PARTE 2: EL ANILLO ERA SOLO EL PRINCIPIO

La sonrisa de Clara desapareció.

Sebastián se quedó mirando mi teléfono.

—¿Estás llamando a la policía?

—Sí.

—Valeria, deja de hacer el ridículo.

No colgué.

Di la dirección de la empresa, expliqué que había pruebas documentales y pedí que enviaran agentes.

Clara levantó la mano instintivamente.

El diamante brilló.

—Este anillo me lo regaló Sebastián.

La miré.

—Perfecto. Entonces él podrá explicar cómo consiguió una joya que desapareció de mi habitación tres días antes de nuestra boda.

Sebastián soltó una risa seca.

—Era mi anillo de compromiso. Podía recuperarlo cuando quisiera.

—No.

Saqué una fotografía del teléfono.

Factura original.

Número de serie.

Certificado de autenticidad.

Compradora:

Valeria Moore.

El rostro de Sebastián cambió.

Yo había pagado el anillo porque, cuando lo elegimos, él dijo que su capital estaba inmovilizado en la empresa.

—Después me lo devolverías —recordé—. Nunca lo hiciste.

Clara empezó a quitarse el anillo.

—Entonces tómelo. Yo no sabía.

—No lo toques.

Se quedó inmóvil.

—Quiero que la policía lo documente exactamente donde está.

Sebastián golpeó otra vez la mesa.

—¡Basta!

Esta vez nadie reaccionó a su autoridad.

Porque todos habían escuchado la palabra policía.

Y porque el supuesto director todopoderoso acababa de descubrir que gritar no modificaba una factura.

Veinte minutos después llegaron dos agentes.

No arrestaron a nadie inmediatamente.

Hicieron algo peor para Sebastián:

empezaron a hacer preguntas.

¿Quién tuvo acceso a mi oficina?

¿Cuándo desapareció el anillo?

¿Por qué Clara lo llevaba?

¿Existían cámaras?

¿Quién preparó los documentos para transferir mis acciones?

Ahí apareció el segundo problema.

El contrato que Sebastián me había exigido firmar contenía una resolución del consejo según la cual mi participación podía ser retirada por “conducta perjudicial para la compañía”.

Mi abogado, a quien había llamado antes incluso de contactar con la policía, llegó mientras los agentes todavía estaban allí.

Leyó dos páginas.

Después levantó la cabeza.

—¿Quién redactó esto?

El director jurídico palideció.

—Recibimos instrucciones del señor Torres.

—¿Con aprobación del consejo?

Silencio.

—¿Se celebró una votación?

Más silencio.

Mi abogado sonrió.

—Entonces no existe ninguna transferencia.

Sebastián se acercó.

—Yo soy el director general.

—Y ella es accionista fundadora —respondió mi abogado—. Usted no puede confiscar participaciones porque discutió con su prometida.

Los empleados empezaron a mirarse.

Clara dio un paso atrás.

Hasta ese momento había creído que estaba a minutos de convertirse en propietaria de mis acciones.

Ahora comprendía que solo estaba parada en medio de una posible investigación usando un anillo ajeno.

Entonces llegó seguridad con las grabaciones.

La cámara del pasillo mostraba a Clara entrando en mi despacho dos días antes de que yo denunciara la pérdida.

Entró sola.

Salió nueve minutos después.

Clara empezó a llorar.

—¡Fui a buscar un documento para Sebastián!

El agente preguntó:

—¿Qué documento?

No supo responder.

Pero la cámara interior de mi despacho resolvió parte del misterio.

Yo había olvidado que meses atrás instalamos una pequeña cámara dirigida hacia la caja fuerte después de que desaparecieran documentos de un proyecto.

En el video se veía a Clara abrir mi cajón.

Sacar la caja del anillo.

Mirarla.

Y guardarla dentro de su bolso.

La sala quedó completamente silenciosa.

Sebastián miró a Clara.

—Dijiste que lo encontraste en mi oficina.

Ella palideció.

—Sebas…

—Me dijiste que Valeria lo había dejado allí para manipularme.

—Yo…

Por primera vez, él dejó de defenderla.

Pero aquello ya no me importaba.

