Mateo giró la llave con las dos manos.
—¿Papá?
Del otro lado volvió a escucharse aquel sonido débil.
Empujó la puerta.
El olor a humedad llenaba la pequeña casa. Había una silla volcada, una manta en el suelo y varias botellas vacías junto a la pared.
Entonces lo vio.
Javier estaba recostado junto a la vieja chimenea, pálido, con una pierna inmovilizada de manera improvisada con dos tablas.
Mateo dejó caer la mochila.
—¡Papá!
Corrió hacia él.
Javier intentó incorporarse.
—No… despacio, campeón.
Mateo se arrodilló y por primera vez sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Dijeron que estabas muerto.
Javier cerró los ojos.
—Yo también pensé que no iba a salir de aquí.
La noche de su desaparición, Javier había visto un vehículo volcado cerca del arroyo. Bajó del Nissan creyendo que alguien necesitaba ayuda, pero el terreno cedió.
Cayó por una pendiente y perdió el conocimiento.
Cuando despertó horas después, estaba desorientado, herido y sin teléfono.
Reconoció la zona y logró avanzar hasta la casita familiar buscando refugio.
Pero allí volvió a desplomarse.
Durante días había sobrevivido con agua almacenada y algunos alimentos que guardaba para emergencias. Había intentado llegar al camino dos veces.
No pudo.
—¿Por qué nadie te encontró?
—Porque nadie sabía que había llegado hasta aquí.
Mateo sacó inmediatamente la botella de su mochila.
—Tenemos que llamar a mamá.
Javier miró el teléfono inexistente en sus manos.
Mateo comprendió.
Había venido solo.
Y ahora estaban kilómetros adentro de un camino rural.
—Quédate aquí.
Javier le sujetó la muñeca.
—No vas a caminar solo otra vez.
—Pero necesito buscar ayuda.
—Mateo…
El niño lo miró con una seriedad que hizo callar a su padre.
—Ya te enterraron una vez. No voy a dejar que lo hagan de verdad.
En casa de doña Rosa, Daniela despertó poco después de las seis.
Tardó menos de un minuto en descubrir que Mateo había desaparecido.
Encontraron el cajón abierto.
La llave faltaba.
Doña Rosa comprendió inmediatamente.
—La casita.
Daniela palideció.
—¿Qué casita?
Veinte minutos después iban camino a San Miguel del Llano con la policía.
Cuando llegaron al sendero, encontraron pequeñas huellas en el barro.
Daniela empezó a correr.
—¡Mateo!
La puerta de la casa estaba abierta.
Entró esperando encontrar únicamente a su hijo.
Entonces escuchó:
—Dani…
Se detuvo.
Javier estaba allí.
Vivo.
Daniela se cubrió la boca.
Durante nueve días había imaginado aquella voz tantas veces que creyó que su mente estaba engañándola.
Mateo estaba sentado junto a él.
—Te dije que papá no estaba en esa caja.
Daniela cayó de rodillas.
Después llegaron los paramédicos.
Y finalmente llegaron las lágrimas que Patricia había exigido durante el funeral.
Mateo lloró abrazado a su padre mientras lo colocaban cuidadosamente en una camilla.
No había sido frío.
No había sido insensible.
Simplemente se había negado a llorar por un hombre que, en su corazón, todavía no estaba muerto.
La noticia recorrió rápidamente a toda la familia.
Patricia llegó al hospital aquella tarde.
—Mateo, cariño…
El niño se escondió detrás de Daniela.
Patricia bajó la mirada.
Había llamado cruel a un niño de ocho años porque no sufría de la manera que ella consideraba correcta.
—Perdóname —dijo.
Mateo no respondió inmediatamente.
Luego preguntó:
—¿Van a quitar el nombre de papá de la tumba?
Javier, desde la cama, soltó una pequeña carcajada.
—Eso espero. Me parece bastante pronto para tener lápida.
Incluso Daniela terminó riéndose entre lágrimas.
Semanas después, Javier pudo regresar a casa.
La familia volvió al cementerio.
Retiraron la placa de aquella tumba vacía.
Antes de marcharse, Javier puso una mano sobre el hombro de Mateo.
—¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando desperté después del accidente?
Mateo negó con la cabeza.
—En las donas.
El niño abrió mucho los ojos.
Javier sonrió.
—Pensé: “Mateo va a enfadarse porque no llegué con su dona”.
Mateo finalmente se rio.
—Después de nueve días ya estaría horrible.
—Entonces te debo otra.
—Me debes nueve.
—Negociador.
—Con cajeta.
—Trato hecho.
Caminaron juntos hacia la salida.

Y Patricia, unos pasos detrás, comprendió finalmente por qué Mateo no había derramado una sola lágrima frente al ataúd vacío.
Todos los adultos habían visto una muerte.
El único que había seguido mirando las pistas había sido un niño de ocho años.