.

—No tanto como aprender modales.

Me disponía a marcharme cuando escuché una voz detrás de mí.

Un hombre acababa de acercarse a la mesa fingiendo ser otro cliente.

Se inclinó hacia uno de los acompañantes de Taylor y susurró rápidamente en árabe.

—El coche estará listo por la salida oeste. Cuando Rossi salga, terminamos el asunto.

Seguí caminando.

Pero mis pasos se hicieron más lentos.

Taylor continuaba mirando la carta.

Sus guardaespaldas no reaccionaron.

No entendían.

El desconocido se alejó.

Me detuve.

Podía ignorarlo.

Taylor acababa de humillarme.

No le debía absolutamente nada.

Pero una cosa era soportar a un hombre arrogante.

Otra muy distinta era guardar silencio después de escuchar una amenaza seria.

Regresé a la mesa.

Taylor arqueó una ceja.

—¿Vienes a insultarme otra vez?

Respondí en árabe.

—No utilices la salida oeste.

Su expresión cambió.

—¿Por qué?

—El hombre que acaba de pasar dijo que alguien te espera allí.

Ahora todos dejaron de sonreír.

Taylor miró a su jefe de seguridad.

—¿Lo entendiste?

El hombre negó.

—No, señor.

—Yo sí —dije—. Y mencionó específicamente tu coche.

Taylor no improvisó ninguna confrontación. Su equipo avisó a la seguridad del restaurante y modificó sus planes mientras se verificaba la situación por las vías correspondientes.

Yo regresé a trabajar.

Veinte minutos después, Taylor seguía allí.

Esta vez ya no parecía divertido.

Cuando terminé mi turno, Albert corrió hacia mí.

—Josie, ¿qué demonios hiciste?

—Serví una botella de Barolo.

—¡Rossi quiere hablar contigo!

Encontré a Taylor esperando junto al vestíbulo.

—Parece que tu árabe ha resultado más útil que el de cualquiera de mis hombres.

—También habría sido útil para evitar que te burlaras de mí.

Para mi sorpresa, bajó ligeramente la cabeza.

—Tienes razón.

Esperé.

—¿Eso era una disculpa?

—No estoy acostumbrado.

—Se nota.

Casi sonrió.

Entonces sacó una tarjeta.

—Quiero contratarte como intérprete.

Ni siquiera la acepté.

—No.

Taylor parpadeó.

Probablemente no escuchaba esa palabra con frecuencia.

—Pagaré diez veces lo que ganas aquí.

—Sigue siendo no.

—¿Por qué?

—Porque sé suficiente sobre tu reputación para saber que no quiero formar parte de tus negocios.

Guardó la tarjeta.

—Entonces déjame compensarte por lo ocurrido esta noche.

—Puedes empezar aprendiendo que una mujer no pierde valor porque su cuerpo no se ajuste a tus preferencias.

Aquello sí lo silenció.

Me fui.

Pensé que ahí terminaría todo.

Me equivocaba.

Dos días después, un abogado apareció en el Gilded Lily.

No venía a buscarme.

Venía a hablar con Albert.

El restaurante llevaba meses negociando la renovación del edificio con una compañía inmobiliaria vinculada a Rossi Holdings.

Albert pensó que Taylor iba a cerrarnos el local por mi respuesta.

Ocurrió lo contrario.

El abogado entregó una propuesta comercial normal y una nota privada para mí.

Solo contenía una frase en árabe.

“La próxima vez escucharé antes de hablar.”

Me reí.

No me convertí en empleada de Taylor.

Tampoco en su amiga.

Pero aquella noche cambió algo inesperado.

Yo llevaba años escondiendo mi título universitario porque después de muchas solicitudes rechazadas había empezado a creer que mis idiomas ya no servían para nada.

La experiencia me hizo reconsiderarlo.

Actualicé mi currículum.

Tres meses después conseguí trabajo como intérprete para una firma internacional.

El último día en el restaurante, Albert me preguntó:

—¿Así que Rossi te cambió la vida?

Negué.

—No.

Me quité el delantal.

—Solo me recordó accidentalmente que estaba desperdiciando una parte de ella.

Taylor Rossi creyó que el árabe era el idioma perfecto para insultarme porque estaba seguro de que yo jamás entendería.

Terminó descubriendo que la camarera de la que se burlaba era la única persona en aquella mesa capaz de entender la advertencia que sus propios hombres habían pasado por alto.

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