Seguí revisando los movimientos hasta que apareció una transferencia que me hizo dejar de respirar.
480.000 pesos.
Beneficiaria:
Teresa Salazar.
Mi suegra.
Dos semanas después había otra.
320.000 pesos — Javier Salazar.
Luego 175.000 para Carlos.
Hice las cuentas.
Durante ocho meses, Rodrigo había sacado casi todo nuestro fondo familiar y lo había repartido entre cuentas vinculadas con su familia.
—Sofía… yo nunca autoricé esto.
—Descarga todo —respondió—. Absolutamente todo.
Lo hice.
Entonces apareció algo todavía más extraño.
Tres días antes de acusar a mamá del supuesto robo, Rodrigo había transferido exactamente:
21.000 pesos.
Destino: Javier.
Me quedé mirando la cifra.
El dinero nunca había estado perdido.
Rodrigo sabía perfectamente dónde estaba.
—Inventó el robo —susurré.
Sofía guardó silencio.
Y entonces entendí la pregunta verdaderamente importante.
¿Por qué necesitaba echar a mamá?
La respuesta llegó esa misma tarde.
Mamá estaba declarando lo ocurrido cuando recordó algo.
—Mariana… hace unos días vi unos papeles en el escritorio de Rodrigo.
—¿Qué papeles?
—Documentos del departamento.
Sentí un escalofrío.
—¿Estás segura?
—Sí. Estaba limpiando y vi tu nombre. También había una hoja con una firma parecida a la tuya.
Sofía levantó inmediatamente la cabeza.
—¿Parecida?
Mamá asintió.
—Pero Mariana no firma así.
Dos horas después, Sofía pidió revisar la situación registral de la propiedad.
Y ahí apareció el verdadero motivo.
Rodrigo llevaba semanas intentando preparar una operación financiera utilizando nuestra parte del departamento como respaldo.
Para lograrlo necesitaba documentación que yo jamás había aceptado firmar.
Y mamá lo había visto.
Por eso tenía que convertirla en una ladrona antes de que pudiera hablar.
Por eso los 21.000 pesos.
Por eso la bofetada.
Por eso el ultimátum.
No quería echarla porque hubiera robado.
Quería desacreditar al único testigo que había descubierto lo que estaba haciendo.
Esa noche Rodrigo finalmente me llamó.
—¿Ya se te pasó el berrinche?
Activé la grabación.
—Encontré las transferencias.
Silencio.
Solo duró dos segundos.
Pero bastó.
—¿Qué transferencias?
—Las de nuestra cuenta.
—Ese dinero también es mío.
—¿Todo?
—Mi familia necesitaba ayuda.
Casi me reí.
—Sacaste más de un millón de pesos sin decírmelo.
—Porque sabía cómo reaccionarías.
—¿Y los 21.000?
Otra pausa.
—¿Qué pasa con ellos?
—Los transferiste a Javier tres días antes de acusar a mi madre de robarlos.
Rodrigo dejó de hablar.
Entonces su voz cambió.
—Mariana, regresa a casa y hablamos.
Por primera vez ya no sonaba arrogante.
Sonaba preocupado.
—¿Por qué? Dijiste que no volviera.
—Estaba enojado.
—Golpeaste a mi madre.
—Ella me provocó.
Aquellas cuatro palabras terminaron cualquier duda que pudiera quedarme.
—Mi abogada se comunicará contigo.
—¿Abogada?
Su voz subió.
—¡Mariana, no hagas estupideces!
Colgué.
A la mañana siguiente Rodrigo apareció en el hotel.
No sé cómo averiguó dónde estábamos.
Mamá y yo desayunábamos cuando lo vi entrar.
—Necesitamos hablar en privado.
—No.
—Soy tu esposo.
—Por ahora.
Su rostro se endureció.
—Tu madre está destruyendo nuestra familia.
Mamá bajó la taza.
Yo me levanté.
—Mi madre vio los documentos, ¿verdad?
Rodrigo se quedó inmóvil.
Fue suficiente.
—¿Qué documentos? —preguntó demasiado rápido.
—Los que tenían una firma parecida a la mía.
El color desapareció de su rostro.
—No sabes de qué estás hablando.
—Entonces será fácil explicárselo a mi abogada.
Rodrigo miró a mamá.
Y en sus ojos vi algo que finalmente me permitió comprender aquella tarde.
No había sido rabia.
Había sido miedo.
Miedo de que ella hablara.
Miedo de que yo revisara las cuentas.
Miedo de que todo saliera a la luz.
—Mariana —dijo—, podemos solucionarlo.
—Ya lo estamos solucionando.
Me aparté.
—Sin ti.
Las semanas siguientes fueron desagradables.
Hubo abogados, documentación bancaria y una investigación sobre los papeles que Rodrigo había estado preparando.
Yo no recuperé mágicamente todo el dinero.
La realidad no funciona así.
Pero los movimientos quedaron documentados y pasaron a formar parte del conflicto patrimonial del divorcio.
También quedó documentada la agresión contra mamá.
Rodrigo dejó de llamarla ladrona.
Curiosamente, cuando tuvo que sostener aquella acusación fuera de nuestra cocina, ya no parecía tan seguro.
Meses después firmamos el divorcio.
Antes de salir del despacho, Rodrigo me miró.
—Destruiste siete años por dinero.
Lo observé durante unos segundos.
—No.
—Entonces ¿por qué?
Pensé en mamá sentada junto al comedor con la mejilla roja.
En los 21.000 pesos inventados.
En nuestras cuentas vacías.
En la firma que no reconocía.
—Porque el día que me obligaste a elegir entre mi madre y tú, creíste que estaba eligiendo una persona.
Tomé mi bolso.
—En realidad estaba eligiendo entre seguir viviendo una mentira o salir de ella.
Mamá me esperaba afuera.
Cuando me vio, abrió los brazos.
Yo la abracé.

Aquella tarde comprendí que Rodrigo sí había conseguido echar a alguien de aquella casa.
Solo que no había sido a mi madre.
Había terminado expulsándose él mismo de mi vida.