—No.
Mi voz salió más firme de lo que esperaba.
El guardaespaldas se detuvo.
Leo me miró.
—¿No?
—No investigue mi vida. Alimenté a su hija porque tenía hambre, no para convertirme en uno de sus asuntos.
Durante unos segundos nadie habló.
Entonces Leo extendió la mano.
—Devuélveme el teléfono.
El hombre obedeció.
—Tiene razón —dijo Leo—. Me excedí.
Aquello me sorprendió más que una amenaza.
Regresé a mi asiento.
Creí que todo terminaría al aterrizar.
Me equivocaba.
Cuando llegamos a Chicago, una mujer esperaba junto a la pista.
Tendría unos sesenta años y, en cuanto vio a la bebé, corrió hacia ella.
—¡Sofia!
Leo se la entregó.
Después se volvió hacia mí.
—Nora, ella es Teresa. La abuela materna de Sofia.
La mujer tomó mis manos.
—Gracias.
—No hice nada extraordinario.
Teresa comenzó a llorar.
—Su madre murió hace seis semanas.
Miré a Leo.
De repente comprendí.
No había visto a un poderoso jefe criminal incapaz de alimentar a su hija.
Había visto a otro padre atrapado en el duelo.
—Sofia rechaza casi todas las fórmulas —explicó Teresa—. Su enfermera llevaba leche materna almacenada, pero hubo un problema antes del vuelo. Leo insistió en regresar inmediatamente porque…
—Teresa.
La advertencia en su voz llegó demasiado tarde.
—¿Porque qué?
La mujer miró a Leo.
Él finalmente respondió:
—Porque alguien intentó entrar en la habitación de Sofia anoche.
Sentí frío.
—¿Quién?
—Eso estoy averiguando.
Retrocedí.
—Entonces definitivamente no quiero involucrarme.
—Y no lo estará.
Leo hizo una señal y uno de sus hombres me entregó una tarjeta.
—Mi número personal. Si alguna vez necesita algo, llame.
No la tomé.
—Ya le dije que no me debe nada.
Leo dejó la tarjeta sobre mi maleta.
—Entonces considérela algo que espero que jamás tenga que usar.
Me marché.
Durante doce días no supe nada de él.
Volví a mi trabajo en una pequeña firma contable e intenté continuar con mi vida.
Hasta que una tarde mi jefe entró pálido en mi oficina.
—Nora, hay dos agentes federales preguntando por ti.
Mi corazón se aceleró.
Los hombres me mostraron credenciales y colocaron una fotografía sobre mi escritorio.
Era Leo.
—¿Conoce al señor Mercer?
—Coincidimos en un vuelo.
—¿Y alimentó a su hija?
Sentí que algo estaba mal.
—Sí.
Uno de ellos abrió una carpeta.
—Entonces necesitamos saber si él le entregó algo.
—Una tarjeta.
—¿Nada más?
Negué.
Los agentes intercambiaron una mirada.
—Señora Vance, alguien lleva semanas intentando acceder a determinados activos vinculados a la difunta madre de Sofia Mercer.
—¿Qué tiene eso que ver conmigo?
El agente deslizó otro documento.
Mi nombre aparecía allí.
NORA VANCE.
—¿Qué es esto?
—Una autorización de emergencia registrada esta mañana.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—Yo nunca firmé eso.
—Lo sabemos.
Levanté la mirada.
—Entonces, ¿quién lo hizo?
La puerta de mi oficina se abrió.
Leo entró acompañado por un abogado.
Esta vez no llevaba traje.
Llevaba a Sofia dormida contra el pecho.
—Nadie —dijo—. La firma es falsa.
Los agentes se tensaron.
Leo colocó una carpeta sobre la mesa.
—Y sé quién la falsificó.
Su abogado abrió varios documentos.
El nombre que apareció me hizo dejar de respirar.
Daniel Vance.
Mi cuñado.
El hermano menor de mi esposo fallecido.
—Eso es imposible.
Leo me miró fijamente.
—Su esposo trabajaba indirectamente con la familia de la madre de Sofia.
Negué lentamente.
—Mi esposo era arquitecto.
—Eso es lo que usted creía.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Leo bajó la voz.
—El accidente que mató a su marido y a sus hijos ocurrió tres días después de que él descubriera movimientos de dinero que nunca debía haber visto.
Me agarré al escritorio.
—¿Está diciendo que su muerte no fue un accidente?
—Estoy diciendo que todavía no lo sabemos.
Sofia despertó y comenzó a inquietarse.
Leo la sostuvo con cuidado.
Entonces comprendí por qué nuestros caminos se habían cruzado.
No había sido simplemente una bebé hambrienta en un avión.
Había algo conectando a nuestras familias.
Algo que nuestros seres queridos habían descubierto antes de morir.
Leo empujó la carpeta hacia mí.
—Por eso necesito que tome una decisión.
—¿Cuál?
Sus ojos se endurecieron.
—Puede alejarse ahora y dejar que mis abogados se encarguen.
Hizo una pausa.
—O puede ayudarme a descubrir por qué alguien está tan desesperado por mantener separados nuestros dos apellidos.
Miré el nombre de mi cuñado.
Después miré a Sofia.

Por primera vez en tres meses, el dolor dentro de mí dejó espacio para otra cosa.
Rabia.
Tomé la carpeta.
—Empiece desde el principio.