PARTE 2: VOLVÍ COMO SU CIRUJANA

Miré la marca que Adrián había dejado en mi rostro.

Luego miré mis manos.

Durante años había permitido que todos olvidaran para qué servían.

—Dile al profesor Vidal que voy.

Marcos soltó el aire.

—Gracias, señora…

—Doctora Serrano.

Colgué.

Cuarenta minutos después entré al Hospital Central.

No llevaba vestido de gala.

Llevaba bata quirúrgica.

El profesor Vidal me esperaba con las imágenes de Adrián abiertas en una pantalla.

Su expresión era grave.

—El fragmento se desplazó. Podemos estabilizarlo temporalmente, pero retirarlo será extremadamente delicado.

Estudié las imágenes.

Tres años atrás yo misma había diseñado el plan por si algún día llegaba aquel momento.

—Quiero un equipo independiente —dije—. Y necesito dejar algo claro antes de entrar.

Vidal me miró.

—No operaré como su esposa.

Señalé mi mejilla.

—Esta noche Adrián me agredió públicamente. Quiero que quede documentado que mi participación aquí será exclusivamente profesional.

Vidal asintió.

—Entendido.

Entonces apareció Valentina.

Seguía llevando el vestido de la gala.

—¡Por fin! —exclamó—. Adrián te necesita. Entra y sálvalo.

La miré.

Horas antes había brindado mientras él me humillaba.

Ahora hablaba como si todavía pudiera darme órdenes.

—¿Quién es usted para el paciente?

Se quedó paralizada.

—Yo…

—¿Es su esposa?

Silencio.

—No.

—Entonces espere afuera.

Entré al quirófano.

Durante las siguientes horas, Adrián dejó de ser el hombre que había destruido mi matrimonio.

Fue un paciente.

Y yo volví a ser la doctora Elena Serrano.

La mujer que existía antes de convertirme en señora Fuentes.

La intervención terminó al amanecer.

Cuando salí, Vidal me alcanzó.

—Lo conseguimos.

Asentí.

No sentí alegría.

Solo cansancio.

Valentina corrió hacia mí.

—¿Adrián está bien?

—Está estable.

—¿Puedo verlo?

—Eso lo decidirá el equipo cuando despierte.

Me marché.

Dos días después, Adrián abrió los ojos.

Yo no estaba allí.

Marcos me llamó.

—Pregunta por usted.

—Tiene médicos.

—No pregunta por su doctora.

Guardé silencio.

—Pregunta por su esposa.

Miré los documentos que tenía frente a mí.

—Dile que su esposa está hablando con una abogada.

Una semana después Adrián apareció en mi apartamento.

No lo dejé entrar.

Parecía haber envejecido años.

—Me salvaste.

—Hice mi trabajo.

—Después de lo que te hice…

—Precisamente. Después de lo que me hiciste, cumplí mi deber profesional. Eso no significa que nuestro matrimonio haya sobrevivido.

Sacó algo del bolsillo.

Mi anillo.

Me quedé inmóvil.

—Los empleados lo encontraron cuando repararon una tubería —explicó.

Casi me reí.

Hasta el anillo se había negado a desaparecer fácilmente.

Adrián extendió la mano.

—Quiero devolvértelo.

—Yo no.

Su mano cayó.

—Valentina me mintió.

—Eso ya no importa.

—Sí importa. Ella me dijo que tú habías utilizado mi operación para acercarte a mí. Que habías presionado a mi familia mientras yo estaba vulnerable.

—¿Y le creíste?

No respondió.

—Me golpeaste delante de doscientas personas, Adrián. No porque Valentina tuviera poder sobre ti. Porque tú decidiste creer la versión que te permitía despreciarme.

Sus ojos se humedecieron.

—Déjame arreglarlo.

—Ya lo hice yo.

Le entregué el sobre.

Divorcio.

Entonces su mirada cayó sobre otro documento que sobresalía de mi carpeta.

Tenía el membrete del Hospital Central.

—¿Qué es eso?

—Mi reincorporación.

El profesor Vidal llevaba años intentando convencerme de volver.

Había aceptado.

No como asistente.

No como consultora.

Como directora del nuevo programa de neurocirugía vascular y trauma complejo.

Adrián me miró como si acabara de descubrir a una desconocida.

Tal vez era exactamente eso.

—¿Vas a volver a operar?

—Nunca debí dejarlo.

Bajó la cabeza.

—Por mí.

—No.

Negué.

—Esa decisión también fue mía. Y asumirla es parte de recuperar mi vida.

Adrián firmó semanas después.

Valentina desapareció de su lado mucho antes.

La investigación interna del hospital había encontrado algo extraño en el historial de Adrián.

Una enfermera detectó que alguien había solicitado copias de sus estudios neurológicos meses antes de la gala.

Sin autorización médica.

La solicitud provenía de una cuenta administrativa relacionada con una fundación de los Fuentes.

Marcos investigó.

El acceso había sido utilizado varias veces.

Siempre después de que Adrián sufría episodios de dolor.

Y una de las personas que recibía información sobre su estado era Valentina.

Pero había algo más.

La noche de la gala, alguien había enviado a Adrián fotografías manipuladas y mensajes destinados a convencerlo de que yo mantenía una relación con otro hombre.

Eso había provocado la discusión que terminó conmigo siendo humillada frente a todos.

Adrián me llamó cuando lo descubrió.

—Valentina sabía que el estrés podía empeorar mi condición.

—Sí.

—Entonces quizá quería provocar una crisis.

—Eso tendrá que determinarlo la investigación.

Se quedó callado.

—Elena… ¿quién era el hombre de las fotografías?

Abrí el archivo que me había enviado.

Y entonces sonreí.

—El profesor Vidal.

—¿Vidal?

—Estábamos revisando tu caso.

Adrián dejó de hablar.

La supuesta prueba de que yo era una amante era, en realidad, una fotografía tomada mientras intentaba proteger la vida de mi esposo.

Pero la última sorpresa llegó días después.

Vidal encontró el registro original de aquella reunión.

Yo no había solicitado revisar el expediente.

Alguien me había citado anónimamente diciendo que existían cambios preocupantes en las imágenes de Adrián.

Aquella advertencia había sido correcta.

Sin ella, quizá jamás habría preparado a tiempo el procedimiento que terminó salvándolo.

Eso significaba que, dentro del mismo círculo que intentaba utilizar su enfermedad, alguien también estaba tratando de mantenerlo vivo.

Y cuando seguridad rastreó el acceso que había enviado aquella advertencia, apareció un apellido que ninguno de nosotros esperaba.

Fuentes.

No Valentina.

No Marcos.

Alguien de la propia familia de Adrián llevaba meses observando tanto su enfermedad como nuestro matrimonio.

Yo cerré el expediente.

Ya no era su esposa.

Pero seguía siendo neurocirujana.

Y si alguien había convertido la salud de mi antiguo paciente en una pieza dentro de una guerra familiar, acababan de cometer un error.

Me habían devuelto exactamente al lugar donde era más difícil engañarme.

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