Pei Siyue no firmó.
Se quedó de pie frente a mí, con una mano apoyada sobre la carpeta y la otra cerrada en un puño.
—Retira la auditoría.
—No.
—Wen He, sabes perfectamente lo que puede provocar esto antes de una salida a bolsa.
—Precisamente por eso debe hacerse.
Xu Man permanecía detrás de él.
La pulsera de mi abuela seguía brillando en su muñeca.
Aquella mañana yo había solicitado revisar todas las donaciones, contratos y beneficios relacionados con la empresa, incluido el apartamento de Xu Man y el dinero utilizado para recuperar aquella joya.
Pei Siyue bajó la voz.
—Hablemos en mi despacho.
—No tenemos nada personal que hablar.
Empujé hacia él el documento de mis acciones.
—Tienes cinco días para ejercer tu derecho preferente.
—¿Y si no compro?
—Shengyuan Capital sí quiere comprarlas.
Su rostro se tensó.
Mi veinticinco por ciento no era decorativo.
En aquellos años difíciles, cuando Pei Siyue no tenía capital ni contactos, las acciones habían sido la única forma de reconocer todo lo que yo había aportado.
Después él empezó a llamarlas “un regalo”.
Yo cometí el error de permitirlo.
Hasta ahora.
Xu Man intervino:
—Señorita Wen, debería pensar en las consecuencias.
La miré.
—Eso estoy haciendo.
Señalé su muñeca.
—Quítate la pulsera.
Esta vez Pei Siyue no la protegió inmediatamente.
Xu Man bajó los ojos.
—Fue un regalo.
—Entonces conservarla no debería preocuparte cuando investiguemos con qué dinero se compró.
Su mano desapareció detrás de la espalda.
Y vi miedo.
No vergüenza.
Miedo.
Eso cambió todo.
La auditoría comenzó tres días después.
Pei Siyue intentó detenerla.
No pudo.
Dos accionistas minoritarios apoyaron mi solicitud cuando supieron que existían beneficios inmobiliarios concedidos a una asesora jurídica durante el período previo a la salida a bolsa.
Yo esperaba encontrar favoritismo.
Encontramos algo peor.
El apartamento de Xu Man no había sido pagado personalmente por Pei Siyue.
Una parte procedía de una empresa vinculada a uno de nuestros proveedores.
La recuperación de mi pulsera tampoco figuraba como una compra privada.
Había aparecido dentro de una factura mucho mayor clasificada como “gastos de relaciones comerciales”.
Cuando el auditor colocó los documentos delante de nosotros, Pei Siyue miró a Xu Man.
—Explícame esto.
Ella palideció.
—Yo no gestioné esos pagos.
—Los contratos llevan tu revisión.
—Porque soy asesora jurídica.
Me reí sin humor.
La misma excusa que ambos llevaban meses utilizando.
Xu Man tomó su bolso.
—Necesito llamar a alguien.
—Siéntate —ordenó Pei Siyue.
Fue la primera vez que lo escuché hablarle así.
Ella lo miró sorprendida.
—Siyue…
—He dicho que te sientes.
Yo observé la escena sin satisfacción.
Durante años había imaginado que descubrir una traición me haría querer destruirlos.
No.
Solo quería recuperar lo que era mío y salir.
Los auditores continuaron trabajando.
Aparecieron contratos con comisiones inusuales.
Pagos autorizados mediante estructuras que requerían explicación.
Beneficios que el consejo no había conocido.
No todo implicaba necesariamente una irregularidad.
Pero había suficiente para suspender temporalmente el proceso de salida a bolsa mientras se revisaban las cuentas.
Entonces Pei Siyue finalmente entró en pánico.
Llegó a mi casa aquella noche.
Su maleta seguía junto a la entrada.
—Wen He, ayúdame.
Lo miré desde la puerta.
Ocho años antes había pronunciado esas mismas palabras.
Entonces yo había vendido la pulsera de mi abuela.
Había pedido dinero prestado.
Había trabajado noches enteras.
Esta vez no sentí nada.
—Habla con tus abogados.
—Xu Man me engañó.
—¿Y la pulsera?
Se quedó callado.
—Eso no lo hizo Xu Man —continué—. Tú la encontraste.
—Sí.
—Sabías que era de mi abuela.
