Guardé el teléfono antes de que Adrian pudiera ver la fotografía.
—¿Ocurre algo? —preguntó.
Puse mi mejor expresión confundida.
—No. Solo un mensaje equivocado.
Sophia seguía mirándome con demasiada atención.
—Deberías descansar —dijo—. Después de un golpe así, cualquier recuerdo podría confundirte.
Aquella frase me heló.
No sonaba preocupada.
Sonaba como una advertencia.
Subí lentamente las escaleras.
—¿Cuál era mi habitación?
Sophia señaló el dormitorio principal.
—Esa.
Adrian la miró de inmediato.
—Sophia.
Demasiado tarde.
Una supuesta amiga acababa de demostrar que conocía perfectamente qué habitación compartíamos.
Sonreí.
—Debimos ser muy cercanas.
Sophia palideció.
—Venía mucho antes de tu accidente.
—Ya veo.
Entré y cerré la puerta.
Entonces abrí nuevamente el mensaje.
Había otro.
«No confíes en nadie. Revisa el cajón inferior de tu escritorio.»
Mi despacho estaba al final del pasillo.
Esperé hasta escuchar a Adrian y Sophia discutir abajo.
Luego entré.
Dentro del cajón encontré una memoria USB pegada debajo de una carpeta.
La conecté al portátil.
Había fotografías.
Extractos bancarios.
Correos.
Y finalmente un video de seguridad.
La grabación mostraba el estacionamiento de mi oficina la noche del accidente.
Mi automóvil estaba allí.
A las 8:43, apareció un hombre con uniforme de mantenimiento.
Se agachó junto a mi vehículo.
Permaneció allí casi cuatro minutos.
Cuando se levantó, giró hacia la cámara.
Lo reconocí.
No era Adrian.
Era Michael Reeves, el conductor privado de Sophia.
Sentí que me faltaba el aire.
Seguí revisando.
Encontré transferencias realizadas desde una cuenta vinculada a Sophia hacia Michael apenas dos días antes del accidente.
Veinte mil dólares.
Pero todavía faltaba algo.
¿Por qué?
La respuesta apareció en una carpeta titulada simplemente:
WALKER TRUST.
Entonces recordé.
Tres meses antes del accidente, mi abuela había fallecido.
Yo había heredado acciones de una empresa familiar valoradas en varios millones.
Adrian sabía de la herencia.
Sophia también.
Pero había una condición que ninguno parecía haber entendido correctamente.
Si yo moría mientras seguía casada, Adrian no recibía automáticamente aquellas acciones.
Regresaban al fideicomiso familiar.
En cambio, si yo firmaba determinados documentos de transferencia durante el matrimonio…
Abrí el acuerdo de divorcio que había fotografiado en el hospital antes de firmarlo.
Y allí estaba.
Página treinta y siete.
Escondida entre cláusulas patrimoniales.
Una autorización para transferir determinados derechos económicos a una sociedad llamada SB Capital.
SB.
Sophia Bennett.
Solté una risa sin humor.
Ahora comprendía por qué Sophia sabía que había firmado.
El divorcio no había sido únicamente la oportunidad de Adrian para librarse de mí.
Alguien había utilizado mi supuesta amnesia para intentar hacerme firmar algo que creía que yo jamás descubriría.
Llamé inmediatamente a mi abogado.
—Thomas, necesito que revises el acuerdo que firmé.
—Claire, ya lo hice.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Por eso intentaba localizarte.
Su voz se endureció.
—Hay una cláusula que nunca debería estar ahí. Ya inicié las acciones necesarias para impugnarla. No firmes absolutamente nada más.
—¿Adrian la puso?
—No lo sé.
Eso era precisamente lo aterrador.
Yo tampoco.
Aquella noche cenamos los tres.
Sophia actuaba como si ya fuera la dueña de la casa.
—¿De verdad no recuerdas nada de Adrian? —preguntó.
Miré a mi exmarido.
—Nada.
Él dejó los cubiertos.
Por alguna razón, mi respuesta pareció dolerle.
Sophia sonrió.
—Quizá sea mejor así.
Entonces decidí probarlos.
—Encontré algo extraño en mi habitación.
Ambos levantaron la mirada.
—¿Qué encontraste? —preguntó Adrian inmediatamente.
Sophia apretó la copa.
Sonreí.
—Una fotografía de nuestra boda.
Adrian relajó los hombros.
Sophia también.
Aquello confirmó algo.
Los dos ocultaban secretos.
Pero no necesariamente el mismo.
Horas después escuché voces en el estudio.
Me acerqué sin hacer ruido.
Sophia estaba furiosa.
—¡Dijiste que después de firmar todo sería mío!
Adrian respondió:
—Te dije que el divorcio terminaría mi matrimonio. Nunca te prometí las acciones de Claire.
Mi respiración se detuvo.
—Entonces ¿por qué aparece SB Capital en el acuerdo? —preguntó Sophia.
Silencio.
Después Adrian habló lentamente.
—¿Cómo sabes eso?
Sophia no respondió.
—Sophia —repitió él—. ¿Qué hiciste?
Escuché una silla moverse.
—No me mires así.
—¿Qué hiciste?
—Lo que tú nunca tuviste valor de hacer.
Entonces Adrian pronunció una frase que cambió todo.
—¿Tuviste algo que ver con su accidente?
Sophia guardó silencio.
No necesité escuchar más.
Retrocedí.
Entré en mi habitación.
Y llamé a Thomas.
A la mañana siguiente salí de aquella casa acompañada por mi abogado.
La evidencia fue entregada a las autoridades para que investigaran tanto el accidente como los documentos.
No enfrenté a Sophia.
No necesitaba una confesión dramática.
Necesitaba pruebas.
Adrian me alcanzó antes de que subiera al automóvil.
—Claire.
Me giré.
—¿Sí?
—Tú recuerdas.
No era una pregunta.
Sonreí.
Por primera vez desde el hospital dejé de actuar.
—Cada segundo.
Su rostro se descompuso.
—Entonces… ¿sabías quién era yo cuando firmaste?
—Sí.
—¿Y aun así aceptaste divorciarte?
—Adrian, fingí olvidar mi vida.
Lo miré directamente a los ojos.
—Pero divorciarme de ti fue la primera decisión que tomé completamente consciente.
Subí al automóvil.
Mi plan había comenzado como una mentira para escapar de un matrimonio muerto.
Terminó revelando algo mucho peor.
Sophia había creído que mi amnesia me convertía en una víctima perfecta.

Adrian creyó que me daba la oportunidad perfecta para abandonarme.
Los dos se equivocaron.
Porque mientras ellos celebraban que Claire Walker supuestamente no recordaba nada…
Claire Morgan estaba recordando exactamente quién quería volver a ser.