Gabriel despertó nueve horas después.
Su primera pregunta fue:
—¿Dónde está Clara?
La enfermera levantó la vista.
—Su esposa no ha regresado.
Gabriel frunció el ceño.
—Llámela. Dígale que necesito ropa y que hable con el médico sobre mi recuperación.
Isabella estaba sentada junto a la ventana.
Gabriel la miró.
—¿Puedes ayudarme con agua?
Ella observó la vía intravenosa, las vendas y luego apartó la mirada.
—Me mareo con estas cosas.
Por primera vez, Gabriel pareció comprender la ironía.
Había recibido una puñalada por una mujer incapaz siquiera de permanecer junto a su cama.
—Entonces llama a Clara.
Isabella obedeció.
Mi teléfono sonó cuando yo acababa de aterrizar en París.
No contesté.
En su lugar envié un mensaje:
“Todo lo relacionado con nuestro matrimonio deberá tratarse con mi abogada.”
Gabriel llamó inmediatamente.
Lo bloqueé.
No había viajado a París para huir.
Había venido a recuperar la vida que abandoné seis años antes.
Antes de casarme, había recibido una oferta para trabajar en una prestigiosa clínica de investigación en Francia.
Gabriel me pidió que renunciara.
—No necesitamos dos carreras complicando el matrimonio.
Yo cedí.
Ahora aquella clínica me había ofrecido una segunda oportunidad.
Y esta vez dije sí.
Mientras yo comenzaba de nuevo, mi abogada investigaba en casa.
Dos semanas después me llamó.
—Clara, encontramos algo.
Gabriel había gastado más de medio millón de dólares en Isabella durante los últimos dieciocho meses.
Apartamento.
Viajes.
Joyas.
El famoso bolso.
Parte del dinero había salido de cuentas matrimoniales.
Pero había algo peor.
Gabriel había recomendado personalmente a Isabella para un programa médico competitivo sin declarar su relación con ella.
El hospital abrió una investigación interna.
Cuando Gabriel recibió la notificación todavía estaba de baja.
Me llamó desde otro número.
Esta vez contesté.
—¿Tú hiciste esto?
—No. Tú lo hiciste. Yo solo dejé de ocultarlo.
—¡Puedo perder mi puesto!
—Debiste pensarlo antes de convertir a tu amante en tu protegida profesional.
Guardó silencio.
Después su voz cambió.
—Clara… vuelve.
Ya no sonaba arrogante.
—Necesito que hablemos.
—Habla con mi abogada.
—No quiero a tu abogada. Quiero a mi esposa.
Miré París desde la ventana de mi apartamento.
—Querías una cuidadora, Gabriel. No una esposa.
Colgué.
Tres meses después regresé únicamente para firmar el divorcio.
Gabriel llegó apoyándose todavía en un bastón.
Parecía haber envejecido años.
Isabella ya no estaba con él.
Supe después que había solicitado un traslado en cuanto comenzó la investigación.
Cuando me vio, Gabriel se quedó inmóvil.
—Estás diferente.
—Estoy bien.
Aquello pareció dolerle más que cualquier reproche.
Firmé.
Él no.
—¿De verdad seis años terminan así?
Lo miré.
—No terminaron cuando compré el boleto a París.
Empujé suavemente los documentos hacia él.
—Terminaron cuando estabas camino al quirófano y utilizaste la palabra “esposa” únicamente porque necesitabas a alguien que limpiara tus heridas.
Gabriel bajó la cabeza.
Finalmente firmó.
Al levantarme, preguntó:
—¿Y si algún día voy a París?
Sonreí.
—París es una ciudad preciosa.
Tomé mi abrigo.
—Pero no confundas una ciudad abierta al público con una puerta que sigue abierta para ti.
Salí sin mirar atrás.
Durante años pensé que abandonar a Gabriel significaría perder mi matrimonio.
Tuve que verlo sangrar por otra mujer para comprender la verdad.
Yo no había perdido a mi esposo aquella noche.
Había recuperado mi vida.