PARTE 2: ESTA VEZ NO VOLVÍ

—Le dije que no lo sabía.

Solté lentamente el aire.

—Gracias.

—Elena… estaba desesperado.

Miré por la ventana de mi apartamento vacío.

—Eso ya no es asunto mío.

Colgué.

Dos días después era el cumpleaños de Adrian.

Durante siete años yo había organizado cada uno.

Reservaba restaurantes, compraba regalos, llamaba a sus amigos y fingía sorpresa cuando él actuaba como si todo hubiera ocurrido espontáneamente.

Ese año no hice nada.

A las once de la noche, mi antigua compañera volvió a escribirme.

“Adrian apareció en la fiesta solo.”

Después:

“La chica de la foto tampoco está.”

Y finalmente:

“Está preguntando a todos por ti.”

No respondí.

Porque mientras Adrian esperaba que yo apareciera llorando, yo estaba sentada en las escaleras del sexto piso comiendo pizza con Ethan.

—¿Por qué te mudaste? —preguntó.

—Necesitaba empezar de nuevo.

No insistió.

Solo levantó su lata de refresco.

—Entonces por los comienzos.

Choqué mi lata con la suya.

—Por los comienzos.

Durante las semanas siguientes encontré trabajo en una pequeña consultora.

El sueldo era menor.

El apartamento era peor.

Mi vida era muchísimo más sencilla.

Y, extrañamente, nunca había dormido mejor.

Hasta que una tarde salí del edificio y vi un auto negro estacionado enfrente.

Reconocí la matrícula.

Adrian.

Estaba apoyado contra el capó.

Tenía el cabello desordenado y unas ojeras profundas.

Cuando me vio, caminó hacia mí.

—Por fin.

Me detuve.

—¿Cómo me encontraste?

—Pregunté.

—Eso no responde mi pregunta.

—Elena, ¿qué demonios estás haciendo?

Casi me reí.

—Viviendo.

—Cambiaste de número. Renunciaste. Desapareciste sin decir nada.

—Tú publicaste a tu nueva novia.

Su expresión cambió.

—¿Por eso hiciste todo esto?

—No.

Lo miré directamente.

—Lo hice porque finalmente entendí lo que pensabas de mí.

Adrian guardó silencio.

—Aquella foto fue una estupidez —dijo después—. Estábamos peleados. Quería provocarte.

Ahí estaba.

La confesión.

—¿Y funcionó?

—Elena…

—Pregunté si funcionó.

Apretó la mandíbula.

—Pensé que me llamarías.

—Lo sé.

Eso pareció dolerle más que cualquier insulto.

—La mujer de la foto no significa nada.

—Entonces también la utilizaste a ella para hacerme daño.

No respondió.

—Eso no mejora las cosas, Adrian.

Intentó tomarme la mano.

Retrocedí.

Por primera vez vi verdadero miedo en su rostro.

—Siete años, Elena. ¿Vas a tirar siete años por una publicación?

Negué lentamente.

—No me fui por una publicación.

Me fui por las veintisiete llamadas que tuve que hacerte la última vez para que dejaras de castigarme.

Por las cuarenta y tres veces que te pedí perdón aunque ni siquiera sabía qué había hecho.

Por cada mujer que usaste para ponerme celosa.

Por cada vez que me humillaste porque estabas seguro de que yo siempre regresaría.

Adrian bajó la mirada.

—Puedo cambiar.

—Quizá.

—Entonces dame una oportunidad.

—No.

Levantó la cabeza de golpe.

Parecía incapaz de comprender aquella palabra.

Entonces la puerta del edificio se abrió.

Ethan salió cargando una caja.

—Elena, dejaron esto para ti abajo.

Adrian lo observó.

—¿Quién es él?

Durante años, aquella pregunta habría provocado en mí una explicación inmediata.

Esta vez sonreí.

—Mi vecino.

Ethan dejó la caja junto a mí.

Miró a Adrian, percibió la tensión y no preguntó nada.

—Estoy arriba si necesitas ayuda.

—Gracias.

Cuando desapareció, Adrian soltó una risa amarga.

—Ya entiendo.

—No entiendes nada.

—¿Me dejaste por él?

Aquello confirmó que Adrian seguía siendo exactamente el mismo.

Necesitaba creer que yo solo podía abandonar a un hombre si otro estaba esperando.

—No te dejé por Ethan.

Di un paso hacia él.

—Te dejé por mí.

Adrian se quedó inmóvil.

Entonces sacó algo del bolsillo.

Una pequeña caja.

Reconocí inmediatamente el anillo.

El que había mirado cientos de veces en escaparates mientras Adrian decía que “todavía no era el momento”.

Lo abrió.

—Cásate conmigo.

Sentí una tristeza extraña.

Siete años esperando esas palabras.

Y ahora no significaban absolutamente nada.

—No.

—Elena, puedo darte todo lo que querías.

—Eso era lo que quería antes.

Cerré suavemente la caja con mis dedos.

—La mujer que quería ese anillo desapareció a la 1:17 de aquella madrugada.

Entré al edificio.

Adrian no me siguió.

Meses después supe que había terminado también con aquella mujer.

Después intentó contactarme mediante amigos.

Luego mediante su madre.

Finalmente dejó de hacerlo.

Yo seguí trabajando.

Compré muebles.

Llené el refrigerador.

Hice amigos.

Y Ethan siguió siendo mi vecino.

Sin rescatarme.

Sin presionarme.

Sin exigirme nada.

Un año después, durante una cena entre amigos, alguien me preguntó cuál había sido el momento exacto en que terminó mi relación con Adrian.

Pensé en aquella fotografía.

En la frase cruel.

“Ya verán cómo aparece llorando.”

Sonreí.

—A la 1:17 de la madrugada.

Porque Adrian publicó aquella foto convencido de que me haría regresar.

Nunca imaginó que, sin querer, me estaba mostrando la puerta de salida.

Y aquella vez…

yo sí la crucé.

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