PARTE 2: LA DEUDA DE SU MADRE LA LLEVÓ HASTA ÉL… PERO MARCELO SE NEGÓ A COBRARLE COMO TODOS ESPERABAN

Cuando la mujer despertó, tardó varios segundos en comprender dónde estaba.

Luego vio la bata sobre sus hombros.

Y después a Marcelo.

Se levantó sobresaltada.

—Perdón. Yo… estaba buscando los baños termales para invitados.

Vicente dio un paso adelante.

—Entró en una zona privada.

Ella palideció.

—Lo siento muchísimo. Puedo irme ahora mismo.

Marcelo señaló una silla.

—Primero siéntate.

—Estoy bien.

—No he dicho que no lo estés.

Sus ojos bajaron brevemente hacia los moretones.

Ella escondió inmediatamente el brazo.

—¿Cómo te llamas?

—Camila Ortega.

Algo cambió en el rostro de Marcelo.

Vicente también lo notó.

—¿Ortega? —preguntó.

Camila asintió.

Marcelo permaneció en silencio unos segundos.

—¿Hija de Elena Ortega?

Ahora fue Camila quien se tensó.

—¿Conoce a mi madre?

Marcelo no respondió directamente.

Ordenó traerle ropa seca, comida y un automóvil para llevarla a casa.

Camila parecía desconcertada.

—Señor Castañeda, de verdad puedo pagar cualquier gasto que haya causado.

—No has causado ninguno.

Ella se marchó sin comprender por qué todos la observaban.

En cuanto el automóvil desapareció, Vicente habló.

—¿Es ella?

Marcelo miró el expediente que acababan de enviarle al teléfono.

Elena Ortega.

Deuda pendiente: 1.780.000 dólares.

Durante años, Elena había pedido dinero a empresas vinculadas a los Castañeda para mantener a flote una cadena de restaurantes que finalmente quebró.

Había refinanciado.

Incumplido.

Vuelto a pedir.

Y ahora los acreedores querían ejecutar las garantías.

Pero había algo peor.

Una de aquellas garantías estaba a nombre de Camila.

—Ella no sabe nada —dijo Marcelo.

Vicente abrió el expediente completo.

Entonces encontró la firma.

—Parece que su madre utilizó sus documentos.

Marcelo entrecerró los ojos.

—Verifícala.

Aquella misma noche llegó el informe.

La firma de Camila había sido falsificada.

También habían utilizado una copia de su identificación para presentarla como avalista.

Y los moretones tenían otra explicación.

Dos cobradores contratados por un intermediario habían ido a buscar a Elena.

No la encontraron.

Encontraron a Camila.

Marcelo cerró lentamente el expediente.

—Tráeme todos los contratos originales.

—¿Vamos a ejecutar la deuda?

Marcelo levantó la mirada.

—No contra ella.

Dos días después Camila recibió una llamada.

Cuando llegó a las oficinas de Castañeda Holdings, encontró a su madre sentada frente a una mesa enorme.

Elena estaba llorando.

Había abogados alrededor.

Y Marcelo permanecía junto a la ventana.

—Mamá, ¿qué está pasando?

Elena intentó abrazarla.

Camila retrocedió.

Sobre la mesa reconoció inmediatamente una copia de su documento de identidad.

Después vio contratos.

Y su supuesta firma.

—¿Qué hiciste?

Elena comenzó a justificarse.

Que pensaba devolverlo.

Que la empresa necesitaba sobrevivir.

Que todo había sido por la familia.

Finalmente confesó la cifra.

—Un millón setecientos ochenta mil.

Camila se quedó sin palabras.

—¿Me convertiste en avalista?

—Solo necesitaba tiempo.

—¡Usaste mi nombre!

Elena comenzó a llorar más fuerte.

—¡Soy tu madre!

Marcelo habló por primera vez.

—Precisamente por eso debía protegerte.

Elena lo miró aterrorizada.

—Señor Castañeda, podemos llegar a un acuerdo.

—Ya llegué a uno.

Su abogado colocó varios documentos frente a Camila.

Marcelo había ordenado eliminar inmediatamente cualquier reclamación contra ella y presentar pruebas de la falsificación para liberar su nombre de aquellas garantías.

Camila levantó la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque tú no pediste ese dinero.

—Pero mi madre se lo debe a su familia.

—Tu madre.

Marcelo hizo una pausa.

—No tú.

Elena se puso de pie.

—¡Entonces qué quiere de mí!

Todos esperaban una cifra.

Una propiedad.

Una amenaza.

Marcelo simplemente deslizó otro documento hacia ella.

—Quiero que responda por lo que realmente firmó.

Elena leyó.

Su rostro perdió el color.

Las garantías legítimas incluían sus participaciones empresariales, dos propiedades y varios activos que había intentado transferir secretamente semanas antes.

No iba a pagar Camila.

Iba a pagar quien había contraído la deuda.

Camila miró a Marcelo.

—¿Y los hombres que vinieron a buscarme?

La mandíbula de él se endureció.

—Ya no trabajan para ninguna empresa relacionada conmigo.

Vicente añadió:

—Y sus acciones están siendo investigadas.

Camila bajó lentamente la vista hacia sus brazos.

Por primera vez desde que había entrado accidentalmente en aquel manantial, pareció respirar sin miedo.

Marcelo tomó la misma bata gris que ella había devuelto perfectamente doblada.

La dejó sobre una silla.

—Por cierto, señorita Ortega.

Camila lo miró.

—La próxima vez que quiera dormir en mi manantial, use la entrada principal.

Ella parpadeó.

—¿La próxima vez?

Marcelo apenas sonrió.

—Ahora ya sabe dónde está.

Y fue entonces cuando todos comprendieron qué había dejado realmente sin palabras a la familia Castañeda.

Marcelo podía haber utilizado una deuda de casi dos millones para convertir a Camila en rehén de los errores de su madre.

En cambio, había hecho exactamente lo contrario.

La había liberado de ellos.

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