PARTE 2: NADIE PIERDE A SU ESPOSA DOS VECES

Cuando escuché el primer anuncio dentro del tren, comprendí que Adrian ya me estaba buscando.

—Por motivos de seguridad, realizaremos una revisión de pasajeros antes de llegar a Rosehaven.

Miré el reloj.

Faltaban cuatro horas.

Mi identificación decía Isabel Hayes, pero si Adrian había conseguido una fotografía mía en la estación, el nombre falso ya no servía de mucho.

Entonces llamaron suavemente a mi puerta.

Tres golpes.

Me quedé inmóvil.

—Señorita Hayes —dijo una voz femenina—. Abra, por favor.

Era la empleada que me había acompañado al vagón.

Cuando entró, cerró inmediatamente.

—Tenemos un problema.

Sacó su teléfono.

En la pantalla había una fotografía mía.

La misma de la estación.

—Dos hombres subieron durante la última parada. Están enseñando esto al personal.

Sentí frío.

—¿Trabajan para Adrian Blackwood?

—No lo sé. Pero preguntaron específicamente por una mujer que viaja bajo el nombre Isabel Hayes.

Mi libertad había durado menos de tres horas.

La empleada abrió un pequeño compartimento de servicio.

—Cámbiese.

Dentro había un uniforme ferroviario.

—¿Por qué me ayuda?

La mujer me sostuvo la mirada.

—Porque alguien pagó para asegurarse de que usted llegara al sur.

—¿Quién?

—No puedo decírselo.

Quince minutos después salí de mi cabina vestida como empleada.

Mi maleta quedó atrás.

Solo conservé la horquilla de mi madre y la flor de jazmín.

Caminé por tres vagones con una bandeja vacía entre las manos.

Entonces los vi.

Dos hombres de traje oscuro.

Uno sostenía mi fotografía.

Pasé a menos de un metro de ellos.

—¿Ha visto a esta mujer?

Bajé la cabeza.

—No, señor.

Seguí caminando.

No respiré hasta cruzar la siguiente puerta.

En la parada anterior a Rosehaven bajé por el acceso del personal.

Había una camioneta esperando.

Dentro estaba un hombre de unos sesenta años.

—Suba.

No me moví.

—¿Quién es usted?

Él abrió la puerta.

—Samuel Hayes.

Miré mi identificación.

Isabel Hayes.

El hombre sonrió.

—Ahora entiende de dónde salió el apellido.

Subí.

Durante veinte minutos atravesamos carreteras oscuras.

—¿Por qué me ayuda?

Samuel guardó silencio hasta que las luces de la estación desaparecieron.

—Porque conocí a su madre.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—Mi madre murió cuando yo era niña.

—Eso fue lo que le dijeron.

Lo miré.

Samuel sacó una fotografía antigua.

Una mujer joven aparecía frente a una casa blanca rodeada de jazmines.

Era mi madre.

Y junto a ella había un hombre.

Adrian Blackwood.

Mucho más joven.

—Eso es imposible.

—La familia Blackwood llevaba años buscándola antes de que usted conociera a Adrian.

Mis dedos comenzaron a temblar.

—¿Por qué?

Samuel señaló mi horquilla de sándalo.

—Porque usted nunca fue una desconocida que tuvo suerte de casarse con él.

Entonces recordé las palabras de Adrian:

“Nadie pierde a mi esposa dos veces.”

Dos veces.

Yo había pensado que hablaba del divorcio.

Pero no.

—¿Adrian me conocía antes?

Samuel negó lentamente.

—No exactamente.

Sacó otra carpeta.

Dentro había fotografías mías.

A los diecisiete años.

A los diecinueve.

En la universidad.

Trabajando en una cafetería.

Todas tomadas antes de que yo conociera oficialmente a Adrian.

Sentí náuseas.

—Me vigilaban.

—Durante años.

—¿Por qué?

Samuel abrió la última página.

Había un certificado de nacimiento.