—Continúen el video —dije.

La grabación mostraba algo más.

Después de tomar el anillo, Clara fotografió varios documentos.

Uno de ellos era el registro actualizado de accionistas.

Otro contenía mis claves de autorización para determinados procesos internos.

Mi abogado frunció el ceño.

—Necesitamos preservar los sistemas inmediatamente.

Sebastián lo miró.

—¿Por qué?

—Porque esto ya no parece solamente el robo de una joya.

La revisión tecnológica comenzó esa misma tarde.

Encontraron accesos realizados con mis credenciales en horarios en los que yo no estaba conectada.

Cambios en contratos.

Correos reenviados.

Documentos descargados.

Y una solicitud preliminar para modificar la composición accionarial.

Todo parecía provenir de mi cuenta.

Pero la dirección de acceso coincidía con el ordenador asignado a Clara.

Ella dejó de llorar.

Ahora temblaba.

Sebastián intentó hablar conmigo.

—Valeria, yo no sabía nada.

Lo miré.

—Sí sabías una cosa.

—¿Qué?

—Que me estabas humillando públicamente sin comprobar nada.

Eso bastaba.

Aunque Clara hubiera preparado cada mentira, Sebastián había elegido convertirlas en espectáculo porque le convenía creerlas.

Dos días después convoqué una junta extraordinaria.

Esta vez la transmisión no fue pública.

No necesitábamos circo.

Necesitábamos números.

Mi abogado colocó sobre la mesa los documentos de constitución de la empresa.

Yo había aportado el sesenta por ciento del capital inicial.

Sebastián, el veinte.

El resto pertenecía a inversionistas tempranos.

Durante años había permitido que Sebastián actuara como rostro principal porque creía que éramos un equipo.

Pero mi participación jamás había desaparecido.

—Propongo suspender temporalmente al señor Torres de determinadas facultades mientras se revisan los movimientos realizados bajo su autorización —dije.

Sebastián se levantó.

—¿Me estás echando de mi propia empresa?

—No.

Lo miré.

—Estoy protegiendo la nuestra de ti.

La votación pasó.

No porque todos me amaran.

Porque los inversionistas acababan de descubrir que el director general había intentado transferir acciones ajenas a su asistente sin procedimiento válido.

Después apareció el tercer problema.

El anillo.

La policía confirmó que Clara lo había tomado.

Pero cuando revisaron sus mensajes, encontraron algo que ninguno esperábamos.

Una conversación con un contacto guardado como:

Mamá S.

El primer mensaje decía:

“Consigue que Valeria parezca inestable antes de la boda.”

El segundo:

“Sebastián siempre defenderá a una mujer que llora. Tú solo tienes que darle una razón.”

Y luego:

“Cuando él rompa con Valeria, podremos recuperar lo que su padre nos quitó.”

Me quedé mirando la pantalla.

—¿Quién es “Mamá S.”?

Clara no respondió.

Sebastián sí parecía confundido.

Hasta que mi abogado pidió revisar el número.

La línea estaba registrada a nombre de Silvia Torres.

La madre de Sebastián.

Mi futura suegra.

La mujer que durante tres años había sido amable conmigo.

La misma que me llamaba “la hija que nunca tuve”.

Sebastián palideció.

—Mi madre ni siquiera conoce bien a Clara.

Mi abogado levantó otro documento.

—Eso tampoco parece cierto.

Silvia había realizado pagos mensuales a Clara durante casi un año.

Mucho antes de que nuestro compromiso se rompiera.

Entonces comprendí que Clara no había robado mi anillo simplemente porque quisiera a Sebastián.

Alguien la había puesto cerca de él.

Alguien había financiado su presencia.

Y aquella persona pertenecía a la familia con la que yo estaba a punto de casarme.

Pensé que mi prometido me había dejado por su asistente.

La verdad era mucho más desagradable.

Mi boda no había sido destruida por un anillo perdido.

El anillo solo había sido la herramienta.

Y mientras Sebastián me humillaba delante de toda la empresa, su propia madre llevaba meses ayudando a Clara a sacarme de su vida… y quizá también de la compañía que yo había financiado.

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