La boda continuó.
Yo permanecía allí, invisible, incapaz de alejarme.
Entonces el asistente de Adrian recibió una llamada.
Su rostro perdió todo el color.
—Señor Wolfe…
Adrian ni siquiera soltó la mano de Celeste.
—¿Encontraste a Emma?
—La guardia costera encontró algunas pertenencias en la playa.
Adrian frunció el ceño.
—¿Qué pertenencias?
El hombre tragó saliva.
—Sus zapatos. Su teléfono. Y documentos del crematorio de Mila.
Por primera vez, la expresión de Adrian cambió.
—¿Dónde está Emma?
—La están buscando.
Adrian salió de la ceremonia sin explicar nada.
Celeste corrió detrás.
Yo fui arrastrada con él, como si una cadena invisible todavía me uniera al hombre del que había intentado escapar.
Cuando llegamos al puerto, había policías y rescatistas.
Un oficial se acercó.
—¿Señor Wolfe?
—Soy yo.
—Necesitamos que identifique unos objetos.
Le entregaron una bolsa transparente.
Dentro estaba mi pulsera.
Adrian la reconoció inmediatamente.
—Esto no significa nada —dijo—. Emma está haciendo esto para castigarme.
Nadie respondió.
Entonces llegó otra embarcación.
Los rescatistas descendieron en silencio.
Adrian dio un paso hacia ellos.
Y comprendió.
No describiré lo que vi.
Solo recuerdo su rostro.
Toda aquella seguridad desapareció.
—No.
El oficial intentó detenerlo.
—Señor…
—¡NO!
Adrian quiso acercarse.
Celeste lo sujetó.
—Adrian, cálmate.
Él se volvió hacia ella con una expresión que jamás le había visto.
—¿Dónde está Mila?
Silencio.
—¡Pregunté dónde está mi hija!
El asistente bajó la cabeza.
—La urna no apareció.
Adrian quedó inmóvil.
Yo lo observé desde unos pasos de distancia.
Durante meses había ignorado a Mila.
Ahora pronunciaba su nombre como si pudiera devolverla.
Esa noche no regresó a su boda.
Durante los días siguientes mandó revisar kilómetros de costa buscando la urna.
Después ordenó investigar cada decisión médica relacionada con Mila.
Y fue entonces cuando empezó a descubrir aquello que nunca quiso escuchar mientras yo todavía podía hablar.
Había alternativas que no se habían estudiado adecuadamente.
Había consentimientos cuestionados.
Había decisiones apresuradas porque Adrian había utilizado su influencia para priorizar a Leo.
Su obsesión por salvar al hijo de Celeste había convertido a nuestra hija en una opción antes que en una persona.
—Yo no sabía… —murmuró frente a los expedientes.
Quise gritarle.
Sí sabías.
Yo te lo dije.
Te supliqué.
Pero cada vez que hablaba, tú decidías que Celeste sufría más.
Adrian empezó a buscar grabaciones antiguas.
Encontró una del hospital.
Yo aparecía sosteniendo a Mila.
—Adrian, por favor. Es nuestra hija.
En la grabación, él ni siquiera me miraba.
—Leo tiene una oportunidad. No voy a desperdiciarla porque estés emocional.
Adrian apagó el video.
Después lo volvió a poner.
Una vez.
Otra.
Otra.
Hasta que finalmente bajó la cabeza.
—¿Qué hice?
El sistema apareció a mi lado.
—Anfitriona, la misión terminó. El vínculo se está debilitando.
—¿Podré irme?
—Sí.
Miré a Adrian.
Había pasado seis vidas deseando que aquel hombre se arrepintiera.
Ahora lo tenía delante.
Destruido.
Y no sentí satisfacción.
Solo cansancio.
Adrian visitó la playa al amanecer.
Llevaba la pequeña manta que había pertenecido a Mila.
—Emma —dijo frente al mar—. Dame una oportunidad para arreglarlo.
Sonreí tristemente.
Incluso entonces seguía sin comprender.
Siempre creyó que podía arreglarlo todo después.
Después de ignorarme.
Después de elegir a Celeste.
Después de perder a Mila.
Pero algunas puertas solo existen mientras la persona que está detrás todavía espera que las abras.
El sistema habló por última vez.
—Es hora.
Sentí que aquella fuerza que me mantenía junto a Adrian desaparecía.
Él levantó repentinamente la cabeza.
Durante un segundo miró directamente hacia donde yo estaba.
—Emma…
No sé si realmente me vio.
Tampoco importaba.
Miré el horizonte.
Pensé en Mila.
Y por primera vez en seis vidas, no pensé en conseguir que Adrian Wolfe me amara.
Pensé únicamente en dejar de pertenecer a su historia.
Entonces todo se volvió luz.
Adrian siguió llamando mi nombre.
Pero yo ya no podía escucharlo.
Porque su verdadero castigo no fue perder la razón al descubrir que me había perdido.
Fue algo mucho más sencillo:
finalmente comprendió cuánto significábamos Mila y yo…
cuando ya no quedaba ninguna de las dos esperando que nos eligiera.