Ethan hizo girar el encendedor entre los dedos.
—¿Ver el cuerpo? Ya no sirve de nada.
Valeria lo miró fijamente.
—Es mi hermano.
—Era tu hermano —corrigió él—. Lucas siempre fue un problema. Al menos ahora puedes dejar de desperdiciar tu vida intentando salvarlo.
Algo dentro de Valeria se apagó.
—¿Qué hiciste?
Ethan sonrió.
—Ten cuidado con lo que insinúas.
Se inclinó hacia ella.
—Lucas tuvo una pelea en prisión. Ocurre todos los días. No conviertas una desgracia en otra de tus escenas.
Valeria recordó la orden de liberación.
Lucas debía salir aquella mañana.
Y había muerto pocas horas antes.
Demasiada coincidencia.
—Quiero verlo.
—No.
—¿Por qué?
Por primera vez, Ethan perdió aquella sonrisa.
—Porque ya me ocupé de todo. El funeral será mañana.
Valeria sintió frío.
—¿Tú decidiste el funeral de mi hermano?
—Alguien tenía que hacerlo.
Entonces la puerta se abrió.
Dos hombres vestidos con trajes oscuros entraron primero.
Después apareció Adrian Blackwood.
Ethan se levantó.
—¿Quién demonios eres?
Adrian ni siquiera lo miró.
Caminó directamente hasta Valeria.
—Llegué tarde.
Solo esas palabras.
Valeria intentó contenerse.
No pudo.
—Lucas murió.
Adrian se arrodilló junto a la cama y tomó su mano.
—Lo sé.
Ethan soltó una carcajada incrédula.
—Valeria, ¿este es el hombre con el que dices haberte casado?
Ella no respondió.
Adrian sí.
—Su esposo.
La sonrisa de Ethan desapareció.
—Eso es imposible.
—El matrimonio está registrado.
Adrian sacó una carpeta y la dejó sobre la mesa.
Ethan abrió la primera página.
Su rostro cambió.
No porque viera el certificado.
Sino porque reconoció el nombre completo.
Adrian James Blackwood.
—Blackwood… —murmuró.
Uno de los hombres de Adrian habló:
—El comandante Blackwood solicitó una investigación oficial sobre la muerte de Lucas Cross. El cuerpo no será cremado ni enterrado hasta completar una autopsia independiente.
Ethan palideció.
—No tienen autoridad para—
—Yo sí —interrumpió otra voz.
Un abogado entró acompañado por dos investigadores.
Adrian seguía mirando únicamente a Valeria.
—Tu hermano iba a salir hoy. Morir horas antes de recuperar la libertad merece algunas preguntas.
Valeria apretó su mano.
—Ethan dijo que fue una pelea.
Adrian finalmente miró a Whitmore.
—Entonces no tendrá ningún problema demostrando que dice la verdad.
Ethan retrocedió.
Su teléfono comenzó a sonar.
Una vez.
Dos.
Cinco.
Lo sacó.
Natalie.
Su abogado.
Su padre.
El director de una de sus empresas.
Las llamadas siguieron entrando.
—¿Qué hiciste? —preguntó.
Adrian permaneció inexpresivo.
—Nada todavía.
Aquellas dos palabras fueron suficientes.
Ethan salió del hospital sin despedirse.
Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, su mundo empezó a desmoronarse.
La autopsia reveló inconsistencias con la versión inicial sobre la muerte de Lucas.
Las cámaras del corredor de la prisión mostraron movimientos que no aparecían en los informes.
Y apareció algo todavía peor.
Un registro de llamadas.
Horas antes de morir, un funcionario de la prisión había recibido varias comunicaciones vinculadas con un intermediario que trabajaba para una empresa relacionada con los Whitmore.
No demostraba por sí solo quién había ordenado qué.
Pero era suficiente para abrir una investigación.
Adrian no permitió que Valeria viera fotografías ni detalles.
Solo le dijo:
—Ahora tenemos una puerta. Voy a ayudarte a abrirla legalmente.
Por primera vez, alguien no le prometía venganza.
Le prometía verdad.
Tres días después enterraron a Lucas.
Valeria permaneció frente a la tumba hasta que todos se marcharon.
Adrian esperó a varios metros.
No intentó apresurarla.
Cuando finalmente regresó hacia él, Valeria llevaba los ojos secos.
—Quiero recuperar el nombre de mi familia.
—Lo recuperarás.
—Quiero demostrar que Lucas era inocente.
Adrian asintió.
—Ya estamos revisando su expediente.
Valeria levantó la mirada.
—Y quiero que Ethan pierda exactamente lo que utilizó para destruirnos.
Adrian guardó silencio unos segundos.
—Entonces no ataques su dinero.
—¿Por qué?
—Porque hombres como Ethan pueden recuperar dinero.
Adrian miró hacia la tumba.
—Haz que pierda aquello que compra con él: influencia, reputación e impunidad.
Dos semanas después, Ethan organizó una gala para anunciar públicamente su unión empresarial con la familia Reed.
Natalie apareció cubierta de diamantes.
Ethan sonreía ante las cámaras.
Hasta que las puertas del salón se abrieron.
Valeria entró.
Pero aquella vez no llevaba ropa desgastada.
Vestía de negro.
A su lado caminaba Adrian.
Los murmullos comenzaron inmediatamente.
El padre de Ethan fue el primero en reconocerlo.
Se levantó tan rápido que derribó su copa.
—Blackwood.
Natalie miró a Ethan.
—¿Quién es?
Ethan no respondió.
Porque acababa de comprender algo que Valeria había intentado decirle desde el principio.
Ella realmente se había casado.
Y había elegido al único hombre cuya presencia podía hacer temblar las alianzas que los Whitmore habían tardado décadas en construir.
Valeria se detuvo frente a Ethan.
Él apretó los dientes.
—¿Viniste a presumir a tu nuevo marido?
—No.
Sacó una carpeta.
—Vine por Lucas.
El salón quedó en silencio.
—La fiscalía reabrió su caso —continuó—. Las pruebas utilizadas para condenarlo están siendo investigadas.
El padre de Ethan palideció.
Valeria dejó otro documento sobre la mesa.
—También investigarán la caída de Cross Industries.
Ethan se levantó.
—No sabes con quién estás jugando.
Valeria sonrió.
—Ese fue exactamente mi error durante años.
Adrian dio un paso hacia ella.
No necesitó amenazar a nadie.
Su sola presencia bastó.
Valeria sostuvo la mirada de Ethan.
—Tú me enviaste al otro lado del mundo creyendo que regresaría destruida.
Después tomó la mano de Adrian.
—Lo que nunca imaginaste fue que allí encontraría al hombre que me enseñaría a dejar de tenerte miedo.
En ese instante, varios teléfonos comenzaron a vibrar alrededor del salón.
Una noticia acababa de publicarse.
La investigación sobre Lucas Cross había sido oficialmente reabierta.

Y entre los nombres vinculados al expediente aparecía uno que hizo desaparecer definitivamente la sonrisa de Ethan:
Ethan Whitmore.
Valeria observó cómo el hombre que había destruido a su familia comprendía que aquella noche no estaba terminando una fiesta.
Estaba comenzando su caída.