—Sí.
—Y se la regalaste.
Cerró los ojos.
—Estaba enfadado contigo aquel día.
Aquella respuesta terminó de liberarme.
No había ningún gran malentendido.
Ninguna explicación capaz de devolver ocho años.
Simplemente había tomado algo que representaba mi sacrificio y se lo había entregado a otra mujer para demostrarle que ella ocupaba un lugar especial.
—Vete.
—Hehe…
—No vuelvas a llamarme así.
Su rostro se quebró.
Era el apodo que utilizaba cuando no teníamos dinero y compartíamos un plato de fideos.
Durante años pensé que aquel muchacho todavía vivía en alguna parte dentro del hombre que tenía delante.
Ya no.
—Comprarás mis acciones o las venderé —dije—. Eso es todo lo que queda entre nosotros.
Cerré la puerta.
Xu Man renunció poco después.
La empresa inició los procedimientos correspondientes para revisar responsabilidades relacionadas con los contratos cuestionados.
Pei Siyue terminó comprando parte de mis acciones mediante financiación y otros accionistas adquirieron otra parte, evitando así que Shengyuan Capital obtuviera toda mi participación.
A mí me daba igual quién ganara aquella batalla.
Yo ya había ganado la única que me importaba.
Había salido.
Vendí la casa.
Cancelé el compromiso.
Y recuperé la pulsera.
No porque Xu Man decidiera devolvérmela.
Mi abogado reclamó formalmente su procedencia y, después de revisar la documentación de compra y propiedad, la joya terminó nuevamente en mis manos conforme al acuerdo alcanzado.
Cuando la sostuve por primera vez después de ocho años, lloré.
No por Pei Siyue.
Por la muchacha que la había vendido.
Aquella joven había creído que sacrificar todo por el hombre que amaba significaba construir un futuro juntos.
No sabía que amar a alguien sin reservar nada para una misma podía convertirse en una forma lenta de desaparecer.
Recordé las palabras de mi abuela:
—Siempre debes guardarte algo que pueda sostenerte.
Finalmente las entendía.
No hablaba únicamente de dinero.
Hablaba de dignidad.
De independencia.
De tener una puerta propia cuando alguien cerrara la suya.
Seis meses después, recibí un mensaje de Pei Siyue.
“Hoy habría sido nuestro primer aniversario de bodas.”
Lo borré.
Después llegó otro.
“Encontré el antiguo contrato de alquiler del sótano. Éramos felices entonces.”
Esta vez respondí:
“Éramos pobres. No es lo mismo que ser felices.”
No volvió a escribir.
La empresa sobrevivió.
Su salida a bolsa se retrasó y tuvo que reorganizar parte de su estructura interna, pero no desapareció.
Yo tampoco necesitaba verlo arruinado.
La mejor venganza no era contemplar cómo perdía todo.
Era comprender que su éxito ya no determinaba absolutamente nada en mi vida.
Un año después abrí mi propia consultora de inversión.
El día de la inauguración llevé la pulsera de mi abuela.
Una periodista que conocía nuestra antigua historia empresarial la reconoció.
—¿Es la joya con la que comenzó la empresa de Pei?
Miré mi muñeca.
—No.
Sonreí.
—Es la joya con la que comenzó la mía.
Y seguí caminando.
Pei Siyue había querido un acuerdo prenupcial para asegurarse de que yo jamás pudiera tocar lo que consideraba suyo.
Xu Man incluso había firmado como testigo de una cláusula diseñada para convertir mi salida en un supuesto incumplimiento.
Al final, ninguno entendió lo esencial.
Yo nunca había querido la mitad de su vida.
Solo quería que reconociera que la vida que presumía haber construido solo también llevaba mis manos, mis noches sin dormir y hasta la pulsera que mi abuela me dejó.
Cuando comprendí que jamás lo haría, dejé de pedir reconocimiento.
Tomé lo que legítimamente me correspondía.
Recuperé lo que podía recuperar.
Y me marché.
La noche antes de nuestra boda, Pei Siyue creyó que aquel acuerdo prenupcial estaba protegiéndolo de mí.
En realidad, me hizo el último favor que alguna vez recibiría de él:
me mostró exactamente con quién estaba a punto de casarme.
Y todavía estaba a tiempo de no hacerlo.