PARTE 2: JAVIER CREYÓ QUE SOLO IBA A PERDER A SU ESPOSA, HASTA QUE DESCUBRIÓ TODO LO QUE HABÍA FALSIFICADO

A las ocho de la mañana, mi abogado ya tenía copias del aval, las transferencias y los movimientos de nuestras cuentas.

A las nueve presentamos la impugnación de la garantía sobre la casa de mi madre.

A las diez solicitamos medidas para impedir que determinados bienes desaparecieran mientras se investigaban las operaciones.

Javier regresó poco después del mediodía.

Parecía agotado.

—Sofía está embarazada —dijo nada más entrar—. Por eso estaba asustada anoche.

Lo miré.

—Ya lo sé.

Se quedó inmóvil.

Dejé sobre la mesa una copia de la transferencia.

“Casa para el bebé.”

Su rostro cambió.

—Revisaste mis documentos.

—Revisé los míos.

Puse delante de él el aval bancario.

—Especialmente este.

Javier bajó los ojos hacia mi supuesta firma.

Por primera vez desde que lo conocía, no tuvo una respuesta preparada.

—Claudia, puedo explicarlo.

—Perfecto.

Saqué el teléfono.

—Explícaselo a mi abogado.

Entonces entendió.

—¿Qué hiciste?

—Lo necesario.

Su teléfono comenzó a sonar.

Primero su asesor financiero.

Después el banco.

Luego alguien de su empresa.

Javier contestó la tercera llamada y perdió el color.

—¿Cómo que la operación está suspendida?

Me miró.

La casa que pretendía comprar para Sofía dependía de una estructura financiera respaldada, en parte, por aquella garantía.

Y aquella garantía acababa de convertirse en evidencia.

—¿Quieres destruirme por una infidelidad?

—No.

Me levanté.

—Quiero divorciarme por la infidelidad. Lo demás te lo hiciste tú solo.

Aquella tarde Sofía apareció en casa.

Ya no parecía dulce.

—¡Me prometiste esa casa! —le gritó a Javier desde la entrada—. ¡Dijiste que Claudia jamás revisaba nada!

Silencio.

Javier giró lentamente hacia ella.

Yo también.

Sofía comprendió demasiado tarde lo que acababa de admitir.

Mi teléfono estaba grabando.

—¿Desde cuándo sabías de mis cuentas? —pregunté.

Ella palideció.

—Yo no he dicho eso.

—Acabas de hacerlo.

Javier intentó quitarme el móvil.

Retrocedí.

—Vuelve a tocarme y esta conversación cambia todavía más.

Se detuvo.

Durante las semanas siguientes apareció el resto.

Pagos escondidos.

Facturas manipuladas.

Dinero común utilizado para mantener la relación.

Y la falsificación vinculada a la propiedad de mi madre.

El divorcio dejó de ser el mayor problema de Javier.

Sofía tampoco permaneció a su lado mucho tiempo cuando comprendió que la vida que él le había prometido dependía de dinero que podía dejar de controlar.

Meses después, Javier me esperó frente al despacho de mi abogado.

Parecía diez años mayor.

—Perdí mi matrimonio.

Negué lentamente.

—No, Javier.

—Perdiste nuestro matrimonio cuando decidiste que otra mujer merecía mi dinero, mi patrimonio y tu protección.

Di un paso hacia él.

—Lo que descubriste después fue peor.

—¿Qué?

Sonreí.

—Que la esposa “difícil” a la que querías reemplazar era precisamente la mujer que llevaba años manteniendo en pie la vida con la que impresionabas a tu amante.

Pasé junto a él.

No volví a mirar atrás.

La casa de mi madre siguió siendo mía.

Y Javier finalmente consiguió lo que tanto decía querer:

una vida en la que yo ya no estaba para resolverle nada.

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