PARTE 2: EL ANILLO QUE LE COSTÓ TODO

A las nueve de la mañana, Adrián Montes entró en la sala del consejo convencido de que Elena estaba en casa llorando.

En cambio, la encontró sentada en la cabecera de la mesa.

A su derecha estaba su abogado.

A su izquierda, tres representantes del fondo Valdés Capital.

Adrián se detuvo.

—¿Qué haces aquí?

Elena cerró tranquilamente una carpeta.

—Trabajando.

—Esta reunión es privada.

Uno de los consejeros carraspeó.

—Señor Montes, la doctora Valdés representa al accionista mayoritario individual del grupo.

Adrián soltó una risa incrédula.

—¿Qué?

El abogado deslizó varios documentos hacia él.

Durante años, Adrián había creído que Elena había perdido toda su fortuna cuando quebró la empresa familiar.

No era cierto.

Antes del colapso, el padre de Elena había separado una parte del patrimonio en un fondo independiente. Ella nunca lo tocó porque quería reconstruir su vida sin depender de aquel dinero.

Y cuando Adrián necesitó capital para salvar su compañía cuatro años atrás, Elena había invertido silenciosamente.

No como esposa.

Como accionista.

El rostro de Adrián cambió al encontrar la cifra.

48 %.

—Tú… ¿financiaste la empresa?

—Parte de ella.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Elena lo miró.

—Porque quería saber quién eras cuando creías que yo no tenía nada.

Aquella frase hizo más daño que un grito.

Adrián cerró la carpeta.

—Hablaremos de esto en casa.

—Ya no tenemos casa.

El abogado colocó otro sobre frente a él.

—Solicitud de divorcio.

Adrián no lo abrió.

—¿Vas a destruir seis años de matrimonio por una estupidez de San Valentín?

Elena permaneció inmóvil.

—No.

Sacó una segunda carpeta.

—Voy a terminarlo por todo lo que descubrí después.

En la pantalla aparecieron transferencias.

Apartamentos.

Viajes.

Joyas.

Facturas pagadas con cuentas corporativas.

Durante dieciocho meses, Adrián había cargado gastos relacionados con Camila como servicios de representación, consultoría y relaciones públicas.

Más de 600.000 dólares.

Camila no había sido simplemente su amante.

Había estado viviendo parcialmente con dinero de una empresa de la que Elena era accionista.

—Esto es absurdo —dijo Adrián—. Camila trabaja para nosotros.

—Precisamente.

Elena pulsó otra vez.

Apareció la fotografía del collar que Camila había usado en una gala.

Después un reloj.

Un viaje a París.

Una estancia en Cancún.

Todos pagados mediante sociedades vinculadas al grupo.

Los consejeros comenzaron a intercambiar miradas.

Adrián perdió finalmente la calma.

—¡Eres mi esposa!

—Hasta ayer, eso te parecía una razón para pensar que nunca reaccionaría.

La puerta se abrió.

Camila entró apresuradamente.

—Adrián, Recursos Humanos me bloqueó el acceso.

Entonces vio a Elena.

Se quedó paralizada.

—Perfecto —dijo Elena—. Faltabas tú.

Camila comenzó a llorar.

—Doctora Valdés, lo siento. Nunca quise quitarle nada.

Elena la miró durante varios segundos.

Después señaló las cuentas proyectadas detrás de ella.

—Entonces puedes empezar explicando por qué una coordinadora de imagen recibió pagos extraordinarios autorizados personalmente por el director ejecutivo.

Camila miró a Adrián.

Ese pequeño gesto terminó de condenarlo.

—No respondas —ordenó él.

Elena sonrió.

—Gracias.

Aquello era exactamente lo que esperaba.

El consejo suspendió a Adrián temporalmente mientras comenzaba una auditoría independiente.

Su teléfono empezó a sonar antes incluso de abandonar la sala.

Socios.

Abogados.

Periodistas.

Su padre.

Pero Adrián solo miraba a Elena.

—Hice todo por ti cuando nadie te quería.

Elena se acercó.

Durante años aquella frase la habría destruido.

Ahora no.

—Ese fue tu mayor error, Adrián.

—¿Cuál?

—Convencerme de que habías comprado mi gratitud para siempre.

Recogió su bolso.

—Me ayudaste cuando estaba destruida y siempre te lo agradecí. Pero después convertiste aquella ayuda en una cadena.

Adrián bajó la voz.

—Puedo dejar a Camila.

Elena casi sintió lástima.

Casi.

—Todavía crees que esto se trata de ella.

Pasó junto a él.

—Camila solo fue el objeto que encontré aquella noche.

Adrián giró.

—¿Qué objeto?

Elena abrió la puerta.

—La verdad.

Tres meses después, el divorcio quedó firmado.

La auditoría descubrió suficientes irregularidades para que Adrián perdiera la dirección ejecutiva. Varias operaciones quedaron bajo investigación interna y tuvo que devolver gastos personales cargados a la empresa.

Camila desapareció de su vida antes de terminar el primer mes.

Sin viajes, regalos ni tarjetas corporativas, aquel supuesto gran amor duró exactamente veintisiete días.

Elena no celebró.

Regresó al hospital.

Volvió a operar.

Volvió a dormir tranquila.

Y una tarde recibió una pequeña caja por mensajería.

Dentro estaba el anillo de Adrián.

Sin carta.

Sin explicación.

Elena lo observó durante unos segundos.

Después llamó a su abogado.

—¿Todavía conservamos el inventario de objetos para la subasta benéfica del hospital?

—Sí.

—Añade uno más.

Semanas después, aquel anillo fue vendido.

El dinero financió tratamientos para pacientes que no podían pagarlos.

Cuando Elena recibió el comprobante, sonrió.

Después de todo, Adrián había tenido razón en una cosa.

Su matrimonio sí había servido para algo.

Solo que jamás imaginó que su anillo terminaría valiendo mucho más después de que Elena dejara de llevar su apellido.

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