PARTE 2: EL RIÑÓN QUE LE SALVÓ LA VIDA NO PUDO SALVAR NUESTRO MATRIMONIO

Antes de salir, Ana hizo tres llamadas.

La primera fue a su hermana.

La segunda, a una abogada.

La tercera, al notario que había preparado la escritura de la casa años atrás.

—Necesito confirmar algo —dijo—. ¿Víctor puede regalar una propiedad que está exclusivamente a mi nombre?

La respuesta fue inmediata.

—No.

Ana cerró los ojos.

Entonces preguntó algo más.

—¿Y si alguien falsifica mi autorización?

Hubo un silencio.

—Ana, ¿qué está pasando?

—Todavía nada. Quiero asegurarme de que siga así.

Dos días después, su abogada presentó la solicitud de divorcio y dejó constancia formal de que Ana no autorizaba ninguna operación relacionada con la vivienda.

Después Ana desapareció de la vida de Víctor.

No bloqueó sus cuentas.

No destruyó sus pertenencias.

No buscó a Rita.

Simplemente dejó de ser el “mueble” que siempre estaría donde él lo hubiera dejado.

Cuando Víctor recibió el alta, Rita fue a buscarlo.

Durante el camino él intentó llamar a Ana.

Siete veces.

Ninguna respuesta.

—Estará haciendo drama —murmuró.

Llegaron a Lomas Verdes.

Víctor bajó lentamente del coche, todavía débil, y sacó sus llaves.

No funcionaron.

Volvió a intentarlo.

Nada.

Entonces vio un sobre pegado discretamente a la puerta.

Dentro había una copia de la demanda de divorcio.

Y una carta de Ana.

Solo contenía cuatro líneas:

“Te di un riñón porque entonces todavía eras mi esposo.

La casa nunca fue tuya.

Mi vida tampoco.

Cuida bien lo único mío que decidí dejarte.”

Víctor se quedó mirando el papel.

Rita se lo arrebató.

—¿Qué significa que la casa nunca fue tuya?

—Ana está enfadada. Se le pasará.

—Me prometiste esta casa.

—Y será tuya.

Pero entonces apareció un automóvil.

De él bajó la abogada de Ana.

—Señor Salgado, precisamente necesitábamos localizarlo.

Le entregó otra carpeta.

Víctor apenas leyó las primeras páginas antes de perder el color.

La casa había sido comprada por los padres de Ana mucho antes de que ella conociera a Víctor y permanecía registrada únicamente a su nombre.

Además, Ana había conservado documentación sobre dinero matrimonial utilizado durante dos años para pagar viajes, joyas y un apartamento relacionado con Rita.

—Esto es absurdo —dijo Víctor—. ¡Ana jamás me demandaría!

La abogada lo miró tranquilamente.

—La señora Morales que usted conocía quizá no.

Hizo una pausa.

—La que salió del hospital hace cuatro días sí.

Rita empezó a retroceder.

—Víctor, tú dijiste que todo estaba arreglado.

—¡Lo arreglaré!

—¿Con qué?

Esa pregunta lo dejó callado.

Rita no esperó una respuesta.

Subió al coche y se marchó.

Tres semanas después también terminó la relación.

Ana se enteró por terceros.

No sintió satisfacción.

Para entonces tenía problemas más importantes.

El sobre de la clínica que había guardado en su maleta contenía una oferta laboral que llevaba meses rechazando: dirigir un programa educativo para niños en Oaxaca.

Siempre había contestado lo mismo:

“No puedo dejar solo a mi esposo con su enfermedad.”

Ahora podía.

Meses después, durante una audiencia del divorcio, Víctor la vio por primera vez desde el hospital.

Ana había adelgazado, pero caminaba erguida.

—Ana.

Ella se detuvo.

—Necesito preguntarte algo.

Víctor tragó saliva.

—Después de todo… ¿cómo pudiste irte así?

Ana lo miró durante varios segundos.

—Te di una parte de mi cuerpo, Víctor.

Él bajó los ojos.

—Y mientras todavía tenía puntos, tú estabas regalándole mi casa a otra mujer.

No hubo nada más que explicar.

El divorcio siguió adelante.

Ana conservó su propiedad y reclamó lo que legalmente correspondía respecto a los bienes y gastos del matrimonio.

Después se marchó a Oaxaca.

Un año más tarde, mientras organizaba libros en una pequeña biblioteca escolar, recibió una fotografía de su hermana.

Víctor aparecía solo, saliendo de una consulta médica.

Ana observó la imagen unos segundos.

Luego apagó el teléfono.

No lo odiaba.

Eso era lo que más había cambiado.

Durante veintidós años creyó que amar significaba quedarse.

Víctor había necesitado uno de sus riñones para continuar con su vida.

Pero aquella traición le había enseñado a Ana que ella también necesitaba salvar la suya.

Y esta vez, la persona que decidió rescatar fue a sí misma.

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