Sebastian llegó a casa a las dos de la madrugada.
Entró todavía vestido con el traje de la celebración de Amelia.
—¿Qué significa esto?
Arrojó los papeles del divorcio sobre la mesa.
Yo estaba esperándolo.
—Significa exactamente lo que dice.
—¿Por una fiesta?
Casi sonreí.
—Era nuestro aniversario.
Sebastian se quedó callado.
Por su expresión comprendí que realmente lo había olvidado.
—Podemos hablar mañana —dijo finalmente—. Estás alterada.
—No hay nada que hablar.
Empujé otra carpeta hacia él.
—Solo tienes que firmar.
La abrió.
Entonces frunció el ceño.
—¿Qué significa que Cole Jewelry pierde los derechos sobre la colección Aurora?
Ahí estaba.
La primera preocupación verdadera de la noche.
No nuestro matrimonio.
El negocio.
—Significa que Aurora nunca perteneció a Cole Jewelry.
Cinco años antes de casarnos, mi abuela me había dejado una pequeña casa de joyería prácticamente desconocida.
Con ella heredé diseños, patentes y, sobre todo, una técnica exclusiva para tallar determinadas piedras.
Sebastian necesitaba aquella propiedad intelectual cuando su empresa estaba al borde de perder a sus principales inversionistas.
Yo le concedí una licencia.
No se la regalé.
Durante años, Aurora se convirtió en la colección más rentable de su compañía.
Incluso las famosas joyas que Sebastian diseñaba “personalmente” para Amelia utilizaban elementos protegidos por aquella licencia.
—Eso es absurdo —murmuró.
—Lee la cláusula siete.
Sebastian leyó.
Su rostro cambió.
La licencia podía revocarse si nuestra relación comercial terminaba junto con el matrimonio.
—No puedes hacer esto.
—Ya lo hice.
Se levantó.
—Miles de pedidos dependen de Aurora.
—Entonces deberías haber leído mejor los contratos.
Su teléfono comenzó a sonar.
Director financiero.
Después vicepresidente comercial.
Luego su abogado.
No respondió.
Me miró como si estuviera viendo por primera vez a la mujer con quien llevaba tres años casado.
—¿Cuánto quieres?
Aquello terminó de destruir cualquier duda que me quedara.
—Nada.
—Todo el mundo quiere algo.
—Yo quería un esposo.
Me levanté.
—Ya entendí que tampoco tienes eso para ofrecerme.
A la mañana siguiente, Cole Jewelry suspendió temporalmente dos campañas.
Para el mediodía, varios distribuidores exigían explicaciones.
Y entonces ocurrió algo que Sebastian jamás había previsto.
La prensa descubrió que el collar de estrella entregado a Amelia había sido creado utilizando una variante de uno de mis diseños registrados.
La historia cambió inmediatamente.
Ya no era:
“Sebastian celebra a Amelia con 9.999 linternas.”
Ahora preguntaban:
“¿El empresario regaló a su amante una joya basada en propiedad intelectual de su esposa?”
Amelia me llamó.
—Estás haciendo esto para humillarme.
—No, Amelia.
Miré por la ventana.
—Tú necesitaste 9.999 linternas para sentirte elegida. Yo solo necesité un contrato para recordar quién soy.
Colgó.
Sebastian apareció esa misma tarde.
Esta vez no estaba furioso.
Estaba desesperado.
—Retira la revocación.
—No.
—Puedo terminar con Amelia.
Lo miré sorprendida.
—¿Crees que ese sigue siendo el problema?
—Podemos empezar otra vez.
Negué lentamente.
—Hace tres años empezamos juntos.
—Tú elegiste terminar solo.
Entonces coloqué aquella pulsera de platino sobre la mesa.
El mismo regalo repetido durante tres aniversarios.
—Llévatela.
Sebastian no la tocó.
—¿Por qué?
—Porque resume perfectamente nuestro matrimonio.
Caminé hacia la puerta.
—Bonito por fuera. Vacío por dentro. Y elegido por otra persona.
Dos meses después firmamos el divorcio.
Cole Jewelry sobrevivió.
Pero tuvo que renegociar contratos, retirar diseños y reconstruir colecciones enteras sin mi propiedad intelectual.
Amelia desapareció de sus eventos poco después de que las cámaras dejaran de convertirla en protagonista.
Yo recuperé mi apellido, mi empresa y mis diseños.
La prensa volvió a preguntarme por Sebastian una última vez.
—¿Se arrepiente de haber terminado su matrimonio?
Pensé en las 9.999 linternas.
Después sonreí.
—No.

Porque Sebastian había cometido un error sencillo.
Creyó que podía iluminar el cielo para otra mujer y mantenerme esperando en la oscuridad.
Nunca imaginó que la luz más valiosa de su imperio…
era precisamente la que acababa de marcharse.