Adrian no me siguió inmediatamente.
Eso fue lo que terminó de convencerme.
Durante cuatro años, cada vez que yo me alejaba enfadada, él aparecía antes de que llegara a la puerta.
Aquella noche no.
Porque Elena seguía rodeada por los Hayes.
Porque había cuarenta invitados observándolo.
Porque corregir públicamente lo ocurrido habría significado elegir entre mi dignidad y los intereses de su familia.
Y Adrian siempre había creído que podía elegirme después.
Salí sola.
A la mañana siguiente abandoné la casa donde habíamos vivido.
No me llevé muebles.
Ni joyas de los Foster.
Solo mi ropa, mis documentos y una caja que llevaba años guardada debajo de la cama.
Dentro estaban mis antiguas zapatillas de ballet.
Antes de lesionarme, había sido bailarina profesional.
Después del accidente, los médicos dijeron que volver al escenario sería difícil.
Adrian me abrazó aquella noche.
—No importa. Yo cuidaré de ti.
Convertí aquellas palabras en una vida.
Dejé la rehabilitación intensiva.
Rechacé una plaza como instructora en Londres.
Y terminé creyendo que perder el escenario no importaba porque tenía un matrimonio.
Ahora ya no tenía ninguno de los dos.
Así que llamé a Londres.
—¿Sigue disponible aquella plaza?
Hubo un silencio.
—Nora, eso fue hace dos años.
—Lo sé.
—Pero estamos abriendo un programa para bailarines que regresan después de lesiones. Necesitamos una coordinadora.
Apreté el teléfono.
—¿Cuándo tendría que empezar?
—En tres semanas.
—Acepto.
El día diez, Adrian me escribió:
“¿Dónde estás?”
No respondí.
Día diecisiete:
“El abuelo pregunta por ti.”
Respondí únicamente:
“Cuando salga del hospital iré a visitarlo.”
Día veintinueve:
“Elena devolverá el broche.”
Lo dejé sin leer durante horas.
Después llegó otro.
“No significa nada para mí.”
Sonreí.
Ese era precisamente el problema.
Para Adrian nada significaba demasiado mientras creyera que podía arreglarlo después.
El día treinta y cuatro fui al hospital.
Su abuelo acababa de salir de cirugía.
Cuando me vio, extendió una mano.
—Nora.
Me senté junto a él.
—¿Por qué nadie me dijo la verdad?
No fingí no entender.
—Porque usted estaba enfermo.
—Pregunté por qué te divorciaste.
Guardé silencio.
El anciano cerró los ojos.
—Adrian dijo que era temporal.
—Para él.
Me miró.
Entonces comprendió.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿Adónde?
—Londres.
Sus dedos apretaron los míos.
—¿Y Adrian?
—Adrian tiene un recordatorio.
El anciano soltó una pequeña carcajada.
Después negó con la cabeza.
—Ese idiota.
El día cuarenta y uno, Adrian apareció frente a mi apartamento.
Pero ya estaba vacío.
Llamó a Chloe, a mis antiguos compañeros, incluso a mi fisioterapeuta.
Finalmente descubrió que había salido del país.
Aquella noche recibí diecinueve llamadas.
La vigésima la contesté.
—¿Dónde estás? —preguntó.
—Londres.
Silencio.
—¿Por qué?
Casi me reí.
—Porque vivo aquí.
—Nora, deja de bromear.
—Tengo trabajo. Un apartamento. He retomado rehabilitación.
Su respiración cambió.
—¿Te mudaste sin decírmelo?
—Estamos divorciados.
—¡Temporalmente!
—Tú estabas divorciado temporalmente. Yo simplemente me divorcié.
No respondió.
Después preguntó:
—¿Y nuestros cien días?
—Nunca fueron nuestros.
—Los decidiste tú.
Colgué.
El día sesenta y ocho conseguí completar por primera vez una secuencia que mi pierna no soportaba desde hacía años.
Terminé llorando sentada frente al espejo.
No porque doliera.
Porque durante demasiado tiempo había pensado que aquella parte de mí había muerto.
No estaba muerta.
Solo la había abandonado.
El día ochenta y tres, Elena anunció públicamente que el acuerdo entre los Hayes y los Foster quedaba cancelado.
Dos días después, Adrian llegó a Londres.
Me esperaba fuera del estudio.
Parecía agotado.
—Ya está solucionado —dijo.
—¿Qué cosa?
—Todo.
Sacó una pequeña caja.
Dentro estaba nuestro antiguo anillo.
—Elena y yo no tenemos ningún compromiso. Mi abuelo está recuperándose. Los Hayes hicieron su declaración.
Luego sacó el teléfono.
—Faltan quince días, pero no quiero esperar.
Lo miré.
Adrian sonrió por primera vez.
—Volvamos a casarnos.
Durante cuatro años habría dado cualquier cosa por escuchar aquello.
Ahora solo sentí tristeza.
—¿Todavía no lo entiendes?
Su sonrisa desapareció.
—Te divorciaste de mí para proteger una alianza.
—Permitiste que otra mujer llevara mi broche.
—Me presentaste como una amiga.
—Y cuando ella lo dijo, guardaste silencio.
Adrian bajó la mirada.
—Cometí errores.
—No.
Negué lentamente.
—Tomaste decisiones.
Eso le dolió más.
—Nora, te amo.
—Pero siempre pensaste que amarme significaba poder dejarme esperando mientras resolvías cosas más importantes.
Pasé junto a él.
—Yo también me equivoqué.
—Convertí tu promesa de cuidarme en una excusa para dejar de cuidar de mí misma.
Llegó el día cien.
A las dos de la tarde, el teléfono de Adrian emitió una alarma.
Volver a casarme con Nora Bennett.
Estaba sentado solo frente a la oficina donde nos habíamos divorciado.
Esperó.
Dos y diez.
Dos y media.
Tres.
Yo nunca aparecí.
A esa misma hora, en Londres, entré caminando en un escenario por primera vez desde mi lesión.
No como protagonista.
Era una pequeña presentación del programa de rehabilitación.
Pero cuando terminó la música, permanecí de pie bajo las luces.
Sobre mis propias piernas.
Sin Adrian.
Sin los Foster.
Sin esperar que nadie viniera a rescatarme.
Horas después encontré un último mensaje suyo:
“Esperé hasta que cerraron.”
Lo leí.
Después eliminé definitivamente su contacto.
Adrian había cometido un único error al programar nuestra reconciliación.
Había elegido la fecha.

Había elegido la hora.
Había decidido incluso dónde me esperaría.
Solo olvidó incluir a la única persona cuya respuesta realmente importaba.
A mí.