Mi nombre verdadero aparecía escrito allí.

Pero el apellido no era el que había utilizado toda mi vida.

Elena Ashford.

—Su madre pertenecía a la familia Ashford —explicó—. Antes de morir su abuelo creó un fideicomiso enorme. Tierras, acciones, propiedades y participaciones empresariales.

—¿Cuánto?

Samuel me miró.

—Suficiente para que los Blackwood construyeran buena parte de su imperio alrededor de activos que nunca les pertenecieron realmente.

Todo encajó de una forma aterradora.

Mi matrimonio.

El aislamiento.

Las tarjetas.

Los empleados vigilándome.

La imposibilidad de hacer cualquier cosa sola.

Adrian no me había encerrado únicamente porque fuera controlador.

Me había mantenido donde podía vigilarme.

—¿Por qué casarse conmigo?

—Porque ciertas cláusulas del fideicomiso cambiaban si usted se casaba.

Tragué saliva.

—¿Y ahora que estamos divorciados?

Samuel sonrió por primera vez.

—Ahora empieza el problema de Adrian.


A cientos de kilómetros, Adrian entró en la mansión poco después de medianoche.

El mayordomo lo esperaba.

—¿Dónde está?

—La señora se marchó.

Adrian subió directamente al dormitorio.

Abrió mi armario.

Vacío.

Después vio el macetero.

Faltaba una flor de jazmín.

Su rostro cambió.

—¿Qué se llevó?

—Una maleta pequeña.

—¿Joyas?

—Ninguna.

—¿Documentos?

—No lo sabemos.

Adrian giró lentamente.

—¿La horquilla?

El mayordomo tardó demasiado en responder.

—También.

Adrian palideció.

Corrió hacia su estudio y abrió la caja fuerte.

Dentro había dinero, pasaportes y contratos.

Pero faltaba un sobre.

Uno que yo había encontrado semanas antes escondido detrás de un doble fondo.

En ese sobre había una fotografía de mi madre.

Un certificado.

Y una dirección en Rosehaven.

Adrian golpeó el escritorio.

—¡Encuéntrenla!

Su teléfono sonó.

Era su abogado.

—Señor Blackwood, tenemos otro problema.

—¿Qué?

—El divorcio fue registrado esta tarde.

—Ya lo sé.

—No comprende. Al quedar disuelto legalmente el matrimonio, se activó una cláusula del fideicomiso Ashford.

Silencio.

—¿Qué cláusula?

El abogado tragó saliva.

—Las acciones administradas temporalmente por Blackwood Holdings deben regresar a su beneficiaria original.

Adrian dejó de respirar.

—¿Cuántas?

La respuesta llegó casi como una sentencia.

—El treinta y siete por ciento del grupo.

Adrian miró mi armario vacío.

Por fin entendió por qué me había marchado sin joyas.

No necesitaba llevarme nada de los Blackwood.

Porque una parte enorme de aquello que él llamaba suyo…

siempre había sido mía.

Y mientras Adrian movilizaba abogados, investigadores y empleados para encontrarme, yo atravesaba las puertas de una antigua finca rodeada de jazmines.

Samuel se detuvo frente a la entrada.

—Bienvenida a casa, señorita Ashford.

Miré aquella casa que jamás recordaba haber visto.

Entonces la puerta se abrió.

Una mujer anciana apareció apoyada en un bastón.

Al verme, comenzó a llorar.

—Elena…

Se acercó lentamente.

—Te buscamos durante veinticinco años.

Y ahí comprendí la verdad.

Yo había salido de Harbor City creyendo que estaba huyendo de mi exmarido.

Pero Adrian no me perseguía porque todavía me amara.

Me perseguía porque mi desaparición podía revelar el secreto sobre el que su familia había construido su fortuna.

Y esta vez, cuando Adrian Blackwood viniera a buscarme, ya no encontraría a la esposa silenciosa que había dejado encerrada en su mansión.

Encontraría a la mujer que acababa de recuperar su nombre.

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