A la mañana siguiente, Rodrigo llegó al hospital preguntando por Valeria.
Yo ya había pedido que nadie confirmara que seguía allí.
Desde una sala contigua lo vi discutir con recepción.
—Soy su esposo. Tengo derecho a verla.
Víctor apareció a mi lado.
—Ignacio, encontramos algo.
Me entregó una bolsa de evidencia.
Dentro estaba el trozo de camisa con las iniciales R.A.C.
—La sangre de la tela no pertenece únicamente a Valeria.
Lo miré.
—Entonces alguien más estuvo allí.
Antes de poder responder, mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Solo había un mensaje:
“Si quiere saber qué ocurrió con su hija, pregunte por el Hospital Santa Elena de Monterrey. Archivo 417.”
Llamé inmediatamente a una antigua colega que trabajaba allí.
Veinte minutos después me devolvió la llamada.
—Ignacio, ese expediente está restringido.
—Necesito saber qué contiene.
Silencio.
—Hace cuatro años hubo una investigación interna sobre compras fraudulentas de material quirúrgico. El proveedor era una empresa relacionada con Rodrigo Cárdenas.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Y Valeria?
—Su nombre aparece como testigo.
Todo empezó a encajar.
Valeria había trabajado temporalmente en Monterrey cuatro años antes. Siempre dijo que había renunciado porque quería regresar a Ciudad de México.
Pero había otra cosa.
—¿Quién autorizaba aquellas compras?
Mi colega tardó demasiado en responder.
Finalmente dijo un nombre.
—Doctor Ignacio Robles.
Me quedé sin habla.
Era yo.
O, mejor dicho, mi firma.
Yo jamás había trabajado en ese hospital.
Alguien había utilizado mi nombre y mis antiguas credenciales profesionales para respaldar operaciones millonarias.
Entonces comprendí las palabras marcadas en el mensaje que habían dejado a Valeria:
Él también te mintió.
No hablaban solamente de Rodrigo.
Querían que mi hija creyera que yo formaba parte de aquello.
Cuando Valeria despertó, le enseñé el expediente.
—Papá, yo sabía que esa firma no era tuya.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace cuatro años.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Me contó que había descubierto documentos falsificados relacionados con Rodrigo y varios intermediarios. Antes de denunciarlo, alguien la amenazó.
Ella huyó de Monterrey.
Y meses después cometió el peor error posible:
creyó a Rodrigo cuando aseguró que también había sido utilizado.
Terminó casándose con él.
—Hace dos semanas encontré pruebas de que seguía involucrado —dijo—. Por eso intenté salir de casa.
—¿Rodrigo te atacó?
Valeria negó lentamente.
—No.
Aquella palabra cambió todo.
—Entonces, ¿quién?
Antes de responder, la puerta se abrió.
Dos agentes entraron acompañados por Víctor.
Uno dejó varias fotografías sobre la mesa.
Habían revisado cámaras cercanas al lugar donde encontraron a Valeria.
Rodrigo aparecía llegando después de que ella ya había sido trasladada.
Pero otro vehículo había salido minutos antes.
Un automóvil registrado a nombre de una compañía médica.
Reconocí inmediatamente el nombre.
Era una empresa fundada por mi antiguo socio de quirófano.
El mismo hombre que me había llamado aquella noche.
Miré hacia la puerta.
Víctor ya no estaba allí.
Mi teléfono vibró.
Mensaje suyo:
“Perdóname, Ignacio. Nunca debiste abrir el archivo de Monterrey.”
Levanté la mirada hacia los policías.
—Encuentren al doctor Víctor Salcedo.
Uno de ellos respondió:
—Ya lo estamos buscando.
Valeria tomó mi mano.
—Papá, hay algo más.
Sacó de su bolso una pequeña memoria USB.
—Aquí está todo.
Durante años pensé que aquella noche había llegado al hospital para salvar a mi hija de su marido.
Me equivocaba.
Rodrigo era culpable de muchas mentiras.
Pero el hombre que había intentado silenciar la verdad era alguien a quien yo había confiado vidas durante más de treinta años.
Y esta vez, el doctor Víctor Salcedo no iba a entrar en un quirófano.
Iba a entrar en un tribunal.