PARTE 2: EL CONEJO QUE NADIE DEBIÓ ABRIR

Sofía avanzó lentamente hacia el centro de la sala.

Sus pequeñas manos abrazaban con tanta fuerza aquel viejo conejo de peluche que los nudillos se le habían puesto blancos.

Valeria sintió un nudo en la garganta.

Durante los cuatro años que había convivido con la niña, ese conejo nunca se separaba de ella. Dormía con él, viajaba con él y hasta lo llevaba escondido cuando Rodrigo decía que ya estaba demasiado grande para esas cosas.

La jueza sonrió con suavidad.

—No tengas miedo, Sofía. Aquí nadie puede hacerte daño.

La niña levantó la mirada.

No miró a su padre.

Corrió directamente hacia Valeria y se abrazó a su cintura con cuidado de no tocar su embarazo.

—Perdón… —susurró llorando—. Yo no quería guardar el secreto.

Rodrigo se puso de pie de inmediato.

—¡Su Señoría, la menor está confundida!

—Siéntese inmediatamente, señor Salazar.

La voz de la jueza hizo que toda la sala volviera a guardar silencio.

Sofía seguía llorando.

—Papá dijo que si hablaba… ya nunca me iba a querer.

Valeria sintió que el corazón se le rompía.

Le acarició el cabello.

—Mi amor… nadie puede dejar de quererte por decir la verdad.

Fernanda cruzó los brazos.

—Eso es ridículo. Solo es una niña imaginando cosas.

Pero la jueza ya observaba cada gesto de ambos.

—Sofía… ¿qué secreto guardaste?

La niña miró el conejo de peluche.

Lo abrazó aún más fuerte.

—Está aquí.

Toda la sala quedó inmóvil.

La jueza frunció el ceño.

—¿Qué está aquí?

—La verdad.

Rodrigo perdió el color del rostro.

—¡Basta! ¡Ese juguete no tiene nada que ver!

La jueza giró lentamente hacia él.

—Curioso.

—¿Qué cosa?

—Todavía no sabemos qué hay dentro del peluche… y usted ya sabe que no tiene nada que ver.

Rodrigo abrió la boca, pero ninguna palabra salió.

Fernanda comenzó a mover nerviosamente el pie.

Sofía levantó el conejo.

—Papá y Fernanda abrieron un hoyito aquí…

Señaló la costura del lomo.

—…y metieron unas cosas.

La auxiliar judicial recibió el peluche con extremo cuidado.

Había una pequeña costura reciente.

Tan perfecta que pasaba desapercibida.

La jueza observó a Rodrigo.

—¿Autoriza que revisemos el interior?

—¡No! Es propiedad de mi hija.

—Precisamente por eso debemos asegurarnos de que no exista ningún objeto peligroso oculto.

Rodrigo apretó los puños.

Ya era demasiado tarde.

La auxiliar tomó unas pequeñas tijeras de evidencia y cortó cuidadosamente la costura.

El algodón comenzó a salir lentamente.

Después apareció una bolsa transparente.

Dentro había una memoria microSD.

Dos llaves.

Y un sobre doblado varias veces.

Toda la sala contuvo la respiración.

La jueza abrió primero el sobre.

Su expresión cambió por completo mientras leía.

Luego levantó la vista hacia Rodrigo.

—¿Reconoce esta carta?

Él tragó saliva.

No respondió.

Fernanda ya no podía ocultar el temblor de sus manos.

La jueza dejó el documento sobre la mesa.

—Esta carta está firmada por usted hace tres meses.

Valeria observó sin entender.

—¿Qué dice?

La jueza guardó unos segundos de silencio antes de responder.

—Habla de transferir todos los bienes familiares antes del divorcio… para impedir que la señora Montes pudiera reclamarlos.

La sala estalló en murmullos.

Pero aún faltaba algo.

La auxiliar entregó la memoria microSD a un perito informático que se encontraba presente para otra audiencia.

La conectó a una computadora del juzgado.

Aparecieron varios videos.

El primero comenzó a reproducirse automáticamente.

La imagen mostraba la sala de la casa de Rodrigo.

La fecha era de apenas cinco días atrás.

Se escuchaba claramente la voz de Fernanda.

—Cuando nazca el bebé, Valeria ya no tendrá nada. Firmará lo que sea.

Luego apareció Rodrigo, riéndose.

Y pronunció una frase que hizo que incluso la secretaria del juzgado dejara de escribir.

—Si hasta mi propia hija escondió las pruebas en el peluche sin saber lo que llevaba… nadie las va a encontrar jamás.

Sofía rompió a llorar.

Valeria la abrazó con fuerza.

Mientras tanto, Rodrigo comprendió que no había perdido solamente el juicio.

Acababa de destruir, con su propia voz, la única versión de la historia que todavía podía salvarlo.

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