PARTE 2: CUANDO ETHAN DESCUBRIÓ QUE LA ESPOSA QUE DESPRECIÓ ERA LA MUJER QUE PODÍA DESTRUIR SU FUTURO

A la mañana siguiente, Ethan firmó el divorcio.

Lo hizo furioso.

—No vengas llorando cuando descubras cuánto cuesta vivir sola.

No respondí.

Dos horas después estaba entrando en la sede de Grant Industries.

Alexander Grant me esperaba personalmente.

Era un hombre de treinta y ocho años, reservado y conocido por convertir empresas en crisis en negocios multimillonarios.

Cuando entré, se levantó.

—North.

—Natalie está bien.

Alexander sonrió.

—He leído todos sus libros.

Colocó un contrato frente a mí.

Grant Industries atravesaba una crisis interna después de varias denuncias contra altos ejecutivos. Alexander quería contratarme como asesora para reconstruir la cultura corporativa y dirigir una nueva división editorial.

La cifra escrita en el contrato me hizo levantar una ceja.

—¿Cinco millones?

—Por dos años.

—Es demasiado.

—No para alguien que ha vendido diez millones de libros.

Entonces vi un expediente sobre su escritorio.

Parker Consulting.

La empresa donde trabajaba Ethan.

Alexander siguió mi mirada.

—Precisamente iba a preguntarle por ellos.

Mi expresión cambió.

Durante semanas, mientras reunía pruebas para el divorcio, también había encontrado documentos que Ethan llevaba a casa.

Facturas infladas.

Pagos duplicados.

Contratos alterados.

Pensé que eran problemas de su trabajo y no intervine.

Hasta ahora.

—Le recomiendo auditar esas cuentas —dije.

Alexander no preguntó por qué.

Lo hizo.

Una semana después, Grant Industries canceló su contrato con Parker Consulting después de detectar irregularidades financieras.

Ethan fue despedido.

Mi teléfono comenzó a llenarse de llamadas.

La primera fue de mi exsuegra.

—Natalie, ¿qué hiciste?

—Nada.

—¡Ethan perdió su empleo!

—Entonces debería hablar con su empresa.

—Dice que tú conoces a Alexander Grant.

Sonreí.

—Ahora sí.

Colgué.

Pero Ethan apareció aquella misma noche frente al hotel donde me hospedaba.

—¿Tú eres North?

No contesté.

—¡Respóndeme!

—Sí.

Pareció recibir una bofetada invisible.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de casarnos.

—¿Y nunca me lo dijiste?

Casi me dio risa.

—Durante tres años te burlaste de mis “historias tontas”. Una vez dijiste que escribir libros era un pasatiempo para personas sin trabajos reales.

Ethan recordó aquellas palabras.

—Natalie…

—No te oculté quién era. Simplemente dejaste de preguntar quién era yo.

Entonces apareció Sophia.

Estaba llorando.

—¡Ethan! Dijiste que arreglarías esto.

Él se volvió irritado.

—Ahora no.

Sophia me miró.

—Todo esto lo estás haciendo porque estás celosa.

—Sophia, ya tienes al hombre, el apartamento y el automóvil. ¿De qué debería estar celosa?

Se quedó callada.

Entonces pregunté:

—¿Y el embarazo?

Ethan giró bruscamente.

—¿Qué embarazo?

Sophia palideció.

Comprendí inmediatamente.

Ethan no lo sabía.

—Pregúntale por la visita a obstetricia que pagaste en mayo.

—Sophia.

Ella comenzó a retroceder.

—Puedo explicarlo.

La discusión que siguió ya no me pertenecía.

Entré en el ascensor.

Un mes después, el divorcio quedó finalizado.

Sophia tampoco estaba embarazada. Había utilizado aquella consulta mientras intentaba convencer a Ethan de que podían formar una familia. Cuando él perdió el empleo y descubrió además varias de sus mentiras, su maravillosa relación comenzó a derrumbarse.

Yo, mientras tanto, acepté la propuesta de Grant Industries.

Mi siguiente libro se convirtió en el mayor lanzamiento de mi carrera.

En la presentación, una periodista preguntó:

—¿Cuál fue la verdad más difícil que aprendió escribiendo sobre relaciones?

Pensé en Ethan.

En Sophia llevando mi camisón.

En aquellos tres años intentando convertirme en una esposa suficientemente buena para un hombre que nunca se molestó en conocerme.

—Que ser necesaria no significa ser amada —respondí—. Y marcharse a tiempo también puede ser una forma de respetarse.

Entre el público vi a Alexander sonreír.

No necesitaba otro hombre para demostrar que había ganado.

Mi victoria estaba en otra parte.

Estaba en mi nombre impreso sobre millones de libros.

En una cuenta bancaria que yo había construido.

En una vida donde ya nadie podía convencerme de que necesitaba permiso para ocupar espacio.

Ethan pensó que el divorcio me dejaría sin apartamento.

En realidad, aquella firma solo me quitó algo que llevaba demasiado tiempo pesándome.

A él.

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