Ethan hizo girar el encendedor entre los dedos.
—¿El cuerpo de Lucas? Ya no está aquí.
Valeria dejó de respirar.
—¿Dónde está?
—Autoricé la cremación.
La habitación pareció inclinarse.
—¿Tú qué?
Ethan se encogió de hombros.
—No tenía sentido conservarlo. Además, Natalie no quería que ese asunto arruinara su cumpleaños.
Algo murió dentro de Valeria en aquel instante.
Pero no fue su esperanza.
Fue el último sentimiento que todavía conservaba por Ethan Whitmore.
—Quiero sus cenizas.
—Cuando te comportes razonablemente.
Valeria lo miró durante varios segundos.
Después sonrió.
—Está bien.
Ethan pareció satisfecho.
Creyó que finalmente la había quebrado.
No sabía que, debajo de la sábana, Valeria estaba apretando el pequeño anillo que Adrian Blackwood le había puesto en África.
Esa misma tarde Ethan recibió una llamada y salió del hospital.
Valeria esperó exactamente cinco minutos.
Entonces marcó un número.
Adrian respondió al primer tono.
—Valeria.
Al escuchar su voz, ella casi perdió el control.
—Lucas murió.
Silencio.
—Y Ethan ordenó cremarlo.
La voz de Adrian cambió.
—No salgas del hospital.
—Adrian…
—Voy por ti.
Cuarenta minutos después, tres vehículos negros se detuvieron frente a la entrada.
Adrian entró acompañado por dos hombres de uniforme y una abogada.
No hizo preguntas.
Se acercó a Valeria y le tendió la mano.
—Vamos a buscar a tu hermano.
Aquella noche descubrieron algo inesperado.
Lucas no había muerto por causas naturales.
Los registros médicos habían sido alterados.
Había cámaras “averiadas” exactamente durante las horas anteriores a su muerte.
Y el director que había anunciado la cremación no podía presentar ningún documento que demostrara que esta hubiera ocurrido.
Adrian ordenó que todo se investigara por las vías legales correspondientes.
Dos días después apareció la verdad.
Lucas estaba vivo.
Había sufrido una agresión dentro de prisión y había sido trasladado secretamente a una clínica privada bajo otro nombre.
La falsa noticia de su muerte había servido para impedir que Valeria siguiera buscando.
Cuando ella entró en aquella habitación y vio a su hermano respirando, las piernas le fallaron.
—Lucas…
Él abrió los ojos lentamente.
—¿Valeria?
Ella lo abrazó llorando.
Esta vez eran lágrimas de alivio.
Pero Lucas todavía tenía algo que contar.
Durante meses había reunido pruebas de que Ethan había manipulado contratos y testigos para destruir a la familia Cross.
Antes de que pudiera entregarlas, lo encarcelaron.
—Ethan no hizo todo esto solo por Natalie —susurró Lucas—. Quería nuestra empresa.
Valeria cerró los ojos.
Por fin todo encajaba.
La humillación.
La prisión.
África.
Ethan no había estado castigándola únicamente por capricho.
Había estado eliminando obstáculos.
Tres semanas después, la mansión Whitmore celebraba otra fiesta.
Natalie lucía joyas nuevas.
Ethan brindaba con inversionistas.
Entonces las puertas se abrieron.
Valeria entró.
Esta vez no estaba sola.
Adrian caminaba a su lado.
Detrás venían Lucas, la abogada y varios investigadores.
La copa de Ethan quedó suspendida frente a sus labios.
—¿Lucas?
Natalie palideció.
Pero Ethan miraba únicamente a Adrian.
Lo reconoció.
Y por primera vez desde que Valeria lo conocía, Ethan Whitmore pareció pequeño.
—¿Qué hace él aquí?
Valeria tomó tranquilamente la mano de Adrian.
—Te dije que me había casado.
Ethan la miró horrorizado.
—¿Con él?
—Sí.
Adrian no necesitó amenazar a nadie.
Simplemente colocó una carpeta sobre la mesa.
Dentro estaban las pruebas que Lucas había protegido.
Transferencias.
Documentos manipulados.
Comunicaciones.
Registros relacionados con la caída de los Cross.
Ethan retrocedió.
—Valeria, podemos hablar.
Ella negó.
—Tuviste años para hablar.
—Todo lo hice porque…
—No me importa por qué.
Aquella frase fue peor que cualquier grito.
Las investigaciones posteriores derrumbaron la reputación que Ethan había protegido durante años. Los negocios obtenidos mediante las maniobras contra los Cross quedaron bajo disputa, mientras Lucas consiguió limpiar su nombre.
Natalie desapareció de la vida de Ethan en cuanto comprendió que su fortuna ya no era intocable.
Meses después, Valeria recibió una carta.
Era de Ethan.
No la abrió.
La dejó sobre la mesa y miró hacia el jardín, donde Lucas discutía alegremente con Adrian sobre quién preparaba peor el café.
Adrian se acercó.
—¿No quieres saber qué escribió?
Valeria negó.
—Durante demasiado tiempo viví pendiente de lo que Ethan quería decirme.
Tomó la carta y la rompió.
Después entrelazó sus dedos con los de Adrian.
La familia Whitmore la había enviado al otro lado del mundo convencida de que regresaría destruida.
En cierto modo, tuvieron razón.
La Valeria que los había amado, obedecido y perdonado nunca regresó.
La mujer que volvió había aprendido algo mucho más peligroso:
no necesitaba que Ethan Whitmore la eligiera.
Y, para desgracia de todos ellos, había regresado de la mano del único hombre al que jamás habrían querido convertir en su enemigo.