La puerta de la cabina se cerró detrás de Laura.
El copiloto estaba inclinado sobre los controles. El capitán tenía sangre en la sien, pero seguía consciente.
—¿Qué ocurrió?
—Perdimos parte de los sistemas —respondió—. Y hay algo más.
Señaló una pantalla.
Laura se acercó.
Entonces se quedó inmóvil.
Reconocía aquella secuencia de alertas.
No era simplemente una avería.
Años atrás había visto un patrón parecido durante una investigación militar que terminó con la muerte de su compañero de escuadrón, Michael Grant.
El informe oficial habló de un fallo técnico.
Laura nunca lo creyó.
—¿Quién sabía que yo estaba en este vuelo? —preguntó.
El capitán la miró confundido.
—¿Qué?
—¿Quién pidió específicamente un piloto de combate?
El copiloto respondió:
—Recibimos un mensaje operativo antes de que comenzaran los problemas. Decía que, si los sistemas fallaban, buscáramos a la comandante Laura Vance.
El rostro de Laura perdió color.
No habían pedido cualquier piloto.
La habían pedido a ella.
—¿Quién envió el mensaje?
El capitán giró la pantalla.
Laura leyó el identificador.
RAVEN-6.
Sintió un escalofrío.
Ese era el indicativo de Michael.
Un hombre oficialmente muerto desde hacía nueve años.
Antes de que pudiera hablar, una nueva alerta llenó la cabina.
El avión descendió bruscamente.
Laura sujetó el respaldo.
—Necesitamos estabilizarlo primero. Después descubriremos quién está jugando con nosotros.
Durante los siguientes minutos, su pasado regresó como si nunca hubiera desaparecido.
Órdenes cortas.
Movimientos precisos.
Respiración controlada.
Laura ayudó a la tripulación a gestionar la emergencia mientras el capitán coordinaba un desvío hacia una pista disponible.
Finalmente, el descenso se estabilizó.
Entonces llamaron desde la cabina de pasajeros.
—Capitán, tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Un pasajero del asiento 31C insiste en hablar con la comandante Vance.
Laura cerró los ojos.
—¿Nombre?
Hubo una pausa.
—Michael Grant.
Nadie habló.
Laura sintió que las piernas casi dejaban de sostenerla.
Nueve años atrás había asistido a su funeral.
Había recibido una bandera doblada.
Había abandonado la Fuerza Aérea después de convencerse de que una decisión suya había provocado aquella tragedia.
—Tráiganlo —ordenó.
Minutos después, un hombre apareció escoltado hasta la parte delantera.
Más delgado.
Cabello gris en las sienes.
Una cicatriz atravesándole la mandíbula.
Pero era él.
—Hola, comandante.
Laura lo abofeteó.
Michael aceptó el golpe sin defenderse.
—Te enterré.
—Lo sé.
—¡Me hicieron creer que habías muerto!
—Porque alguien necesitaba que ambos desapareciéramos.
Michael sacó una pequeña memoria cifrada.
Explicó que aquella misión de nueve años atrás había descubierto una red de corrupción relacionada con contratos militares. El supuesto accidente permitió borrar pruebas y convertir a Laura en responsable indirecta.
Michael sobrevivió.
Pero permanecer oficialmente muerto fue la única manera de seguir investigando.
—¿Y este avión?
—Alguien descubrió que iba a entregarte esto en Madrid.
Laura miró la memoria.
—¿Pusieron a trescientas personas en peligro por ella?
—Precisamente por eso subí al avión. Sabía que intentarían detenernos.
El capitán intervino:
—Podremos hablar de conspiraciones después. Primero tenemos que aterrizar.
Laura volvió a mirar los instrumentos.
Tenía razón.
El pasado podía esperar.
Las personas detrás de aquella puerta, no.
Veintisiete minutos después, el avión tocó pista bajo una lluvia intensa.
Cuando finalmente se detuvo, durante dos segundos reinó un silencio absoluto.
Después llegaron los aplausos.
Laura permaneció sentada.
No sonrió.
Porque Michael acababa de introducir la memoria en un ordenador aislado.
En la pantalla apareció una carpeta.
PROYECTO VANCE.
Dentro había documentos fechados nueve años atrás.
Laura abrió el primero.
Leyó tres líneas.
Y dejó de respirar.
La operación donde Michael supuestamente había muerto no había sido un accidente.
Alguien había ordenado deliberadamente que Laura fuera enviada allí.
Debajo aparecía la autorización.
Laura conocía aquella firma.
—No puede ser…
Michael la miró.
—Por eso necesitaba encontrarte.
Laura volvió a leer el nombre.
General Robert Vance.
Su propio padre.
El hombre que durante nueve años la había consolado por la tragedia que destruyó su carrera.
Michael bajó la voz.
—Tu padre no intentó salvarte aquella noche, Laura.
Hizo una pausa.

—Él fue quien te envió a morir.
Y mientras vehículos de emergencia rodeaban el avión, Laura comprendió que acababa de sobrevivir al vuelo.
Ahora tendría que sobrevivir a la verdad.