PARTE 2: EL NIÑO QUE NUNCA DEBIÓ APARECER

—No me pregunte eso —repitió Elena.

Dominic cerró la puerta del despacho.

—Entonces dime por qué tu hijo tiene la misma marca que Mateo —dije.

Elena comenzó a llorar.

—Porque Leo es su hijo.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿De Mateo?

Ella asintió.

—Lo conocí poco antes del accidente. Nadie sabía que estábamos juntos. Mateo quería decírselo, pero tenía miedo de que sus enemigos me utilizaran para llegar hasta usted.

Miré al bebé entre mis brazos.

—¿Por qué nunca viniste a buscarme?

Elena bajó la cabeza.

—Porque después de su muerte alguien vino a verme.

Dominic se tensó.

—¿Quién?

—Un hombre me dijo que Mateo había muerto por descubrir algo que no debía. Me enseñó fotografías mías y aseguró que, si alguna vez decía que esperaba un hijo suyo, mi bebé tampoco sobreviviría.

Mi mirada cayó sobre Lorenzo.

Seguía arrodillado frente al escritorio.

Pero ya no parecía desafiante.

Parecía aterrorizado.

—¿Reconoces a ese hombre? —pregunté.

Elena lo miró.

Y retrocedió.

—Él estaba allí.

Dominic levantó inmediatamente el arma.

Lorenzo palideció.

—¡Está mintiendo!

—Todavía no he terminado —dijo Elena.

Sacó de su bolsillo una pequeña memoria USB.

—Mateo me dio esto dos días antes del accidente. Me dijo que, si algo le ocurría, debía esconderla.

La conectamos al ordenador.

Dentro había documentos, grabaciones y fotografías.

Mateo había descubierto que Lorenzo llevaba meses vendiendo información sobre mis movimientos a una organización rival.

Pero había algo peor.

El accidente de mi hijo no había sido un accidente.

Su automóvil había sido manipulado.

Y Lorenzo había autorizado el pago.

Me quedé mirando la pantalla sin poder hablar.

Durante tres años había visitado una tumba creyendo que no había podido proteger a mi hijo.

Ahora sabía que había tenido al responsable sentado a mi mesa.

Lorenzo intentó correr.

Dominic lo detuvo antes de alcanzar la puerta.

Yo no levanté el arma.

—No lo toques.

Dominic me miró sorprendido.

—Jefe…

—Quiero que responda ante la justicia.

Aquella noche entregamos las pruebas a las autoridades mediante mi abogado.

Las investigaciones posteriores confirmaron las transferencias y las comunicaciones que Mateo había guardado.

Lorenzo terminó detenido junto con otros implicados.

Pero yo ya no estaba pensando en él.

Estaba sentado en el suelo de mi despacho mientras Leo golpeaba alegremente mi reloj con sus pequeñas manos.

Elena permanecía frente a mí.

—Si quiere que nos vayamos, lo entenderé.

La miré.

—¿Irse?

—Le oculté la verdad.

—Porque estabas intentando mantener vivo a mi nieto.

Mi voz se quebró al pronunciar aquella palabra.

Nieto.

Leo levantó la cabeza y volvió a sonreírme.

Meses después, una prueba genética confirmó lo que mi corazón había entendido desde aquella primera mirada.

Leo era hijo de Mateo.

Mi nieto.

El último regalo que mi hijo había dejado en este mundo.

Mandé abrir su tumba y finalmente investigamos también las irregularidades de aquel funeral cerrado. Descubrimos que varias personas habían colaborado para impedirme hacer preguntas sobre las circunstancias de su muerte.

Mi imperio empezó a cambiar después de aquello.

Me alejé de los negocios que habían convertido nuestra familia en un objetivo y puse gran parte de mi fortuna en empresas legales y fideicomisos para Leo.

Pero hubo algo que nunca volví a hacer.

Nunca volví a beber bourbon solo en aquel despacho.

Porque cada mañana, aproximadamente a las nueve, la puerta se abría.

Y Leo entraba gateando.

Siempre levantaba los brazos hacia mí.

Y yo, el hombre ante quien todos se ponían de pie por miedo, caía de rodillas para recibirlo.

No porque fuera débil.

Sino porque después de tres años de oscuridad, finalmente tenía una razón para volver a ser humano.

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