Camila dejó caer lentamente el trapeador.
Los seis hombres seguían apuntándole.
El jefe de seguridad dio un paso al frente.
—¿Quién te autorizó a abrir esta puerta?
Ella tragó saliva.
—Nadie… escuché llorar a una niña.
Durante un instante nadie respondió.
Los escoltas intercambiaron miradas incómodas.
Como si aquella frase hubiera despertado un recuerdo que todos intentaban olvidar.
Entonces una voz grave retumbó desde el fondo del pasillo.
—Bajen las armas.
Todos se apartaron de inmediato.
Don Víctor Salvatierra apareció caminando despacio, vestido con un traje oscuro impecable. Su expresión era imposible de leer.
Se detuvo frente a Camila.
—Mírame.
Ella levantó la vista por primera vez desde que trabajaba en aquella mansión.
Esperaba encontrar rabia.
Encontró cansancio.
—¿Qué escuchaste exactamente? —preguntó él.
—Una niña llorando… muy bajito.
Don Víctor permaneció inmóvil.
Después sacó un pesado manojo de llaves del bolsillo.
Los hombres comenzaron a ponerse nerviosos.
—Patrón…
Él levantó una mano para hacerlos callar.
Introdujo una llave antigua en la cerradura.
La puerta terminó de abrirse.
No había una prisión.
No había un tesoro.
Era una habitación infantil detenida en el tiempo.
Un caballo de madera.
Muñecas antiguas.
Libros de cuentos perfectamente acomodados.
Y junto a la ventana, un pequeño vestido azul cubierto por una fina capa de polvo.
Camila sintió un nudo en la garganta.
Todo parecía intacto.
Como si alguien hubiera salido un momento y fuera a regresar en cualquier instante.
Don Víctor caminó hasta una fotografía enmarcada.
La tomó entre sus manos.
Por primera vez, el hombre al que todos llamaban despiadado dejó escapar un suspiro tembloroso.
—Mi hija tenía ocho años cuando desapareció.
El silencio cayó sobre la habitación.
Ni uno solo de los escoltas levantó la cabeza.
—Hace treinta años.
Camila lo observó sin decir una palabra.
Nunca había imaginado que aquel hombre, cuyo nombre hacía temblar barrios enteros, pudiera pronunciar esa frase con los ojos humedecidos.
—Nunca permití que nadie entrara aquí.
Acarició con los dedos el marco de la fotografía.
—Pensé que si dejaba todo igual… algún día encontraría el camino de regreso.
Camila sintió que el pecho se le apretaba.
Entonces recordó algo.
Muy despacio llevó la mano hasta el bolsillo de su delantal.
Sacó un viejo dije de plata en forma de mariposa.
—¿Es parecido a este?
Don Víctor levantó la cabeza de golpe.
El color desapareció de su rostro.
Tomó el dije con manos temblorosas.
En el reverso aún podían distinguirse unas pequeñas letras grabadas.
“Para Lucía. Papá siempre volverá por ti.”
El hombre retrocedió un paso.
—¿Dónde… dónde encontraste esto?
Camila respiró hondo.
—Lo tenía mi madre adoptiva desde antes de recogerme cuando era niña.
Nadie dijo una sola palabra.
Los escoltas comenzaron a mirarse entre sí.
Don Víctor volvió a observar el dije.
Luego levantó lentamente la vista hacia la cicatriz del cuello de Camila.
Una cicatriz fina.
Curvada.

Exactamente igual a la que aparecía en la fotografía de la pequeña Lucía.
El anciano sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.
Porque, por primera vez en tres décadas, la posibilidad más imposible acababa de presentarse frente a sus ojos.
Y comprendió que aquella humilde sirvienta quizá no había abierto solamente una puerta prohibida.
Tal vez acababa de abrir el secreto que llevaba treinta años enterrado.