Me quedé mirando aquella frase durante varios segundos.
«Encontrar una manera de que se quede.»
—¿Qué haces?
La voz de Alexander sonó detrás de mí.
Me giré lentamente con el contrato en la mano.
Por primera vez, el hombre que siempre tenía una respuesta preparada pareció nervioso.
—¿Cuándo tachaste esta cláusula?
Alexander guardó silencio.
—¿Antes o después de aquella llamada accidental?
—Después.
—¿Y pensabas decírmelo?
—Cuando encontrara una forma menos humillante.
Casi reí.
—Alexander Hawthorne, ¿humillado?
Se acercó.
—Pasé un año convencido de que nuestro acuerdo era perfecto. Hasta que me llamaste preguntando cuándo volvería a casa.
—Fue un error.
—Lo sé.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—El problema fue que me gustó que alguien me esperara.
Recordé el hospital.
Sus negociaciones absurdas por diez minutos más de trabajo.
Las orejas rojas cuando lo cuidaba.
Y comprendí que algo también había cambiado en mí.
Pero todavía quedaba una pregunta.
—No puedes modificar nuestro contrato tú solo.
—No lo hice.
Alexander abrió la caja fuerte y sacó otra carpeta.
Dentro estaba el documento legal original.
Intacto.
La copia tachada solo era suya.
—Nunca intenté obligarte a quedarte —dijo—. Esa nota era para mí.
Entonces colocó frente a mí otro documento.
Era la rescisión anticipada del matrimonio contractual.
Ya estaba firmado por él.
—Puedes marcharte mañana y recibirás toda la compensación acordada.
Lo miré sorprendida.
—¿Entonces por qué preparaste esto?
—Porque si algún día te quedas, quiero saber que fue porque elegiste hacerlo.
Aquello terminó de destruir nuestro matrimonio falso.
No nos divorciamos aquella noche.
Tampoco convertimos de repente tres años de contrato en una historia perfecta.
Empezamos otra vez.
Primera cita.
Primera discusión sin reglas comerciales.
Primera noche cenando juntos porque queríamos, no porque hubiera fotógrafos.
Meses después regresamos al restaurante donde había ocurrido aquella apuesta.
Sus amigos comenzaron a burlarse en cuanto nos vieron.
—Hawthorne, cuidado. Tu esposa podría llamarte para mandarte a casa.
Alexander levantó su copa.
—Ya no hace falta.
Me tomó suavemente de la mano.
—Ahora vuelvo porque quiero.
Un año después firmamos un segundo documento.
No tenía compensación.
No tenía fecha de vencimiento.
Y, sobre todo, no tenía ninguna cláusula que prohibiera enamorarse.
Alexander guardó el antiguo contrato en la caja fuerte.

Nunca volvió a tachar la fecha de divorcio.
Simplemente escribió encima:
CANCELADO.