PARTE 2: LA FIRMA INVISIBLE

Tres días después, la final del concurso se celebró en el Museo Municipal de Arte.

Nora llegó acompañada de Julian.

Yo llegué sola.

Chloe había querido venir conmigo, pero se lo impedí.

—Si algo sale mal, no quiero que te arrastren conmigo.

—¿Y si sale bien?

Miré mi invitación.

—Entonces tampoco necesitaré ayuda.

El cuadro de Nora era el favorito.

Mi cuadro.

Los jueces elogiaron la composición, el uso de la lluvia y la luz amarilla reflejada sobre los adoquines.

Nora permanecía frente a las cámaras con los ojos húmedos.

—Lo pinté pensando en los años difíciles que viví con mi madre —explicó.

El público aplaudió.

Julian también.

Yo observé desde la tercera fila.

En mi sueño, aquel era el momento en que había perdido el control.

Había subido al escenario.

Había acusado a Nora.

Ella había llorado.

Julian me había apartado delante de todos.

Y desde ese día, cada cosa que hice para demostrar mi inocencia terminó convirtiéndose en otra prueba de que era una villana.

Esta vez permanecí sentada.

Hasta que anunciaron:

—Primer premio: Nora Hayes.

Nora subió al escenario.

Recibió el trofeo.

Entonces levanté la mano.

—Tengo una pregunta para la ganadora.

El presentador dudó.

Las cámaras giraron hacia mí.

Julian se puso de pie.

—Iris, no empieces.

Ni siquiera lo miré.

—Señorita Hayes, ¿está segura de que pintó personalmente cada capa de esa obra?

Nora apretó el trofeo.

—Sí.

—¿Incluida la capa final?

—Por supuesto.

Sonreí.

—Perfecto.

Saqué una pequeña linterna ultravioleta del bolso.

El rostro de Nora cambió.

Solo un instante.

Pero Julian lo vio.

Uno de los jueces preguntó:

—¿Qué pretende demostrar?

—Nada que necesite mis palabras.

Entregué la linterna al presidente del jurado.

—Apague parcialmente las luces y pásela por la esquina inferior derecha.

El museo quedó en silencio.

Nora dio un paso atrás.

—Esto es ridículo.

El juez encendió la luz.

Durante dos segundos no ocurrió nada.

Después aparecieron unas letras azuladas bajo las capas de pintura.

IRIS VALE — 17/09

Debajo había una segunda marca.

El número de registro de los pigmentos especiales que había comprado con mi propia cuenta.

Los murmullos explotaron.

Nora palideció.

—¡Ella pudo escribir eso después!

—Imposible —respondió uno de los restauradores del museo.

Se acercó al cuadro.

—La marca está debajo de varias capas completamente secas. Fue colocada durante el proceso de creación.

El trofeo tembló entre las manos de Nora.

Julian me miró.

Yo esperaba satisfacción.

No sentí ninguna.

Solo cansancio.

El concurso suspendió inmediatamente el premio.

Mis fotografías del proceso, recibos de materiales y archivos con fecha terminaron de demostrarlo.

Entonces apareció algo que yo no esperaba.

Uno de los técnicos consiguió recuperar parte de las grabaciones del club.

La cámara no se había “estropeado”.

Había sido desconectada.

La última imagen antes del corte mostraba a Sabrina entrando en el aula cuando mi cuadro todavía estaba dentro del armario.

Sabrina intentó marcharse.

Seguridad la detuvo.

—¡Nora me dijo que solo necesitaba una oportunidad! —gritó finalmente—. ¡Dijo que Iris podía comprar cien oportunidades más!

Todos miraron a Nora.

Ella comenzó a llorar.

Julian permaneció inmóvil.

—¿Es verdad?

—Julian, escúchame…

—¿Robaste el cuadro?

Nora intentó tomarle la mano.

Él retrocedió.

Y entonces ocurrió exactamente lo que yo había esperado durante años.

Julian se volvió hacia mí.

—Iris…

Levanté una mano.

—No.

Su expresión se quebró.

—Me equivoqué.

—Sí.

—Déjame explicarte.

—No necesito una explicación.

—Te acusé sin pruebas.

—También.

Julian tragó saliva.

—Puedo arreglarlo.

Por primera vez comprendí la diferencia entre el sueño y mi nueva vida.

Antes habría dado cualquier cosa por escuchar aquellas palabras.

Ahora ya no significaban nada.

—No quiero que lo arregles.

Esa noche regresé a casa.

Y encontré a Julian bajo la lluvia.

De rodillas.

Su abuelo estaba furioso.

Mis padres también.

Pero Julian únicamente miraba hacia la carretera.

Nora estaba allí, bajo un paraguas, llorando.

—Quiero cancelar el compromiso —dijo Julian.

Mi madre se levantó.

—¿Después de todo lo ocurrido todavía eliges a esa muchacha?

Julian cerró los ojos.

—Le prometí que asumiría la responsabilidad.

Exactamente.

La misma escena del sueño.

La diferencia era que esta vez no sentí que mi mundo terminaba.

Sentí que una puerta acababa de abrirse.

Me acerqué.

—Señor Blake, acepto romper el compromiso.

Julian levantó la cabeza bruscamente.

—¿Iris?

—Les deseo felicidad.

Mi padre quiso detenerme.

—Hija, esto puede discutirse.

—No.

Miré a Julian por última vez.

—No quiero un hombre que necesite destruirme para demostrar que protege a otra mujer.

Entré en casa.

Subí a mi habitación.

Abrí el ordenador.

Y compré el primer vuelo disponible al extranjero.

A las cuatro de la madrugada ya estaba camino al aeropuerto.

Julian me llamó diecisiete veces.

No respondí.

Después llegó un mensaje.

“¿Adónde vas?”

Lo bloqueé.

Porque finalmente entendí algo.

Sobrevivir a aquella novela no significaba derrotar a Nora.

Ni recuperar a Julian.

Significaba abandonar la historia antes de que pudiera convertirme en la mujer que estaba destinada a morir por él.

Cuando mi avión despegó, la ciudad desapareció bajo las nubes.

Cerré los ojos.

Por primera vez desde aquel sueño, el agua dejó de perseguirme.

Pero seis meses después recibí una fotografía enviada por Chloe.

Nora estaba esposada.

Sabrina había confesado más cosas.

El robo del cuadro no había sido el principio.

Y entre las pruebas encontradas había mensajes que demostraban que Nora conocía mi compromiso con Julian antes incluso de transferirse a nuestra escuela.

Debajo de la fotografía, Chloe escribió:

“Creo que tu sueño se equivocó en una cosa.”

“Ella nunca fue la protagonista.”

Miré aquellas palabras durante mucho tiempo.

Después apagué el teléfono.

Ya no importaba quién era la protagonista.

Yo había dejado de ser la villana.

Y, por primera vez, mi vida me pertenecía.

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